Nos encanta jugar: apostárnoslo todo a doble o nada. En los
entremeses televisivos proliferan las loterías —estatales y paramilitares—, los
satinados rótulos de casinos ambulantes y las invitaciones a convertir la mala
baza de nuestra vida en un póquer de ases. Hasta a nuestro impoluto Rafa Nadal lo
han sacado de sus plácidas casillas en los anuncios de seguros para
mostrárnoslo con las manos en la masa mientras despluma los fondos pixelados de
una tragaperras con conexión wifi. Lo de menos es que un letrero más bien
diminuto nos informe de la conveniencia de jugar juiciosamente, de perder con
moderación y de no hipotecar lo que aún no hayamos hipotecado. En cuanto al
modelo productivo Eurovegas, no quisiera parecer tendencioso. Por eso me parece
prudente traer a la memoria al desparecido tahúr Amarillo Slim, a quien se le
atribuye la siguiente cita: “Mira alrededor de la mesa. Si no ves al primo, es
que el primo eres tú”. Obsesionados con la prima (de riesgo), me temo que
nuestros políticos hace tiempo que han dejado de ver al primo en el tapete
verde. Reconozcamos que nuestra naturaleza tiende más al órdago. Será cuestión
de regresar al mus.
martes, 25 de septiembre de 2012
sábado, 22 de septiembre de 2012
jueves, 6 de septiembre de 2012
Edward Hopper: poesía y soledad
La retrospectiva dedicada a Edward
Hopper en el Museo Thyssen ha favorecido diversas especulaciones sobre la
conexión entre los cuadros del pintor y las secuencias narrativas o los
fotogramas que jalonan la iconografía del siglo XX. Parece que Hopper
encontraba un perverso placer en las peripecias gangsteriles de serie B, aunque
también realizó puntuales concesiones a la heterodoxia de la nouvelle vague: Al final de la escapada fue una de las últimas películas hacia las
que expresó su admiración. No obstante, se ha escrito relativamente poco acerca
de las relaciones entre Hopper y la poesía. En 1963, el crítico de arte Brian
O’Doherty le preguntó sobre sus poemas preferidos. Hopper respondió que le
gustaban un par de piezas de Robert Frost (“Stopping by Woods on a Snowy
Evening” y “Come in”), una de Goethe (“Canto nocturno del caminante”) y “algo
hermoso de Verlaine sobre la tarde”. En esa entrevista, Hopper se atrevió
incluso a traducir al inglés la canción de Goethe, a la que definió como un
extraordinario cuadro visual. A partir de esa microantología podemos imaginar a
un Hopper rendido ante la vastedad orgánica de una naturaleza en la que
únicamente se escucha la poesía muda de la descomposición. Esa luz crepuscular
se proyecta en las arboledas perdidas de Cape Cod, en las carreteras
secundarias que desembocan en una vía muerta y en esa casa junto a los raíles
del tren en la que solo echamos de menos la escena de la ducha protagonizada
por Janet Leigh.
Es
difícil precisar hasta qué punto Hopper conocía o apreciaba la poesía
contemporánea. Sin embargo, la poesía contemporánea conoce y aprecia a Hopper.
Eso sí, se trata en general de otro
Hopper: el pintor de la vida moderna que se infiltra en el tráfico cotidiano,
viaja de incógnito por las cafeterías de la ciudad y se aloja en hoteles con
ventanas tan altas como los versos de Larkin. Casi todos los escritores que se
han acercado a su obra coinciden en la “poesía latente” (John Ashbery) o en la
“poesía elusiva” (Mark Strand) que subyace en sus óleos. Un buen ejemplo es el
archiconocido Nighthawks [Aves nocturnas], cuya popularidad ha
trascendido los límites del lienzo para instalarse en los compartimentos de la
memoria colectiva. Si Gottfried Helnwein soñó con ponerles rostros populares
(Bogart y Monroe, Elvis y James Dean) a los actores anónimos de la función, un
póster de Los Simpson inmortaliza a
los personajes de la serie en el interior de un Yummy’s Donuts sospechosamente
similar al Phillies de Hopper. El drama que se escenifica en la cafetería de Nighthawks proporciona material para
varios tratados sobre la incomunicación y para un par de apólogos sobre la
soledad. Con todo, me parece que ambos conceptos están sobrevalorados. En
Hopper no importa tanto la soledad como la espera, la inminencia de algo que
está a punto de suceder y que ocurrirá en el momento exacto en el que dejemos
de contemplar la imagen. Tal vez por eso las mejores écfrasis hopperianas no
son las que pretenden rellenar ese vacío con una anécdota, sino las que se
resignan a acepar la elipsis, la inevitable sustracción del argumento. Las
adaptaciones líricas de Aves nocturnas
se pueden leer en catalán (“Nighthawks,
1942”, de Ernest Farrés), en portugués (“Phillies”, de Joaquim Manuel
Magalhães) y en alemán (“Nighthawks”,
de Wolf Wondrastschek). En el volumen The
Poetry of Solitude. A Tribute to Edward Hopper, editado por Gail Levin,
cinco poetas norteamericanos se asoman al escaparate humano agremiado bajo el
rótulo de Phillies. Para no desmerecer en osadía, ahí va mi traducción libre de
la última estrofa del texto firmado por David Ray: “He aquí un hombre atrapado
en la medianoche. / Buscó el mostrador más tranquilo del mundo / Y lo encontró
en la calle casi vacía, / Lejos de todo lo que había dicho. / Ahora ha
alcanzado el silencio sobre el que tanto le habían insistido. / Ni una ardilla,
ni un abedul otoñal, / Ni un perro a su lado: nada se mueve para ayudarlo. /
Tratará de mantener a raya su dolor. / Su pulgar sostiene una taza de café”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 30 de agosto de 2012)
jueves, 23 de agosto de 2012
Mordiscos de realidad (Mi homenaje a Bram Stoker)
En la pantalla, un solo clic
separa a Vlad el Empalador de Bram Stoker. Sin embargo, la pintura al óleo que
ha inmortalizado al sanguinario Vlad Tepes (aka Vlad III, aka Vlad Draculea) no
acoge el retrato de un individuo, sino el contorno de una máscara. La mirada
hierática de Vlad no consigue que veamos en él sino a un icono bizantino un
tanto truculento, ornado con profusa bisutería, denso bigote e impostación
guerrera. Si fantaseáramos con sustraerle su vellosidad marcial, invirtiendo el
gesto de Duchamp con la Mona Lisa, el resultado de la resta sería un Peter
Sellers de pacotilla. Ignoro cómo el remoto príncipe de Velaquia llegó a
convertirse en modelo literario de Bram Stoker, un irlandés expatriado (si es
que tal sintagma no supone un pleonasmo) de facciones perrunas. En una foto
fechada en 1906, Bram Stoker está sentado en su escritorio con ostensible
desgana. En 1906, Bram Stoker es un hombre moderadamente orondo y
aparatosamente elegante que recuerda a un Mark Twain sedentario e insular. A
Bram Stoker no se le conocen mayores tendencias góticas que cierta admiración
hacia la alta sociedad de la época: fue asistente personal del actor Henry
Irving, algo similar a trabajar de pintor de cámara para Dorian Gray. Tampoco
su firma, reproducida al pie de la foto, permite adivinar ocultas parafilias en
los picos de la caligrafía. Abraham Stoker parece exactamente esa clase de
persona que contrae la sífilis por cortesía, para no aguarle la fiesta a un
amigo o para no desairar las atenciones de una meretriz. Como buen
representante de su tiempo, el creador de Drácula murió en una sórdida pensión,
viendo la sombra de Vlad Tepes proyectada en la pared de un cuarto que imagino
tapizado de rojo, roído de arañazos, con las dimensiones de un ataúd estándar.
Su última palabra –esa capaz de arruinar o de redimir una biografía– estuvo
dedicada a su criatura más famosa, quién sabe si como imprecación o como
conjuro. A Bela Lugosi, al que incineraron con su capa favorita, no le hizo
falta hablar para dar miedo. Después de todo, el mordisco de un vampiro nunca
será un gesto solidario.
(En la antología Strigoi. 25 poemas vampíricos, Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2012, pp. 10-11.
Selección de Sonia San Román)
martes, 21 de agosto de 2012
Wikipeaks
En el momento en el que lean estas líneas, el culebrón protagonizado
por el infiltrado más famoso del mundo habrá dado otra vuelta de tuerca a su
espectacular resorte narrativo. Pero no iba a hablarles de eso. Hace algún
tiempo, leí un artículo de Javier Marías donde aseguraba que su desconfianza
instintiva hacia Michelle Obama se debía únicamente a su parecido real y
funcional con la pérfida mujer del presidente David Palmer en la serie 24. Modestamente, reconozco que con el
caso Wikileaks sufro un síndrome de Estocolmo similar, una ceguera transitoria
que me impide diferenciar la realidad de la teleficción. No sé si serán
imaginaciones mías, pero no puedo mirar a la cara a Julien Assange sin pensar
en el legado de Jason Bourne. Así que no consigo explicarme por qué sigue ahí,
en ese balcón desde el que intenta convencer al mundo, en vez de abalanzarse
sobre el capó de un descapotable con o sin bandera diplomática, pisar a fondo
el acelerador y perderse entre el estruendo de los títulos de crédito. Claro
que para eso necesitaría un par de extras, una póliza de accidentes y una
profusa pirotecnia de efectos especiales. Y seamos realistas: tal como están
las cosas, parece casi tan improbable como que le concedan un salvoconducto.
lunes, 13 de agosto de 2012
Corpúsculo (Historia de un cuerpo pequeño)
Proliferan en verano, como las medusas, los murciélagos, los
mosquitos y otros animales con poco prestigio y escaso pedigrí. No instilan su veneno
por propulsión a chorro ni clavan su aguijón sobre la dermis. Algunos son
portadores de la rabia, especialmente de cuatro a cinco de la tarde. En caso de
verse rodeado por uno o varios ejemplares de esta especie, debe evitar una
reacción histérica. No grite, no hiperventile y siga atentamente las instrucciones
que ofrecemos a continuación: 1) Seleccione algún aparato provisto de cable que
se encuentre a su alcance (televisión, dvd, tostadora, microondas), 2)
enchúfelo a una toma eléctrica, 3) póngalo en manos del corpúsculo y 4) espere.
Si, a pesar de ello, no consigue que el corpúsculo disfrute de una siesta
reparadora, pruebe a remojarlo. A tal efecto pueden serle de ayuda los
siguientes elementos (de menor a mayor tamaño): 1) grifo, 2) pistola de agua,
3) manguera, 4) piscina, 5) piscina olímpica, 6) mar, 7) mar abierto y 8)
océano. En caso de corpúsculo ya previamente remojado, renuente o con hidrofobia,
llévelo al cine (asesórese previamente acerca de los estrenos, y no olvide comprarle
palomitas). Cuando el corpúsculo empiece a dar muestras de cansancio, no haga
nada todavía. Es sabido que aprovechan cualquier distracción para manipular
mentes y objetos. Actúe solo cuando los síntomas de somnolencia sean
insoslayables. Entonces ha llegado la hora definitiva: alimente al corpúsculo.
Entre las opciones gastronómicas más recurrentes se hallan: 1) bocadillo de
mortadela, 2) bocadillo de tortilla, 3) bocadillo de salchichón, 4) bocadillo
de atún, 5) calamares a la romana (solo recomendable para corpúsculos
excéntricos o atrevidos) y 6) pizza cuatro quesos (para corpúsculos con ínfulas
de gourmet). Recuerde que un batido de chocolate puede ayudarle a decorar
imaginativamente el entorno según las prescripciones del feng shui más estricto.
Ahora ya puede intentar dormir al corpúsculo delante de la televisión o en la
cama. Lamentablemente, para este arte (que no techné) no existen instrucciones
precisas, pues la efectividad de los métodos varía según la edad, los hábitos y
el grado de docilidad del corpúsculo. En general, suele ser tarea fatigosa,
tirando a ardua. Así que ya sabe. Si se topa con un cuerpo pequeño que lleve un
Benzemá o un Messi impreso en el dorsal de la camiseta, ataviado con gorra de
aviador y pala de playa, es más que probable que esté delante de un corpúsculo.
Respire hondo y póngase manos a la obra.
martes, 31 de julio de 2012
Una tarde low cost
Se le atribuye a Napoleón o a Samuel Johnson una estupenda
lítote en forma de sentencia (o acaso sea al revés) que asegura que “la música
es el menos desagradable de los ruidos”. Reconozco que dediqué algunas horas de
mi adolescencia a desafinar con delicuescencia un piano, mientras la sufrida
profesora hacía sutiles precisiones semánticas entre ‘oído’ y ‘oreja’. No
obstante, he crecido musicalmente con la convicción de que antes de la Velvet
Underground esto era un erial. Pondré algunos ejemplos. Cuando vi Amadeus, me sentí identificado con
Salieri. Con Debussy entiendo la reacción del fauno. Vivaldi me exaspera. A
Beethoven le sobra falacia patética. El bolero de Ravel me recuerda a Bo Derek
y a un anuncio de electrodomésticos. Y si escucho a Wagner me dan ganas, como a
Woody Allen, de invadir Polonia. Asumiendo que mi canon melómano se sitúa a
medio camino entre el punk tardío y el noise vocacional, a menudo me dejo
llevar por las preferencias de mi oído dodecafónico. Así que el sábado pasado
disfruté como un enano (¿en qué contexto disfrutarán los enanos?) por las
verdes praderas del Low Cost Festival. Si Longino definía la techné de lo sublime
como una desmesurada mesura, puedo afirmar que dispuse mi ánimo con pareja
inclinación a la acordada mesura de Fanfarlo y a los desmesurados acordes de
Placebo. ¿Quién puede resistirse a corear un estribillo desconocido, a inventarse
letras en inglés y a levantar la mano sin ritmo ni concierto? Si a ese placer
pulsional le añadimos un juego de luces estroboscópicas, un batería similar a
La Cosa de los 4 Fantásticos, una
violinista en el tejado de la epifanía guitarrera y un Brian Molko perorando
con desenvoltura en la lengua de Cervantes, el resultado es una elevación
espiritual a la altura de los dioses, para no desmentir al tratadista de lo
sublime. No negaré que Bach tiene su aquel, pero habría salido reforzado con
una rock band.
lunes, 30 de julio de 2012
viernes, 27 de julio de 2012
La imagen del poeta (Nota sobre Miguel Ángel Velasco)
En 2010, la muerte cerró el
paréntesis que la vida le había abierto a Miguel Ángel Velasco en la ciudad de
Palma de Mallorca y en el año de 1963. Su obra, sin embargo, continúa literaria
y literalmente viva. Es decir, la poesía de Velasco no solo perdura bajo esa
forma de mnemotecnia elegiaca que solemos atribuir a los versos dignos de
pervivencia, al modo del “Exegi monumentum” horaciano. Además, en su libro
póstumo (La muerte una vez más,
2012), se afirma que en esas páginas se ha recogido una pequeña parte del
copioso testamento lírico que el autor dejó preparado para la imprenta, como si
la galaxia Gutenberg intuyera lo que el hombre desconocía.
Es
sabido que toda recopilación póstuma implica una traición, por más que editores
y amigos se empeñen en respetar escrupulosamente la voluntad del escritor. En
este caso, dicha traición no está en el interior del libro, sino en la foto de
la solapa. Resulta difícil reconocer al autor en la imagen que quisiera
inmortalizarlo con camisa blanca y pajarita oscura, como un dandi bicolor.
Sucede también con el retrato de Aníbal Núñez en su obra completa, cuyo
ascetismo prerrafaelita no parece corresponder al flamígero demiurgo de “Casa
Lys”. Decía, pues, que la foto de Miguel Ángel Velasco no le hace justicia a
Miguel Ángel Velasco. Intentaré explicarme. Coincidí con Velasco una sola vez,
en uno de esos actos literarios que exigen el protocolo de la etiqueta para
convertirse en acontecimientos. Mientras algunos fingíamos naturalidad en
nuestros respectivos trajes, ahormados a los patrones de la tribu, pasó un
ángel con chaleco de cuero, botas negras y camisa a cuadros. Sentí una insana
envidia por quien era capaz de vulnerar la mediana costura sin la estridencia
del que sabe que está contraviniendo una norma social. Pensé entonces que la
libertad de Velasco no residía en ir de paisano entre el gremio uniformado,
sino en que su transgresión apenas se notara, como si el poeta no se hubiera
percatado de que él era el distinto
en aquel contexto. Algo similar me ocurre con su escritura. Sin que sea el suyo
un ejemplo de obstinado adanismo, como el de un Rimbaud o un Claudio Rodríguez,
su obra muestra una tensión ajena al efectismo y a la premeditación. Cuando se
inmiscuye en las escabechinas de la Ilíada,
no vemos el cromatismo de la estampa literaria: escuchamos el fragor de la
batalla y el crujir de los huesos rotos. Cuando va de vuelo, no hay rastro de la tramoya que maneja los hilos de su
elevación. Incluso cuando el cuerpo encarna la anatomía patológica del Barroco,
su ruina se diría químicamente pura, como si nunca hubiera existido Valdés Leal
o como si, más acá, Solana hubiera sido un decorador de interiores.
Esta
autenticidad, a falta de término más
preciso, se advierte en las elegías que le dedican alguien que le conocía muy
bien (Vicente Gallego) y alguien que asegura no haberlo conocido (Manuel
Vilas). En “Miguel Ángel Velasco, vivo en mi corazón”, Gallego pronuncia un
apasionado réquiem por quien fue, a un tiempo, “Aquiles de las crenchas rubicundas
/ cuando a guerra llamaban los placeres” y “Cristo muerto de Holbein —que en tu
casa / tenías a la vista, siempre expuesto— / cuando la vida echaba,
legionaria, / tu pobre manto a suertes más oscuras”. A su vez, en “Vilas y
Velasco”, Manuel Vilas fabula sobre la cercanía entre dos poetas a quienes
unían la misma edad, una fama semejante y una inicial en común: “De haber ido
al mismo colegio / se hubieran sentado juntos / por la proximidad alfabética de
sus apellidos. // Todo era proximidad entre Vilas y Velasco, / pensó Vilas”.
Los que echamos de menos esa prodigiosa proximidad solo podemos consolarnos por
ahora con la lectura de La muerte una vez
más.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de julio de 2012)
martes, 17 de julio de 2012
Carbón para todos
Por una vez, todos estamos de acuerdo: queremos carbón. Lo
reclaman quienes forman parte de una marea negra con alma blanca (aunque algunos
griten “arma” en vez de leer “alma”). Se lo “piden” los políticos para administrárselo, en dosis homeopáticas, a la afición en general. Y
el resto del mundo se lo entregaría encantado, en dosis letales, a los políticos.
Los Reyes Magos, como de costumbre, se encogen de hombros.
sábado, 14 de julio de 2012
lunes, 2 de julio de 2012
El vestuario
Después de que nuestra selección se coronase tricampeona con
una goleada a Italia (hace años, este habría sido el inicio de un relato de
ciencia ficción), el más elocuente fue Piqué: en el vestuario, dijo, cada uno
iba a su bola. Podría haber añadido un expletivo en su respuesta, pero se
abstuvo juiciosamente. La definición resultaba inmejorable: allí, Casillas le
daba tientos a una botella de cava, el señor del Bosque estrechaba manos con
vehemencia y recibía parabienes como quien no quiere la cosa, Reina brincaba
como si las mismas alas de Nike propulsasen su vuelo, y a Iniesta no había
quien no le diera un cariñoso calbote o le tirara cariñosamente de los mofletes.
En cuanto a las autoridades, el presidente miraba al príncipe, y este al presidente.
Cuando se aburrían, iban a darle la mano al señor del Bosque, o a propinarle un
cariñoso capón a Iniesta, o a saltar con Reina, o a brindar con un sorbito de
champán. En tal escenario, ni Plácido Domingo cantaba La Traviata, aunque de
vez en cuando mirase el reloj como quien pierde el vuelo a Zúrich. Por un
momento, animado por el ardor guerrero de la victoria, pensé que los vestuarios
de nuestra selección eran una metáfora del país. Luego, menos eufórico, caí en
la cuenta de que nos quedábamos sin expiación colectiva hasta 2014. Como están
las cosas, Dios sepa quién viva.
viernes, 29 de junio de 2012
Memento hominem
La nueva entrega
de Antonio Gracia se presenta bajo el explícito rótulo de La muerte universal, y el no menos explícito subtítulo de Cosmoagonías. En efecto, el libro define
un territorio poético traspasado de angustia existencial, pero que cristaliza
en versos de tersa serenidad y de alta temperatura emotiva. La primera sección
del volumen, “El universo”, propone una remozada teoría del big bang donde los laberintos estelares,
las epifanías cuánticas y las galaxias ignotas metaforizan las inquietudes
ontológicas del ser humano. La invención de dioses y quimeras, la indomeñable “fuerza
del desaliento” y las preguntas a la esfinge de la naturaleza representan los
intentos del hombre por suturar sus abismos interiores. Sin embargo, se trata
de esfuerzos condenados de antemano al fracaso, aventuras ascensionales
calcinadas por el deslumbramiento o voces que se disuelven en el eco del vacío.
Esa liturgia astral, cuya vastedad expansiva remite al Canto cósmico de Ernesto Cardenal, se resume en “La muerte
universal”, emblema de una lucha que tiene tanto de selección natural como de
implacable resignación ante la evidencia de la caducidad: “Y antes de abandonarme
al gran osario, / anoté, persiguiendo algún consuelo: / también / todo dolor
desaparecerá”.
Ese aquelarre de las fuerzas
elementales se remansa en la entraña de la intimidad en el segundo apartado,
“El microcosmos”. A lo largo de veintidós poemas sin título, el autor relata la
epopeya de un individuo asomado al brocal de su finitud. La presencia obsesiva
de la muerte no solo transforma la vida en una perpetua danza funeraria, y al
sujeto en “presentes sucesiones de difunto”, sino que contempla el mundo como
un pudridero del que solo nos libra por momentos la oración de la carne. El
lenguaje expresionista, los vislumbres visionarios y la iconografía táctil
convocan la imagen de las postrimerías codificada en las pinturas barrocas de
Valdés Leal: “Mira cómo el gran templo de tu vida, / resuelto ya en ceniza y
podredumbre, / separa sangre y carne, hueso y alma”. La oscura noticia que
alienta en estos versos conduce a una sola posibilidad: certificar el acta de
defunción de cuanto nos rodea, levantar “el cadáver / de la existencia”.
La tercera sección, “Autopsia”,
consta de un único poema que es al tiempo lección de anatomía, hoguera de
vanidades y plegaria fraternal. El “hombre triste”, deus occasionatus o demiurgo voluntarista, opone su afán de trascendencia
a la pulsión destructiva que corrompe el sueño de la inmortalidad. La precaria
oscilación entre acabamiento y permanencia protagoniza la última parte del
libro, titulada “Las ruinas de la luz”. Antonio Gracia aspira a pactar aquí una
tregua con el dolor. El arte y la escritura son las armas con las que el poeta
se enfrenta a un destino inexorable, urdido con una caligrafía enigmática (“El
cíclope amanuense”) o impreso en la piel del desengaño (“Las ruinas de la
luz”). El homo scriptor toma la pluma
para evocar paraísos perdidos, redactar poéticas maceradas en lo inefable o dar
testimonio de epitafios sinópticos: “La pluma solo escribe ya epitafios. / La
arrebatada música de Scriabin / y el cielo acongojado de Van Gogh / acompañan
mi noche silenciosa”. Mientras el universo fluye hacia un apocalipsis anunciado,
la poesía de Antonio Gracia sigue cumpliendo una función lenitiva: guiarnos en
la travesía hasta “el resplandor fugaz de un infinito / o el regreso final
hacia la nada”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de junio de 2012)
lunes, 25 de junio de 2012
Saca la mano y grita gol
Mi demonio individualista me susurra que los hombres “tomados
de uno en uno / son como polvo no son nada”. Y mi lucifer solidario sostiene
que seguimos viviendo “en un viejo país
ineficiente, / algo así como España” entre dos crisis globales. Pero ni las
palabras de Goytisolo ni las moralidades de Gil de Biedma contaban con ese angelus novus que se cierne sobre la
maltrecha Europa en general, y sobre la rescatada España en particular: por
supuesto, me refiero a la Eurocopa. Con qué fervor, digno de Evasión o victoria, vivimos las
evoluciones de nuestra invicta selección, guiada por un instinto de triunfo que
ha hecho de las glorias pírricas y de las derrotas cantadas cosa del pasado. Nunca
he sido aficionado al fútbol ni he sentido como propios los colores de ningún
equipo, salvo por el muy saludable ejercicio de llevar la contraria. Sin
embargo, desde hace un tiempo, disfruto como un enano con nuestra exhibición de
esplendor en la hierba. Y, lo confieso, en mi muñeca izquierda baila una
pulsera con icono. Un Torquemada (¿Mourinho?) me acusaría de acogerme a la
peligrosa fe del converso. Un psicoanalista (¿Valdano?, ¿Guardiola?, ¿El señor
del Bosque?) me diagnosticaría algún complejo de etimología griega. Y no sé si
la barra brava blaugrana me recetaría pastillas contra el sarpullido nacional.
Pero yo bien sé que no se trata de nada de eso. Las dos velocidades europeas no
se juegan en el centro del campo, sino en el graderío. No vale más partido
rescatado que alineación por rescatar. Y sigo prefiriendo el pasaporte al DNI. Sin
embargo, cuando nuestra armada cuasi invencible salta al terreno de juego, como
impelido por un resorte, tengo la necesidad de gritar “No hay dos sin tres”.
jueves, 21 de junio de 2012
sábado, 16 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
Teoría narrativa
Lo vi ayer por la noche en 24. Hablaba con cierto desparpajo
y gesticulaba con desenvoltura, como quien acostumbra a perorar bajo los focos
de la actualidad. Por un momento temí que fuera a centrarse en los desastres de
la economía nacional, pero me tranquilizó saber que andaba bastante pez sobre
el asunto, más o menos como el común de los mortales. En realidad, había ido al
plató a desplegar su teoría literaria, a juzgar por las veces que pronunciaba
la palabra “narrativa”, con la delectación del que saborea un fruto extraño. He
de reconocer que, si bien la teoría no era demasiado original, no carecía de
coherencia. Creí entender que la tesis tenía su origen en las funciones que
Propp estableció para el cuento folclórico ruso, pero convenientemente
nacionalizadas. En su opinión, toda estrategia narrativa exigía un protagonista
colectivo (llamémoslo, por ahora, país) y un conflicto (llamémoslo placer
hipotecario, estigma crediticio o boquete soberano). A partir de ahí, cada
protagonista y cada conflicto se las arreglaban como buenamente podían, dependiendo
de dos variables secundarias: la genialidad del autor y la imprevisibilidad
argumental. En una de las opciones, el protagonista (colectivo) se ahogaba en
un implacable goteo de pagarés impagados. En otra vertiente, más optimista, se
endeudaba hasta el colodrillo, pero sobrevivía gracias a la magnanimidad de las
protagonistas (comunitarias) que pululaban por la trama: la alegre Marsellesa,
la caprichosa Helena, la pérfida Albión y la bárbara Germania. Finalmente, el
narratólogo proponía culminar el relato con la escenificación del rapto de
Europa. Cuando pulsé el mando a distancia, lejos de la presión de la
actualidad, me sentí íntimamente renovado. Ya dicen que alimentar el espíritu
no tiene precio.
sábado, 2 de junio de 2012
viernes, 1 de junio de 2012
On the road
Con Climax Road, Vanesa Pérez-Sauquillo
regresa a un territorio que conoce bien: el del libro unitario y polifónico,
filtrado por una densa bruma simbolista, pronunciado por un caleidoscopio de
voces y surcado por sorprendentes bucles irónicos, narrativos o descriptivos.
De este modo, la autora vuelve a recorrer una senda que ya transitó en Invención de gato, una de sus entregas
más insólitas y originales.
Climax Road aporta nuevas
coordenadas al universo de Pérez-Sauquillo. El libro se abre con un
poema-prólogo que muestra la levedad de lo real mediante el símbolo equitativo de
la balanza. Tras esa presentación, el primer apartado (“Farmington”) introduce al
lector en una cartografía deliberadamente ambigua. Aunque el citado topónimo
puede hacer alusión a varios espacios existentes, el Farmington literario es un
lugar edénico y mitificado, a medio camino entre el Brigadoon cinematográfico y las fugas bucólicas que jalonaban el
periplo urbano de Poeta en Nueva York (“Tu
infancia en Menton” o los poemas del campo de Newburg). No en vano, la
iconografía lorquiana reaparece aquí con una intensidad imaginativa modulada
por la voz singular de la escritora.
La segunda sección, “Niño de hierba”, está protagonizada por una criatura
frágil y misteriosa: el “joven de dulce tallo” que actúa como metáfora
germinativa, alegoría de la primavera o imagen primigenia del ser humano antes
de su extrañamiento de la naturaleza. En este horizonte eglógico, el “niño de
hierba” se erige en el numen protector que aspira a invertir un ciclo
discursivo caracterizado por la alternancia entre creación y destrucción: “Te
llamo y una tiza define los contornos, / constelación que viene a mí / que me
deshago / como un banco de peces / a tu encuentro”.
En la tercera parte, “Siete caravanas de insomnio”, la autora propone un tour por los siete pecados capitales, a
lomos de los cuatro caballos del Apocalipsis. El paisaje humanizado acoge ahora
a un paisanaje diverso, movido por los engranajes del deseo y por el motor de
la culpa. Los personajes que colonizan la geografía poética son individuos
desamparados que desean pactar con la vida y que cabalgan hacia la muerte. De
hecho, los nombres de esos personajes remiten a la epopeya beat que Jack Kerouac cantó en las páginas de En la carretera, y que Allen Ginsberg transformó en el lirisimo,
trémulo y expresionista, de Aullido.
Así, en estos versos confluyen la ávida sensualidad de Crazy Jane, la indómita
lujuria de Kurt, la irascible soledad de Liz, la soberbia belleza de Valerie,
la insípida gula de Tom, la pereza endémica de Ed y el envidioso fingimiento de
Maddie. A través de esas identidades fragmentarias, Vanesa Pérez-Sauquillo
condensa las transacciones afectivas y las pasiones mecánicas que gobiernan la
sociedad contemporánea.
La posibilidad de una lectura crítica de Climax Road se evidencia en la última sección: “La encrucijada”. La
huella de la inmigración y la tragedia del desarraigo se escenifican en el
nomadismo de los vendedores ambulantes expulsados de Farmington. La luminosa
fábula del libro se tiñe entonces de imágenes sombrías, carromatos oscuros y
refugios vacíos. Las avenidas de Climax Road se convierten en un bosque “al
rojo vivo”, atravesado por los raíles que guían los derroteros del presente.
Como si se tratara de una apretada écfrasis de la Casa junto a las vías del tren diseñada por Edward Hopper, la escritora
construye una arquitectura efímera, rendida al discreto encanto de las ruinas.
Las resonancias proféticas del texto conducen a la definitiva separación de
Farmington. En este éxodo, el despojamiento se contempla como la única respuesta
moral, “bajo mi caravana de pies fríos / y alegría de verano”.
En suma, Climax Road constituye un apasionante viaje a la semilla, relatado
con envidiable pulso verbal por Pérez-Sauquillo. Los espectros que pueblan
Farmington, como los dormidos
habitantes de Comala o los epitafios parlantes de Spoon River, sueñan con un
paraíso a medio hacer. Médium o transcriptora de sus inquietudes,
Pérez-Sauquillo sabe que “el interior es ya mundo exterior”. Atrévanse a dar
una vuelta por Climax Road.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 31 de mayo de 2012)
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