lunes, 28 de marzo de 2011

Mi Página en construcción (aquí y ahora)

Acaba de publicarse Página en construcción (Madrid, Visor, 2011). Debido a que Luis Bagué (en adelante, el autor) está de baja indefinida, hemos invitado a la presentación del libro a los dos personajes que aparecen convocados en sus páginas finales.
Ulises: Buenos días.
Casandra: “Buenos” será un decir.
Ulises: Ave de mal agüero… A lo que íbamos. El autor contactó conmigo en verano de 2008, después de viajar a la India. Me dijo que admiraba mis aventuras, mi carácter, la franqueza de mi mirada… en fin, los cumplidos habituales que suelo escuchar cuando salgo a la calle.
Casandra: Aquí se masca la tragedia.
Ulises: Si no me falla la memoria, me comentó que en aquel viaje no había sufrido ninguna revelación espiritual, sino más bien una revolución visual: había contemplado el estallido material de un mundo en ebullición. También hablaba de que, en nuestra sociedad, habituada a las hipótesis finalistas —ya saben, esto se acaba; el capitalismo ya no es lo que era; el escritor no estaba muerto, sino de parranda—, no solemos darnos cuenta de que, en otros lugares, todo está empezando…
Casandra: Y empieza mal. Muy mal. Con el pie izquierdo. No es por ser agorera, pero yo lo veo  negro. A mí el autor me comentó algo distinto a lo que ha dicho el… ejem… compañero. Ni viaje a la India, ni Ganesh que lo fundó. A mí me dijo que iba a escribir sobre las maneras de contar nuestra realidad. Un relato irónico y contradictorio. Que no iba a renunciar a cierta distancia relativista. Que iba a escribir subido al andamio de una duda metódica y retórica. A mí los relativismos no me gustan nada, dicho sea de paso. Le propuse que incluyera dos o tres explosiones sentimentales, con pólvora y kriptonita. Pero no me hizo caso. Nadie me hace caso.
Ulises: Perdona, Casandra, pero Nadie soy yo. ¿Por qué no empezamos, otra vez, por el principio?
Casandra: Yo prefiero el punto final.
El autor (entrando por el margen izquierdo): Disculpen. Yo venía aquí a hablar de mi libro…


miércoles, 23 de marzo de 2011

El arte lo llevamos dentro

No, no es la definición por antonomasia del cante jondo. Es el eslogan que acabo de ver impreso en una furgoneta. Si uno buscaba una explicación o, al menos, un subtítulo, el vehículo proporcionaba la información necesaria: “restauración de obras de arte sacro”. Y, como toda écfrasis necesita una imagen que ilustrar, allí aparecía un Sagrado Corazón en pantocrátor. El letrero me ha hecho reflexionar sobre dos cuestiones, una de índole iconográfica y otra meramente contenidista. Primero he pensado que la furgoneta en cuestión era una instalación artística camuflada, pues carrocería, chapado, contrachapado y hasta parabrisas funcionaban como un mural discursivo saturado de datos intertextuales, pretextuales y paratextuales. En fin, un graffiti con cuatro ruedas y tracción motora. Pero después me he quedado con la letra de la copla: “El arte lo llevamos dentro”. Es decir, en el interior de una metáfora de recipiente (el alma o el vehículo, es lo de menos), retenido contra su voluntad y dispuesto a salir a borbotones por la gatera de la inspiración. Es curioso que esa interpretación del discurso artístico siga funcionando en buena medida, casi como un correlato del picassiano “yo no busco: encuentro” (un lema que, dicho sea de paso, ha llegado a significar casi lo contrario de lo que quería decir Picasso). No es por contradecir al arte sacro ni a la furgoneta con tuneado futurista, pero siempre he pensado, modestamente, que “el arte lo llevamos fuera”. Admitiré que el germen cartesiano cumple una función autocrítica, pero hace tiempo que la duda retórica me interesa más que la duda metódica. El arte suele estar en el afuera, esperando a que alguien se dé cuenta de que eso (cualquier cosa: objeto, niño o animal) también es materia de arte. Si alguna vez me compro una furgoneta y decido recorrer el mundo propagando la buena nueva, ya tengo pensado el eslogan: “El arte no es in, sino out”. Pero, hasta que llegue el momento, dudo.


Yinka Shonibare MBE (Reindo Unido, 1962). The Sleep of Reason Produces Monsters (America), 2008.

lunes, 21 de marzo de 2011

La guerra junto al cliché

Les propongo un ejercicio Mairena. Traduzcan a lenguaje poético (si se atreven) las siguientes expresiones: “zona de exclusión aérea”, “embargo naval”, “operación Amanecer de la Odisea”, “misiles inteligentes” y “escudos humanos”. Si van a por la matrícula de deshonra, analicen sincréticamente el contenido de alguna de las diversas noticias sobre la compraventa de armamento pesado y municiones ligeras entre el gobierno de Libia y las demás democracias occidentales. Por más que la retórica belicista se vista de eufemismos, el resultado es peligrosamente belicoso.

sábado, 19 de marzo de 2011

El género paterno-filial

Ignoremos la broma macabra consistente en identificar la festividad de San José con el día del padre. Y vayamos a la evidencia: existe un auténtico subgénero literario que aborda las conflictivas relaciones entre padres e hijos. Si fuéramos un formalista ruso —lo que ya es formalizar—, estableceríamos una tipología genética basada en las siguientes modalidades:
1) La elegía lacrimosa. Es el género preferido por los poetas, que siempre parecen  hijos únicos (el mundo ha sido diseñado para ellos) o huérfanos empedernidos (un verdadero poeta se ha hecho a imagen y semejanza de sí mismo). Sin embargo, como sucede con Santa Bárbara cuando truena, los poetas siempre tienen unas palabras a posteriori para sus padres. Ya lo dijo Jorge Manrique, “avivando el seso”, y así hasta ahora.
2) La hagiografía aparente. Es un género ensayístico típicamente post mortem,  fabricado por hijos que han crecido bajo la alargada sombra de sus progenitores. Sus autores conceden una importancia oracular a las últimas palabras del padre, que suelen oscilar entre el epifonema quevedesco y el chiste obsceno. Aunque el género se pretende capaz de erizar el vello del alma, contiene una dosis de cáustica ironía que solo detectan los lectores muy suspicaces.
3) La biografía rencorosa. Es un género propio de descendientes de padres famosos. Sin duda, a los padres famosos conviene matarlos en vida. Por ejemplo, Martin Amis, en su rencorosa y magnífica Experiencia, demuestra que Amis, lo que se dice Amis, es él: si acaso, el bueno de Kingsley fue su profeta. Si la primera opción resulta inviable, siempre se puede recurrir a rematar al padre. Pero, ojo, esa posibilidad solo está disponible si el padre es un tipo un tanto torvo (véase Donoso) o francamente antipático (véase Salinger). En los demás casos, el tiro de gracia se considera de mal gusto.
Si no conectan con ninguno de los géneros anteriores, les recomiendo Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, una fe de vida que no parece guiada por el ajuste de cuentas, sino por una auténtica voluntad de comprensión. Y, en todo caso, si están pensando en buscarle un trabajo a su vástago, recuerden que los hijos escritores son como los hijos únicos: un atraso. Palabra de hijo único.

jueves, 17 de marzo de 2011

Amor y pedagogía

A comienzos del siglo XXI, la generación del medio siglo (XX) se ha convertido en un grupo de supervivientes. La última en abandonar el aula “hacia otra luz más pura” ha sido Josefina Aldecoa. De su biografía y de su obra aprendemos una doble lección: una declaración de amor a la literatura y una sostenida vocación por la enseñanza, dos devociones colectivas que poco tienen que ver con las obligaciones particulares de nuestra época. No, no teman, no les voy a hablar ahora de esos planes cuya curiosa tendencia hacia la reducción al absurdo solo es comparable a la descripción metódica con la que se analizan sus vías purgativas. Lo que es, más o menos, como empezar a contar un chiste por el final, o como intentar que Kant se parta de risa con las obras de Beckett. Pero, como he dicho, de eso hablaremos otro día.

martes, 15 de marzo de 2011

Fukushima, mon amour

Tenemos la memoria de un gallo atómico: si decidimos cantar victoria por la renovación de las energías no renovables, un nuevo reactor se incendia en Fukushima. Las asociaciones de amigos del blanco nuclear afirman que un poco de cesio en la atmósfera no es nada, que si hay humo será porque alguien anda fumando donde no debe y que nunca nos hemos sentido tan seguros manejando (sin guantes) la radioactividad. Puede que sí. Y tal vez Chernóbil sea un espectro que deberíamos enterrar para siempre. Pero cualquier espectador sabe que hay fantasmas tan impertinentes como el padre de Hamlet. Por eso, cuando un nuevo reactor se detiene en Fukushima, solo podemos mirar al cielo esperando el milagro que nos salve de tener que contemplar otra columna de humo.






sábado, 12 de marzo de 2011

Luis García Montero o el invierno de nuestro desconcierto

Abro la puerta —la portada— de Un invierno propio (Madrid, Visor, 2011). Y descubro que se ha instalado en la ciudad “el invierno de nuestro descontento” que amenazaba con volvérsele verano a Ricardo III. Sin embargo, supongo que García Montero no aprobaría el descontento pesimista de los reyes shakesperianos. Su poesía siempre ha estado más cerca del desconcierto cotidiano, de ese optimismo melancólico del que el autor hablaba en Inquietudes bárbaras. Por eso, Un invierno propio es un libro de dudas y de hallazgos, un concienzudo viaje al corazón del claroscuro. En sus páginas, el lector encontrará copas medio vacías y vasos medio llenos, recibos domiciliados con cargo a la cuenta corriente de los días, un compromiso con todos los tiempos verbales que se conjugan en presente, y la certeza de que el amor es la única patria firme que conocen los náufragos. Sí, Un invierno propio es también un libro de aforismos y de sentencias, de mínimas máximas que nos permiten sobrevivir en una época en la que las consignas han suplantado a las ideologías. “El invierno es el tiempo de la meditación” es el verso que Jovellanos le tomaba prestado a Meléndez Valdés hacia el final de Habitaciones separadas. Después de atravesar el nuevo libro de García Montero, caigo en la cuenta de que pararse a pensar es ya un pensamiento subversivo. Recorran los silogismos líricos de García Montero. Y atrévanse a vivir su propio invierno propio.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Khadija y el sexo

Leo la entrevista a la propietaria de Khadija Fashion Shop, la única sex shop de Bahréin, y uno de los pocos exponentes de su género mercantil en el (no tan próximo) Oriente Próximo. A lo largo de la charla con la periodista, Khadija repasa su biografía pública y privada, sus inicios en el emporio de las prendas sexis y sus embrollos aduaneros con los productos exóticos que importa. También ofrece un somero catálogo de las cremas y potingues más vendidos: parece que el top 1 lo ostenta un producto de uso tópico y de propiedades explícitas llamado Anal Easy. No sé si la revolución sexual llegará al revuelto Golfo Pérsico a mano armada de la rebelión de las masas o a pie de página del inexorable paso del tiempo. Pero, mientras Occidente sigue debatiendo sobre la conveniencia de democratizar a los demócratas o de integrar a los integristas, la foto de Khadija nos ofrece una lección de convivencia: el velo que cubre su cabeza aparece troquelado en 3D sobre un anaquel en el que se ordena un surtido de coloridos lubricantes, objetos de látex envasados al vacío y lencería que apenas merece el calificativo de minúscula. Es verdad el tópico que afirma que a menudo los tópicos tienen razón: algunas imágenes valen más que mil tertulias televisivas.




lunes, 7 de marzo de 2011

Ficción / No ficción (2)

Hay películas con un agujero negro en su interior. Algunos directores, como David Lynch, diseñan con escuadra y cartabón las grietas visuales que contienen sus experimentos. Otros, como Shyamalan, prefieren jugar a hacer trampas con los finales, porque Shyamalan (como Borges) sabe que ningún misterio es digno de su resolución. Lo curioso es que es que también haya agujeros negros en el celuloide de alma contemplativa y vocación realista, como el que maneja Abbas Kiarostami. Su Copia certificada supone un ejemplo modélico del funcionamiento de esos huecos de sentido, que exigen que el espectador se pare a reflexionar sobre los ambiguos papeles asignados a sus protagonistas. Sin embargo, el mejor trampantojo de Kiarostami quizá sea Close up, que dinamita con pico y barrena cualquier apriorismo sobre los límites entre ficción y documental. Partiendo de un material “inspirado en hechos reales”, la película funde planos diversos y confunde a quienes esperan la linealidad omnisciente de la crónica de sucesos. Close up es un caleidoscopio que alterna elaborados flash backs con precarias imágenes en tiempo real, recreaciones de escenas domésticas con secuencias propias del género judicial, reflexiones a pie de cámara con momentos de cine dentro del cine. Y depara un maravilloso instante de anagnórisis: aquel en el que el bienintencionado impostor que se ha hecho pasar por el cineasta Mohsen Makhmalbaf (re)conoce a su admirado director. Si pulsan en el vídeo, empezarán a ver la película por el final, pero —por una vez— el orden importa bastante poco en el rompecabezas rayuelesco de un realizador tildado de socialrealista, y, para más inri, iraní.


sábado, 5 de marzo de 2011

Sábado de Carnaval

En Carnaval, suelo disfrazarme de aguafiestas. Pero la máscara de Ensor era mucho más trágica. Él sabía que aquellos carnavales anacrónicos suponían el triunfo obsceno de don Carnal antes de ser barrido por la escoba mojigata de doña Cuaresma. Hoy estas fiestas son una excusa para que los venecianos luzcan sus caretas picudas, los brasileños ahoguen sus penas en bossa nova y el resto del mundo intente, en un alarde de originalidad crepuscular digno de John Galliano, encontrar un disfraz a la medida de sus expectativas. Por inconfesables que sean.

viernes, 4 de marzo de 2011

Ramón (López Velarde), no marques las horas

Bajo el título de El minutero y otras crónicas (Madrid, Huerga y Fierro), se reúne una selección de las prosas de Ramón López Velarde que hemos preparado Joaquín Juan Penalva y un servidor. Mientras me paseaba por la provincia mental de López Velarde y por las avenidas de esas cosmópolis finiseculares (del XIX), recordaba los versos de Baudelaire: “Une oasis d’horreur dans un désert d’ennui!”. López Velarde, que también prefirió el horror al aburrimiento, sabía que en el pecado siempre está la penitencia. Por tanto, sucumbió a las tentaciones (del alma y de la carne) con singular devoción. Tal vez ese fuese el motivo por el que Juan Villoro estaba dispuesto a canonizarlo literalmente en El testigo (2004), que reivindicaba la única religión que profesó López Velarde: la sensualidad del cuerpo y de la mirada. Como para muestra no hay nada mejor que un botón, aquí tienen un fragmento de la prosa táctil de López Velarde en la estampa titulada “La sala”. Con ella les dejo por hoy:


El cielo raso, desprendido de una esquina, está pintado con un germen de azul. Lleva, diríamos, un azul sospecha. Este cielo raso fue uno de mis primeros auxiliares (no quiero escribir cómplices) en el hábito de destilar la imaginación. ¿Cómo? Fácilmente. Sobre el cielo raso han dibujado las goteras figuras inverosímiles: una mujer (soltera, probablemente), cuyo talle se estrecha como lápiz o aguja; una mariposa con piernas de caballo; un militar con espalda reducida a su menor expresión y con botas cuyos tacones se prolongaban metro y medio. Yo, que no traducía aún la Epístola a los Pisones, saboreaba el perfil negruzco de tales caricaturas. Poco, en verdad, se necesita para provocar al poeta en el niño: que llueva copiosamente una noche; que se hagan dos, tres, cuatro goteras; que haya cielo raso para que las goteras dibujen; y que un muchacho boca arriba, desde el sofá o desde la alfombra, mire los dibujos... ¿Habrá un silencio más interesante y una soledad más intensa que el silencio y la soledad en que nace el primer pensamiento propio?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Waving his flag (Jasper Johns)

Leo, en una entrevista a Jasper Johns: “Una noche de 1954 tuve un sueño muy intenso en el que me veía pintando una gran bandera americana. A la mañana siguiente, encontré materiales con los que trabajar y comencé a trasladar la imagen al lienzo o más bien, si la memoria no me traiciona, a una sábana”. Así empezó una de las series plásticas más famosas y mejor cotizadas del último medio siglo. Resulta curioso: mientras que el artista de otras épocas fabricaba símbolos pacientemente, subido al andamio de la tradición (y con grave riesgo de derrumbe), los iconos contemporáneos parecen surgir por generación espontánea, como efecto colateral de la mudanza de la realidad al espacio pictórico. Algo tan inexorable y con tan poco criterio estético como el paso del tiempo acaba por decidir que los variados rostros warholianos de Marilyn Monroe, las piscinas infinitas de David Hockney o las banderas soñadas por Jasper Johns vayan a formar parte de nuestro patrimonio cultural y sentimental. No crean que me parece mal: me limito a constatar el cambio de un modelo de belleza. Eso sí, me barrunto que el gesto onírico de Jasper Johns habría tenido bastante poca fortuna por estos lares. Cualquier español sabe que la función de una bandera es la de ondear en un campo de fútbol. Fuera de allí, solo sirve para jurarle fidelidad o para quemarla. Y me temo que, una vez besado o convertido en cenizas, el icono pierde bastante valor simbólico y monetario.

lunes, 28 de febrero de 2011

El discurso del oscar

Por motivos logísticos (no tengo ni decodificador ni insomnio), nunca asisto a la ceremonia de los oscar. Sin embargo, suelo hacer espeleología diurna por la web para conocer la lista de galardonados y recopilar impresiones. Este año no he podido ver algunas de las candidatas. Ni The fighter ni 127 metros me interesan demasiado, y La red social no quiso agregarme como espectador en su momento, aunque no descarto rescatarla en ese museo prehistórico llamado videoclub. Sí he visto la interesante Valor de ley. Y he padecido, con distinto y variable grado de estupor, El discurso del rey y Cisne negro. Empezaré por la segunda. Resulta curioso que algo que se pretende una revisitación posmoderna de El lago de los cisnes con esquizofrénica paranoide tropiece en tanto lugar común. No faltan ni bailarina anoréxica, ni madre castradora (versión Terele Pávez), ni seductora morbosilla, ni profe molón. Con todo, lo mejor está por venir: un final apoteósico que es, literalmente, inenarrable. A lo largo del descenso a los infiernos de la Portman (y del espectador), uno no sabe si está reviviendo el particular Inland Empire de Aronofsky o si está contemplando una versión surrealista —o, a lo peor, hiperrealista— de Fama ¡A bailar! Por lo que respecta a El discurso del rey, les remito al cabal análisis incluido en el blog de Javier Moreno, quien además acertó la zona numérica de estatuillas recibidas. En cualquier caso, lo peor de El discurso… no es que se encuentre al final del pasillo de “Autoayuda”, esquina “Superación”. No. Lo peor es que tanto su galería de personajes —el sufrido tartamudo, la mujer abnegada y el logopeda grillado— como su decoración histórica de interiores remitan a la época de Carros de fuego y de los mamotretos biográficos de Sir Richard Attenborough. Por cierto que, en la última parte de Agárralo como puedas, a Attenborough le atribuían un falso biopic musical sobre la Madre Teresa al que pertenecen los siguientes fotogramas.


PD: Una última pregunta para la mejor banda sonora: ¿no les recuerda la coreografía apócrifa a las que amenizaban Slumdog millionaire?

sábado, 26 de febrero de 2011

La velocidad con la democracia

Podría considerarse una demostración empírica de la teoría del caos, pero es la prueba del nueve de la realidad: mientras Gadafi se perpetúe en el poder, el límite de velocidad será de 110 kilómetros por hora. Los gobiernos occidentales, cuyos mensajes suelen ser tan contundentes y nítidos como los del oráculo de Delfos, parecen haberse dado cuenta (como siempre, a destiempo) de que los países árabes no han sufrido un repentino y revoltoso sarampión demócrata, sino que están avanzando guiados por algo mucho más acuciante: la desesperación. Y  no creo que a los habitantes de Libia se les pueda acusar precisamente de impacientes. Estos días pienso a menudo en un compañero de Facultad a quien no le llegará el fuego de Trípoli, pero sí la inflamada retórica de la violencia. Es una de esas personas capaces de despertar una simpatía casi instintiva en un medio donde predomina la misteriosa constatación de las teorías de Gall sobre la craneoscopia. Sí, me pregunto qué pensará mi amigo libio al asomarse al periódico o a la pantalla de la televisión. Recuerdo ahora una cita de Gramsci: “Contra el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad”. No sé por qué debería extrañarnos tener que pisar el freno cuando la democracia avanza a una velocidad anormalmente reducida.

jueves, 24 de febrero de 2011

Fernando Beltrán nunca llama dos veces

Me meto y entrometo Donde nadie me llama, pues así se titula la recopilación poética de Fernando Beltrán que acaba de publicar Hiperión. Tengo la impresión de que la poesía de Beltrán se parece mucho a los paraguas que suelen aparecer en las cubiertas de sus libros: es útil, vive a la intemperie, se moja (cuando llueve) y se deja llevar con cualquier lector a cualquier parte (cuando hace sol). Pero, sobre todo, protege a los transeúntes que se cobijan bajo sus costuras verbales. Abiertas de par en par o entreabiertas a cal y canto, las varillas discursivas de estas páginas nos permiten atisbar el corazón en vela de un tenaz inventor de (uni)versos y nombres. De hecho, a esas palabras cotidianas e indómitas en las que nadie repara va dedicado el poema que reproduzco a continuación. Se llama “Palabras” y pertenece a La semana fantástica (1999):


La palabra paz es la palabra
más triste que conozco.

Se pronuncia con ojos de metralla
y demasiado miedo.

Se dibuja con alas de paloma
ateridas de tinta.

Nos abriga con sábanas
muy blancas
y muy cortas también,

queda la boca en paz
pero los pies helados
mientras sangra la herida.

Afilada y breve
como el vuelo de una bala,

ocupa siempre un sitio que no le corresponde
entre las palabras más oscuras,

lluvia, armario, buzón,
grifo, bufanda

más amadas también,

más necesarias

miércoles, 23 de febrero de 2011

Jaccottet y los monstruos

Estos días vivo rodeado de monstruos: los que Goya hizo salir (por puro capricho) de la chistera del racionalismo ilustrado, los que se asoman a las portadas de los periódicos con la sombría certeza de que su país es suyo, y, ahora, los que surgen de las páginas de El paseo bajo los árboles, de Philippe Jaccottet. El libro, traducido por Rafael-José Díaz y publicado por cuatro.ediciones, nos acerca al monstruo más temido por cualquier escritor: la imagen poética, esa fórmula secreta destilada por el magma de la imaginación. Jaccottet pertenece a la estirpe de los escritores peripatéticos que acompasan el pensamiento al ritmo de sus pasos. Leyéndolo, lo seguimos por los anchos panoramas que dibuja su prosa y rastreamos sus huellas en los miradores del paisaje. Como todo libro surgido de la intuición, tenemos con él encuentros y desencuentros, fragmentos que concuerdan con nuestra percepción del mundo y pasajes a los que asistimos con la perplejidad del convidado de piedra. Sin embargo, vale la pena subir con Jaccottet la escalera de caracol que conduce a la buhardilla de Hölderlin, atravesar un río de palabras o perdernos sin remedio en los confines de su arboleda perdida. Lo decía al principio: estos días vivo encerrado con los Caprichos de Goya. Por eso, me quedo con este aguafuerte espectral: “Una inmensa terraza, y alrededor ondean al viento telas blancas detrás de las cuales sigue esperando mucho espacio, mucho aire. Vivimos en medio de sueños, de criaturas divinas que, dormidas a nuestro alrededor, respiran…”.



lunes, 21 de febrero de 2011

Ficción / No ficción (1)

Quien haya seguido estos días la carnívora y venérea polémica protagonizada por Arcadi Espada y Javier Cercas sabrá de lo que hablo. Mientras que en el articulismo y en la narrativa aún se discute sobre la presunta veracidad o la presumible verosimilitud de la escritura, hace tiempo que la poesía ventiló el asunto por la tangente. Cierto es que, de cuando en cuando, vuelven a avivarse las brasas. Suele coincidir con unas declaraciones en las que algún vate se desmarca afirmando que la lírica no pertenece al recinto de la literatura (si contempla la vastedad de los predios celestiales), o que debería considerarse como un género de “no ficción” (si mira de reojo al mercado). Entretanto, los suplementos culturales, mucho más prosaicos, han admitido a la “poesía” como el tercer vértice de un triángulo isósceles cuyas otras puntas son “ficción” y “no ficción”. Y santas pascuas. Sin embargo, incluso los partidarios de que no hay una clara diferencia entre ambas categorías seguimos  jugando al escondite con el sujeto lírico y con el motivo poético (o, peor aún, poemático), en vez de rendirnos a la evidencia del personaje en busca de argumento. La solución es la siguiente: o barajamos los rótulos de las mesas de novedades o aceptamos las razones (estas sí, químicamente puras) de los alumnos de secundaria: “El poeta dice que la ama”. A la espera de una respuesta, sigo convencido de que la no ficción es un subgénero de la ciencia ficción.

viernes, 18 de febrero de 2011

Primero Blas de Otero

Escribía Juaristi, antes que el viento airado soplase sobre lóbregas colinas: “Siempre lo dije y fui —creo— sincero: / Unamuno el primero / y después Blas de Otero”. Recuerdo estos versos cuando recibo Compromisos y palabras bajo el franquismo. Recordando a Blas de Otero, coordinado por Araceli Iravedra y Leopoldo Sánchez Torre. El libro es una buena oportunidad para volver sobre las modulaciones de la voz comprometida de Blas de Otero. Pero, sobre todo, es un excelente pretexto para releer una obra sobre la que aún pesan —me parece— demasiados tópicos. Ya sé que un tópico es casi siempre la caricatura de una verdad. Y la verdad es que la retórica exasperada de sus primeros versos, la solidaridad ingenua con el proletariado o la dialéctica de amor / odio a la patria (una suerte de “ni contigo ni sin ti”) parecen gigantescas ruedas de molino difíciles de combatir a la vuelta del siglo. Sin embargo, al lector desprejuiciado le sorprenderán la vigencia e hipermodernidad de algunos planteamientos esbozados en la trilogía Que trata de España, en Hojas de Madrid con La galerna o en Historias fingidas y verdaderas. El sujeto que camina por estas páginas es un individuo sincronizado con su tiempo y con su lenguaje. Blas de Otero piensa en voz alta mientras escribe (o escribe en voz baja mientras piensa), se enreda en madejas intertextuales de las que sale por peteneras, ironiza y se enfada, contempla las desigualdades con ojos que parecen nuestros ojos, no teme a torcerle el cuello a los ritmos pautados y a las frases hechas, ni a declararle una guerra preventiva al sentimentalismo. Es, en definitiva, un escritor vivo que hace lo que se espera de los grandes escritores: nos acompaña.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Nuestro Ex Libris

Que una revista de poesía llegue a alcanzar once números es un buen síntoma. Que cumpla once años es casi un milagro. Esos son los que un servidor lleva al vacilante timón de Ex Libris, publicada por la Universidad de Alicante. Por el camino, su dirección ha sobrevivido a varios cambios de gobierno y a alguna que otra revolución verde: de página bicéfala pasó a triunvirato romano, y ahora cabalga hacia el ocaso guiada por cuatro apocalípticos jinetes.



En este número pueden encontrar poemas inéditos —o recientemente éditos— de Javier Lostalé, Eduardo Chirinos, Amalia Bautista, Manuel Vilas, Josefa Parra, José Luis Piquero, Jorge de Arco, Jesús Jiménez Domínguez, Rafael-José Díaz, Natalia Carbajosa, Gracia Morales, Jesús Ponce Cárdenas, Luis Artigue, Juan Antonio Bernier, Joaquín Juan Penalva, Joaquín Pérez Azaústre, Ariadna G. García, Luis Bagué Quílez, Julián Calderón Romero, Rafael Escobar Sánchez, Erika Martínez, Rubén Martín y Connie Marchante Sáez. Aprovecho para agradecer su generosidad y su paciencia a nuestros sufridos colaboradores, menos a los presuntos implicados. Ex Libris 11 se completa con una nutrida (y nutritiva) selección de reseñas, y con sendas entrevistas a Rolando Rosas Galicia y a Francisca Aguirre.

Se me olvidaba: es gratis. Que levanten la mano los que quieran un ejemplar.

lunes, 14 de febrero de 2011

Otro San Valentín es posible

Me dispongo a celebrar San Valentín —ese invento del desarrollismo patrio, en connivencia con unos grandes almacenes— sumergido en una formidable vorágine de papeleos, trámites y burocracias. Antes de que el día empiece a escribirse con renglones torcidos, me entreno con la técnica adivinatoria que aprendí en la película de Mike Leigh Dos chicas de hoy (Career girls). Dicho método consiste en abrir al azar las páginas de un libro e interrogar a su autor acerca de alguna cuestión trascendente. El peculiar oráculo de las protagonistas de Dos chicas de hoy era la señorita Emily Brönte. Yo le pregunto hoy a uno de los libros que tengo sobre el escritorio: la antología Intervenciones, del poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez, que acaba de editar La Mirada Creadora. El autor me responde con “¿Un poema romántico?”, que transcribo a continuación:

 

Yo no te puedo dar mi juventud
que entregué a las que hoy
no pueden devolvérmela
Y no puedo invitarte
a que compartas esta soledad
porque no sé cómo vivir sin ella

Yo no puedo ofrecerte
siquiera la certeza del amor
pues mi fe en casi todo se extingue
Y no puedo brindarte
más que inseguridad
ya que soy el vacío y lo seré

Yo no puedo entregarte mi futuro
pues no llegaré lejos
cargando este pasado
Y nada puedo darte
que no sea mi visión de la nada
Esta lucidez que de poco sirve


PD: Y, ya puestos, disfruten de un San Valentín de muerte.