miércoles, 3 de octubre de 2012

Esto es poesía...

Estudio y selección: Luis Bagué Quílez.
Materiales didácticos: Susana Rodríguez Rosique.
Los 36 poetas son:  Aurora Luque, Jorge Riechmann, Manuel Vilas, Roger Wolfe, Jorge Gimeno, Juan Antonio González-Iglesias, Álvaro García, Ada Salas, Luis Muñoz, Antonio Méndez Rubio, José Luis Piquero, Enrique Falcón, Lorenzo Oliván, Jesús Jiménez Domínguez, Javier Rodríguez Marcos, Mercedes Cebrián, Mariano Peyrou, Julieta Valero, Pablo García Casado, David Mayor, Abraham Gragera, Juan Carlos Abril, Miriam Reyes, Rafael Espejo, Martín López-Vega, Antonio Lucas, Carlos Pardo, Josep M. Rodríguez, Alberto Santamaría, Andrés Neuman, Vanesa Pérez-Sauquillo, Álvaro Tato, Juan Andrés García Román, Ana Gorría, Erika Martínez y Elena Medel.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Tranströmer in a nutshell. Apuntes sobre el paisaje



La poesía contemporánea tiene dificultades a la hora de plasmar la relación del sujeto con el paisaje. ¿Qué hacer en el siglo XXI con los soles ponientes, los bosques nemorosos, los grandes lagos y las avecillas que cantaban al albor? Es más, ¿cómo interactuar con los rascacielos, los pasos de cebra y los supermercados en rebajas? Después de los fervores románticos y de las displicencias simbolistas, se diría que ha desaparecido la posibilidad de convivir con el paisaje como realidad medular, y hasta de utilizarlo como decorado convincente. Coleridge y Wordsworth pensaban con la naturaleza, ese espejo donde se remansaba el mundo espiritual, y Baudelaire convirtió su modalidad del paseo parisino —el afán ambulatorio sin rumbo fijo— en una de las bellas artes. Con la llegada del siglo XX, el paisaje quedó relegado a un escenario más o menos difuso, que muda la piel en correlato objetivo o que tematiza la aspiración ascensional del poeta. Los mejores paisajistas, como Claudio Rodríguez, se encuentran con la topografía del lugar ameno cuando buscan otra cosa, más allá de las formas y más acá del deslumbramiento. Y los cantores de lo urbano, como García Lorca, no tienen más remedio que suplir, mediante un torbellino metafórico, los perfiles del skyline neoyorquino.
           Convengamos en que hay paisajes y paisajes. Desde luego, no es lo mismo adentrarse en la inmensidad químicamente pura del desierto de los Monegros que abordar las reservas naturales del mar Báltico. Después de recorrer una pequeña porción de la Península Escandinava, entiendo mejor a Tranströmer, uno de los pocos autores actuales que se han atrevido a responder a la pregunta que formulaba líneas atrás. Según el escritor sueco, todavía hay futuro para el paisaje, aunque ese porvenir pase por trocearlo, deconstruirlo, descomponerlo en mónadas de sentido. Lo peculiar es que este découpage no funciona como un collage simultaneísta ni como un ready made duchampiano. No se trata de vulnerar la mirada ni de poner trabas a la contemplación, a la manera de un elaborado trampantojo. Y menos aún de transportar el vago universo de los sentimientos a un entorno alegórico. Para Tranströmer, la naturaleza solo es naturaleza. Eso sí, su poetización requiere un ejercicio de concreción, una metonimia continuada donde la parte vale por el todo: ramas en vez de árboles, velas blancas en vez de mares embravecidos, bocetos luminosos en vez de cuadros acabados.     
            En “El cielo a medio hacer”, de título harto elocuente, la reflexión existencial se pronuncia en los siguientes términos: “Bajo nosotros, la tierra infinita. / Brilla el agua entre árboles. / La laguna es una ventana abierta a la tierra”. En entregas posteriores hallamos nuevas pruebas de esa precisión icónica. Así se describe una ciudad anónima: “Hoy será un día de calor sobre el asfalto. / Las señales de tráfico tienen párpados caídos”. Incluso cuando el autor se disfraza de turista, en “Lisboa”, los inevitables tranvías amarillos coexisten con el detalle microscópico: “Vi fachadas, fachadas, fachadas / y muy alto, en una ventana, un hombre / que con prismáticos miraba el mar”. Los límites de ese paisajismo se apuntan en 29 haikus y otros poemas (2003), donde solo quedan en pie los andamios versales desde los que el poeta se asoma al misterio: “Pinos rajados / en el mismo pantano. / Siempre y siempre”, “Ya el sol parte. / Mira el remolcador, / cara de bulldog”, “Extraño bosque: / Dios sin dinero vive. / Claras murallas”, “Allí yo estuve: / sobre un muro encalado, / mitin de moscas”.
            Tranströmer parece asediar lo real desde la ventanilla de un autobús: lo que ve es fragmentario, admite interrupciones y se ajusta al dinamismo perceptual de los tiempos (pos)modernos. En una nutshell —esa cáscara anglosajona que lo resume todo—, al paisaje aún le quedan muchas estrofas que decir y muchos secretos que desvelar.


(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 27 de septiembre de 2012)

martes, 25 de septiembre de 2012

Ludopatías



Nos encanta jugar: apostárnoslo todo a doble o nada. En los entremeses televisivos proliferan las loterías —estatales y paramilitares—, los satinados rótulos de casinos ambulantes y las invitaciones a convertir la mala baza de nuestra vida en un póquer de ases. Hasta a nuestro impoluto Rafa Nadal lo han sacado de sus plácidas casillas en los anuncios de seguros para mostrárnoslo con las manos en la masa mientras despluma los fondos pixelados de una tragaperras con conexión wifi. Lo de menos es que un letrero más bien diminuto nos informe de la conveniencia de jugar juiciosamente, de perder con moderación y de no hipotecar lo que aún no hayamos hipotecado. En cuanto al modelo productivo Eurovegas, no quisiera parecer tendencioso. Por eso me parece prudente traer a la memoria al desparecido tahúr Amarillo Slim, a quien se le atribuye la siguiente cita: “Mira alrededor de la mesa. Si no ves al primo, es que el primo eres tú”. Obsesionados con la prima (de riesgo), me temo que nuestros políticos hace tiempo que han dejado de ver al primo en el tapete verde. Reconozcamos que nuestra naturaleza tiende más al órdago. Será cuestión de regresar al mus.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Edward Hopper: poesía y soledad


La retrospectiva dedicada a Edward Hopper en el Museo Thyssen ha favorecido diversas especulaciones sobre la conexión entre los cuadros del pintor y las secuencias narrativas o los fotogramas que jalonan la iconografía del siglo XX. Parece que Hopper encontraba un perverso placer en las peripecias gangsteriles de serie B, aunque también realizó puntuales concesiones a la heterodoxia de la nouvelle vague: Al final de la escapada fue una de las últimas películas hacia las que expresó su admiración. No obstante, se ha escrito relativamente poco acerca de las relaciones entre Hopper y la poesía. En 1963, el crítico de arte Brian O’Doherty le preguntó sobre sus poemas preferidos. Hopper respondió que le gustaban un par de piezas de Robert Frost (“Stopping by Woods on a Snowy Evening” y “Come in”), una de Goethe (“Canto nocturno del caminante”) y “algo hermoso de Verlaine sobre la tarde”. En esa entrevista, Hopper se atrevió incluso a traducir al inglés la canción de Goethe, a la que definió como un extraordinario cuadro visual. A partir de esa microantología podemos imaginar a un Hopper rendido ante la vastedad orgánica de una naturaleza en la que únicamente se escucha la poesía muda de la descomposición. Esa luz crepuscular se proyecta en las arboledas perdidas de Cape Cod, en las carreteras secundarias que desembocan en una vía muerta y en esa casa junto a los raíles del tren en la que solo echamos de menos la escena de la ducha protagonizada por Janet Leigh.
            Es difícil precisar hasta qué punto Hopper conocía o apreciaba la poesía contemporánea. Sin embargo, la poesía contemporánea conoce y aprecia a Hopper. Eso sí, se trata en general de otro Hopper: el pintor de la vida moderna que se infiltra en el tráfico cotidiano, viaja de incógnito por las cafeterías de la ciudad y se aloja en hoteles con ventanas tan altas como los versos de Larkin. Casi todos los escritores que se han acercado a su obra coinciden en la “poesía latente” (John Ashbery) o en la “poesía elusiva” (Mark Strand) que subyace en sus óleos. Un buen ejemplo es el archiconocido Nighthawks [Aves nocturnas], cuya popularidad ha trascendido los límites del lienzo para instalarse en los compartimentos de la memoria colectiva. Si Gottfried Helnwein soñó con ponerles rostros populares (Bogart y Monroe, Elvis y James Dean) a los actores anónimos de la función, un póster de Los Simpson inmortaliza a los personajes de la serie en el interior de un Yummy’s Donuts sospechosamente similar al Phillies de Hopper. El drama que se escenifica en la cafetería de Nighthawks proporciona material para varios tratados sobre la incomunicación y para un par de apólogos sobre la soledad. Con todo, me parece que ambos conceptos están sobrevalorados. En Hopper no importa tanto la soledad como la espera, la inminencia de algo que está a punto de suceder y que ocurrirá en el momento exacto en el que dejemos de contemplar la imagen. Tal vez por eso las mejores écfrasis hopperianas no son las que pretenden rellenar ese vacío con una anécdota, sino las que se resignan a acepar la elipsis, la inevitable sustracción del argumento. Las adaptaciones líricas de Aves nocturnas se pueden leer en catalán (“Nighthawks, 1942”, de Ernest Farrés), en portugués (“Phillies”, de Joaquim Manuel Magalhães) y en alemán (“Nighthawks”, de Wolf Wondrastschek). En el volumen The Poetry of Solitude. A Tribute to Edward Hopper, editado por Gail Levin, cinco poetas norteamericanos se asoman al escaparate humano agremiado bajo el rótulo de Phillies. Para no desmerecer en osadía, ahí va mi traducción libre de la última estrofa del texto firmado por David Ray: “He aquí un hombre atrapado en la medianoche. / Buscó el mostrador más tranquilo del mundo / Y lo encontró en la calle casi vacía, / Lejos de todo lo que había dicho. / Ahora ha alcanzado el silencio sobre el que tanto le habían insistido. / Ni una ardilla, ni un abedul otoñal, / Ni un perro a su lado: nada se mueve para ayudarlo. / Tratará de mantener a raya su dolor. / Su pulgar sostiene una taza de café”.

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 30 de agosto de 2012)

jueves, 23 de agosto de 2012

Mordiscos de realidad (Mi homenaje a Bram Stoker)


En la pantalla, un solo clic separa a Vlad el Empalador de Bram Stoker. Sin embargo, la pintura al óleo que ha inmortalizado al sanguinario Vlad Tepes (aka Vlad III, aka Vlad Draculea) no acoge el retrato de un individuo, sino el contorno de una máscara. La mirada hierática de Vlad no consigue que veamos en él sino a un icono bizantino un tanto truculento, ornado con profusa bisutería, denso bigote e impostación guerrera. Si fantaseáramos con sustraerle su vellosidad marcial, invirtiendo el gesto de Duchamp con la Mona Lisa, el resultado de la resta sería un Peter Sellers de pacotilla. Ignoro cómo el remoto príncipe de Velaquia llegó a convertirse en modelo literario de Bram Stoker, un irlandés expatriado (si es que tal sintagma no supone un pleonasmo) de facciones perrunas. En una foto fechada en 1906, Bram Stoker está sentado en su escritorio con ostensible desgana. En 1906, Bram Stoker es un hombre moderadamente orondo y aparatosamente elegante que recuerda a un Mark Twain sedentario e insular. A Bram Stoker no se le conocen mayores tendencias góticas que cierta admiración hacia la alta sociedad de la época: fue asistente personal del actor Henry Irving, algo similar a trabajar de pintor de cámara para Dorian Gray. Tampoco su firma, reproducida al pie de la foto, permite adivinar ocultas parafilias en los picos de la caligrafía. Abraham Stoker parece exactamente esa clase de persona que contrae la sífilis por cortesía, para no aguarle la fiesta a un amigo o para no desairar las atenciones de una meretriz. Como buen representante de su tiempo, el creador de Drácula murió en una sórdida pensión, viendo la sombra de Vlad Tepes proyectada en la pared de un cuarto que imagino tapizado de rojo, roído de arañazos, con las dimensiones de un ataúd estándar. Su última palabra –esa capaz de arruinar o de redimir una biografía– estuvo dedicada a su criatura más famosa, quién sabe si como imprecación o como conjuro. A Bela Lugosi, al que incineraron con su capa favorita, no le hizo falta hablar para dar miedo. Después de todo, el mordisco de un vampiro nunca será un gesto solidario.

(En la antología Strigoi. 25 poemas vampíricos, Logroño, Ediciones del 4 de Agosto, 2012, pp. 10-11.
Selección de Sonia San Román) 

martes, 21 de agosto de 2012

Wikipeaks


En el momento en el que lean estas líneas, el culebrón protagonizado por el infiltrado más famoso del mundo habrá dado otra vuelta de tuerca a su espectacular resorte narrativo. Pero no iba a hablarles de eso. Hace algún tiempo, leí un artículo de Javier Marías donde aseguraba que su desconfianza instintiva hacia Michelle Obama se debía únicamente a su parecido real y funcional con la pérfida mujer del presidente David Palmer en la serie 24. Modestamente, reconozco que con el caso Wikileaks sufro un síndrome de Estocolmo similar, una ceguera transitoria que me impide diferenciar la realidad de la teleficción. No sé si serán imaginaciones mías, pero no puedo mirar a la cara a Julien Assange sin pensar en el legado de Jason Bourne. Así que no consigo explicarme por qué sigue ahí, en ese balcón desde el que intenta convencer al mundo, en vez de abalanzarse sobre el capó de un descapotable con o sin bandera diplomática, pisar a fondo el acelerador y perderse entre el estruendo de los títulos de crédito. Claro que para eso necesitaría un par de extras, una póliza de accidentes y una profusa pirotecnia de efectos especiales. Y seamos realistas: tal como están las cosas, parece casi tan improbable como que le concedan un salvoconducto.
 
 

lunes, 13 de agosto de 2012

Corpúsculo (Historia de un cuerpo pequeño)


Proliferan en verano, como las medusas, los murciélagos, los mosquitos y otros animales con poco prestigio y escaso pedigrí. No instilan su veneno por propulsión a chorro ni clavan su aguijón sobre la dermis. Algunos son portadores de la rabia, especialmente de cuatro a cinco de la tarde. En caso de verse rodeado por uno o varios ejemplares de esta especie, debe evitar una reacción histérica. No grite, no hiperventile y siga atentamente las instrucciones que ofrecemos a continuación: 1) Seleccione algún aparato provisto de cable que se encuentre a su alcance (televisión, dvd, tostadora, microondas), 2) enchúfelo a una toma eléctrica, 3) póngalo en manos del corpúsculo y 4) espere. Si, a pesar de ello, no consigue que el corpúsculo disfrute de una siesta reparadora, pruebe a remojarlo. A tal efecto pueden serle de ayuda los siguientes elementos (de menor a mayor tamaño): 1) grifo, 2) pistola de agua, 3) manguera, 4) piscina, 5) piscina olímpica, 6) mar, 7) mar abierto y 8) océano. En caso de corpúsculo ya previamente remojado, renuente o con hidrofobia, llévelo al cine (asesórese previamente acerca de los estrenos, y no olvide comprarle palomitas). Cuando el corpúsculo empiece a dar muestras de cansancio, no haga nada todavía. Es sabido que aprovechan cualquier distracción para manipular mentes y objetos. Actúe solo cuando los síntomas de somnolencia sean insoslayables. Entonces ha llegado la hora definitiva: alimente al corpúsculo. Entre las opciones gastronómicas más recurrentes se hallan: 1) bocadillo de mortadela, 2) bocadillo de tortilla, 3) bocadillo de salchichón, 4) bocadillo de atún, 5) calamares a la romana (solo recomendable para corpúsculos excéntricos o atrevidos) y 6) pizza cuatro quesos (para corpúsculos con ínfulas de gourmet). Recuerde que un batido de chocolate puede ayudarle a decorar imaginativamente el entorno según las prescripciones del feng shui más estricto. Ahora ya puede intentar dormir al corpúsculo delante de la televisión o en la cama. Lamentablemente, para este arte (que no techné) no existen instrucciones precisas, pues la efectividad de los métodos varía según la edad, los hábitos y el grado de docilidad del corpúsculo. En general, suele ser tarea fatigosa, tirando a ardua. Así que ya sabe. Si se topa con un cuerpo pequeño que lleve un Benzemá o un Messi impreso en el dorsal de la camiseta, ataviado con gorra de aviador y pala de playa, es más que probable que esté delante de un corpúsculo. Respire hondo y póngase manos a la obra.



martes, 31 de julio de 2012

Una tarde low cost


Se le atribuye a Napoleón o a Samuel Johnson una estupenda lítote en forma de sentencia (o acaso sea al revés) que asegura que “la música es el menos desagradable de los ruidos”. Reconozco que dediqué algunas horas de mi adolescencia a desafinar con delicuescencia un piano, mientras la sufrida profesora hacía sutiles precisiones semánticas entre ‘oído’ y ‘oreja’. No obstante, he crecido musicalmente con la convicción de que antes de la Velvet Underground esto era un erial. Pondré algunos ejemplos. Cuando vi Amadeus, me sentí identificado con Salieri. Con Debussy entiendo la reacción del fauno. Vivaldi me exaspera. A Beethoven le sobra falacia patética. El bolero de Ravel me recuerda a Bo Derek y a un anuncio de electrodomésticos. Y si escucho a Wagner me dan ganas, como a Woody Allen, de invadir Polonia. Asumiendo que mi canon melómano se sitúa a medio camino entre el punk tardío y el noise vocacional, a menudo me dejo llevar por las preferencias de mi oído dodecafónico. Así que el sábado pasado disfruté como un enano (¿en qué contexto disfrutarán los enanos?) por las verdes praderas del Low Cost Festival. Si Longino definía la techné de lo sublime como una desmesurada mesura, puedo afirmar que dispuse mi ánimo con pareja inclinación a la acordada mesura de Fanfarlo y a los desmesurados acordes de Placebo. ¿Quién puede resistirse a corear un estribillo desconocido, a inventarse letras en inglés y a levantar la mano sin ritmo ni concierto? Si a ese placer pulsional le añadimos un juego de luces estroboscópicas, un batería similar a La Cosa de los 4 Fantásticos, una violinista en el tejado de la epifanía guitarrera y un Brian Molko perorando con desenvoltura en la lengua de Cervantes, el resultado es una elevación espiritual a la altura de los dioses, para no desmentir al tratadista de lo sublime. No negaré que Bach tiene su aquel, pero habría salido reforzado con una rock band.


viernes, 27 de julio de 2012

La imagen del poeta (Nota sobre Miguel Ángel Velasco)


En 2010, la muerte cerró el paréntesis que la vida le había abierto a Miguel Ángel Velasco en la ciudad de Palma de Mallorca y en el año de 1963. Su obra, sin embargo, continúa literaria y literalmente viva. Es decir, la poesía de Velasco no solo perdura bajo esa forma de mnemotecnia elegiaca que solemos atribuir a los versos dignos de pervivencia, al modo del “Exegi monumentum” horaciano. Además, en su libro póstumo (La muerte una vez más, 2012), se afirma que en esas páginas se ha recogido una pequeña parte del copioso testamento lírico que el autor dejó preparado para la imprenta, como si la galaxia Gutenberg intuyera lo que el hombre desconocía.

Es sabido que toda recopilación póstuma implica una traición, por más que editores y amigos se empeñen en respetar escrupulosamente la voluntad del escritor. En este caso, dicha traición no está en el interior del libro, sino en la foto de la solapa. Resulta difícil reconocer al autor en la imagen que quisiera inmortalizarlo con camisa blanca y pajarita oscura, como un dandi bicolor. Sucede también con el retrato de Aníbal Núñez en su obra completa, cuyo ascetismo prerrafaelita no parece corresponder al flamígero demiurgo de “Casa Lys”. Decía, pues, que la foto de Miguel Ángel Velasco no le hace justicia a Miguel Ángel Velasco. Intentaré explicarme. Coincidí con Velasco una sola vez, en uno de esos actos literarios que exigen el protocolo de la etiqueta para convertirse en acontecimientos. Mientras algunos fingíamos naturalidad en nuestros respectivos trajes, ahormados a los patrones de la tribu, pasó un ángel con chaleco de cuero, botas negras y camisa a cuadros. Sentí una insana envidia por quien era capaz de vulnerar la mediana costura sin la estridencia del que sabe que está contraviniendo una norma social. Pensé entonces que la libertad de Velasco no residía en ir de paisano entre el gremio uniformado, sino en que su transgresión apenas se notara, como si el poeta no se hubiera percatado de que él era el distinto en aquel contexto. Algo similar me ocurre con su escritura. Sin que sea el suyo un ejemplo de obstinado adanismo, como el de un Rimbaud o un Claudio Rodríguez, su obra muestra una tensión ajena al efectismo y a la premeditación. Cuando se inmiscuye en las escabechinas de la Ilíada, no vemos el cromatismo de la estampa literaria: escuchamos el fragor de la batalla y el crujir de los huesos rotos. Cuando va de vuelo, no hay rastro de la tramoya que maneja los hilos de su elevación. Incluso cuando el cuerpo encarna la anatomía patológica del Barroco, su ruina se diría químicamente pura, como si nunca hubiera existido Valdés Leal o como si, más acá, Solana hubiera sido un decorador de interiores.

Esta autenticidad, a falta de término más preciso, se advierte en las elegías que le dedican alguien que le conocía muy bien (Vicente Gallego) y alguien que asegura no haberlo conocido (Manuel Vilas). En “Miguel Ángel Velasco, vivo en mi corazón”, Gallego pronuncia un apasionado réquiem por quien fue, a un tiempo, “Aquiles de las crenchas rubicundas / cuando a guerra llamaban los placeres” y “Cristo muerto de Holbein —que en tu casa / tenías a la vista, siempre expuesto— / cuando la vida echaba, legionaria, / tu pobre manto a suertes más oscuras”. A su vez, en “Vilas y Velasco”, Manuel Vilas fabula sobre la cercanía entre dos poetas a quienes unían la misma edad, una fama semejante y una inicial en común: “De haber ido al mismo colegio / se hubieran sentado juntos / por la proximidad alfabética de sus apellidos. // Todo era proximidad entre Vilas y Velasco, / pensó Vilas”. Los que echamos de menos esa prodigiosa proximidad solo podemos consolarnos por ahora con la lectura de La muerte una vez más.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de julio de 2012)

martes, 17 de julio de 2012

Carbón para todos


Por una vez, todos estamos de acuerdo: queremos carbón. Lo reclaman quienes forman parte de una marea negra con alma blanca (aunque algunos griten “arma” en vez de leer “alma”). Se lo “piden” los políticos para administrárselo, en dosis homeopáticas, a la afición en general. Y el resto del mundo se lo entregaría encantado, en dosis letales, a los políticos. Los Reyes Magos, como de costumbre, se encogen de hombros.

lunes, 2 de julio de 2012

El vestuario

Después de que nuestra selección se coronase tricampeona con una goleada a Italia (hace años, este habría sido el inicio de un relato de ciencia ficción), el más elocuente fue Piqué: en el vestuario, dijo, cada uno iba a su bola. Podría haber añadido un expletivo en su respuesta, pero se abstuvo juiciosamente. La definición resultaba inmejorable: allí, Casillas le daba tientos a una botella de cava, el señor del Bosque estrechaba manos con vehemencia y recibía parabienes como quien no quiere la cosa, Reina brincaba como si las mismas alas de Nike propulsasen su vuelo, y a Iniesta no había quien no le diera un cariñoso calbote o le tirara cariñosamente de los mofletes. En cuanto a las autoridades, el presidente miraba al príncipe, y este al presidente. Cuando se aburrían, iban a darle la mano al señor del Bosque, o a propinarle un cariñoso capón a Iniesta, o a saltar con Reina, o a brindar con un sorbito de champán. En tal escenario, ni Plácido Domingo cantaba La Traviata, aunque de vez en cuando mirase el reloj como quien pierde el vuelo a Zúrich. Por un momento, animado por el ardor guerrero de la victoria, pensé que los vestuarios de nuestra selección eran una metáfora del país. Luego, menos eufórico, caí en la cuenta de que nos quedábamos sin expiación colectiva hasta 2014. Como están las cosas, Dios sepa quién viva.

viernes, 29 de junio de 2012

Memento hominem

La nueva entrega de Antonio Gracia se presenta bajo el explícito rótulo de La muerte universal, y el no menos explícito subtítulo de Cosmoagonías. En efecto, el libro define un territorio poético traspasado de angustia existencial, pero que cristaliza en versos de tersa serenidad y de alta temperatura emotiva. La primera sección del volumen, “El universo”, propone una remozada teoría del big bang donde los laberintos estelares, las epifanías cuánticas y las galaxias ignotas metaforizan las inquietudes ontológicas del ser humano. La invención de dioses y quimeras, la indomeñable “fuerza del desaliento” y las preguntas a la esfinge de la naturaleza representan los intentos del hombre por suturar sus abismos interiores. Sin embargo, se trata de esfuerzos condenados de antemano al fracaso, aventuras ascensionales calcinadas por el deslumbramiento o voces que se disuelven en el eco del vacío. Esa liturgia astral, cuya vastedad expansiva remite al Canto cósmico de Ernesto Cardenal, se resume en “La muerte universal”, emblema de una lucha que tiene tanto de selección natural como de implacable resignación ante la evidencia de la caducidad: “Y antes de abandonarme al gran osario, / anoté, persiguiendo algún consuelo: / también / todo dolor desaparecerá”.

Ese aquelarre de las fuerzas elementales se remansa en la entraña de la intimidad en el segundo apartado, “El microcosmos”. A lo largo de veintidós poemas sin título, el autor relata la epopeya de un individuo asomado al brocal de su finitud. La presencia obsesiva de la muerte no solo transforma la vida en una perpetua danza funeraria, y al sujeto en “presentes sucesiones de difunto”, sino que contempla el mundo como un pudridero del que solo nos libra por momentos la oración de la carne. El lenguaje expresionista, los vislumbres visionarios y la iconografía táctil convocan la imagen de las postrimerías codificada en las pinturas barrocas de Valdés Leal: “Mira cómo el gran templo de tu vida, / resuelto ya en ceniza y podredumbre, / separa sangre y carne, hueso y alma”. La oscura noticia que alienta en estos versos conduce a una sola posibilidad: certificar el acta de defunción de cuanto nos rodea, levantar “el cadáver / de la existencia”.

La tercera sección, “Autopsia”, consta de un único poema que es al tiempo lección de anatomía, hoguera de vanidades y plegaria fraternal. El “hombre triste”, deus occasionatus o demiurgo voluntarista, opone su afán de trascendencia a la pulsión destructiva que corrompe el sueño de la inmortalidad. La precaria oscilación entre acabamiento y permanencia protagoniza la última parte del libro, titulada “Las ruinas de la luz”. Antonio Gracia aspira a pactar aquí una tregua con el dolor. El arte y la escritura son las armas con las que el poeta se enfrenta a un destino inexorable, urdido con una caligrafía enigmática (“El cíclope amanuense”) o impreso en la piel del desengaño (“Las ruinas de la luz”). El homo scriptor toma la pluma para evocar paraísos perdidos, redactar poéticas maceradas en lo inefable o dar testimonio de epitafios sinópticos: “La pluma solo escribe ya epitafios. / La arrebatada música de Scriabin / y el cielo acongojado de Van Gogh / acompañan mi noche silenciosa”. Mientras el universo fluye hacia un apocalipsis anunciado, la poesía de Antonio Gracia sigue cumpliendo una función lenitiva: guiarnos en la travesía hasta “el resplandor fugaz de un infinito / o el regreso final hacia la nada”. 
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de junio de 2012)

lunes, 25 de junio de 2012

Saca la mano y grita gol


Mi demonio individualista me susurra que los hombres “tomados de uno en uno / son como polvo no son nada”. Y mi lucifer solidario sostiene que seguimos viviendo  “en un viejo país ineficiente, / algo así como España” entre dos crisis globales. Pero ni las palabras de Goytisolo ni las moralidades de Gil de Biedma contaban con ese angelus novus que se cierne sobre la maltrecha Europa en general, y sobre la rescatada España en particular: por supuesto, me refiero a la Eurocopa. Con qué fervor, digno de Evasión o victoria, vivimos las evoluciones de nuestra invicta selección, guiada por un instinto de triunfo que ha hecho de las glorias pírricas y de las derrotas cantadas cosa del pasado. Nunca he sido aficionado al fútbol ni he sentido como propios los colores de ningún equipo, salvo por el muy saludable ejercicio de llevar la contraria. Sin embargo, desde hace un tiempo, disfruto como un enano con nuestra exhibición de esplendor en la hierba. Y, lo confieso, en mi muñeca izquierda baila una pulsera con icono. Un Torquemada (¿Mourinho?) me acusaría de acogerme a la peligrosa fe del converso. Un psicoanalista (¿Valdano?, ¿Guardiola?, ¿El señor del Bosque?) me diagnosticaría algún complejo de etimología griega. Y no sé si la barra brava blaugrana me recetaría pastillas contra el sarpullido nacional. Pero yo bien sé que no se trata de nada de eso. Las dos velocidades europeas no se juegan en el centro del campo, sino en el graderío. No vale más partido rescatado que alineación por rescatar. Y sigo prefiriendo el pasaporte al DNI. Sin embargo, cuando nuestra armada cuasi invencible salta al terreno de juego, como impelido por un resorte, tengo la necesidad de gritar “No hay dos sin tres”.