martes, 31 de julio de 2012

Una tarde low cost


Se le atribuye a Napoleón o a Samuel Johnson una estupenda lítote en forma de sentencia (o acaso sea al revés) que asegura que “la música es el menos desagradable de los ruidos”. Reconozco que dediqué algunas horas de mi adolescencia a desafinar con delicuescencia un piano, mientras la sufrida profesora hacía sutiles precisiones semánticas entre ‘oído’ y ‘oreja’. No obstante, he crecido musicalmente con la convicción de que antes de la Velvet Underground esto era un erial. Pondré algunos ejemplos. Cuando vi Amadeus, me sentí identificado con Salieri. Con Debussy entiendo la reacción del fauno. Vivaldi me exaspera. A Beethoven le sobra falacia patética. El bolero de Ravel me recuerda a Bo Derek y a un anuncio de electrodomésticos. Y si escucho a Wagner me dan ganas, como a Woody Allen, de invadir Polonia. Asumiendo que mi canon melómano se sitúa a medio camino entre el punk tardío y el noise vocacional, a menudo me dejo llevar por las preferencias de mi oído dodecafónico. Así que el sábado pasado disfruté como un enano (¿en qué contexto disfrutarán los enanos?) por las verdes praderas del Low Cost Festival. Si Longino definía la techné de lo sublime como una desmesurada mesura, puedo afirmar que dispuse mi ánimo con pareja inclinación a la acordada mesura de Fanfarlo y a los desmesurados acordes de Placebo. ¿Quién puede resistirse a corear un estribillo desconocido, a inventarse letras en inglés y a levantar la mano sin ritmo ni concierto? Si a ese placer pulsional le añadimos un juego de luces estroboscópicas, un batería similar a La Cosa de los 4 Fantásticos, una violinista en el tejado de la epifanía guitarrera y un Brian Molko perorando con desenvoltura en la lengua de Cervantes, el resultado es una elevación espiritual a la altura de los dioses, para no desmentir al tratadista de lo sublime. No negaré que Bach tiene su aquel, pero habría salido reforzado con una rock band.


viernes, 27 de julio de 2012

La imagen del poeta (Nota sobre Miguel Ángel Velasco)


En 2010, la muerte cerró el paréntesis que la vida le había abierto a Miguel Ángel Velasco en la ciudad de Palma de Mallorca y en el año de 1963. Su obra, sin embargo, continúa literaria y literalmente viva. Es decir, la poesía de Velasco no solo perdura bajo esa forma de mnemotecnia elegiaca que solemos atribuir a los versos dignos de pervivencia, al modo del “Exegi monumentum” horaciano. Además, en su libro póstumo (La muerte una vez más, 2012), se afirma que en esas páginas se ha recogido una pequeña parte del copioso testamento lírico que el autor dejó preparado para la imprenta, como si la galaxia Gutenberg intuyera lo que el hombre desconocía.

Es sabido que toda recopilación póstuma implica una traición, por más que editores y amigos se empeñen en respetar escrupulosamente la voluntad del escritor. En este caso, dicha traición no está en el interior del libro, sino en la foto de la solapa. Resulta difícil reconocer al autor en la imagen que quisiera inmortalizarlo con camisa blanca y pajarita oscura, como un dandi bicolor. Sucede también con el retrato de Aníbal Núñez en su obra completa, cuyo ascetismo prerrafaelita no parece corresponder al flamígero demiurgo de “Casa Lys”. Decía, pues, que la foto de Miguel Ángel Velasco no le hace justicia a Miguel Ángel Velasco. Intentaré explicarme. Coincidí con Velasco una sola vez, en uno de esos actos literarios que exigen el protocolo de la etiqueta para convertirse en acontecimientos. Mientras algunos fingíamos naturalidad en nuestros respectivos trajes, ahormados a los patrones de la tribu, pasó un ángel con chaleco de cuero, botas negras y camisa a cuadros. Sentí una insana envidia por quien era capaz de vulnerar la mediana costura sin la estridencia del que sabe que está contraviniendo una norma social. Pensé entonces que la libertad de Velasco no residía en ir de paisano entre el gremio uniformado, sino en que su transgresión apenas se notara, como si el poeta no se hubiera percatado de que él era el distinto en aquel contexto. Algo similar me ocurre con su escritura. Sin que sea el suyo un ejemplo de obstinado adanismo, como el de un Rimbaud o un Claudio Rodríguez, su obra muestra una tensión ajena al efectismo y a la premeditación. Cuando se inmiscuye en las escabechinas de la Ilíada, no vemos el cromatismo de la estampa literaria: escuchamos el fragor de la batalla y el crujir de los huesos rotos. Cuando va de vuelo, no hay rastro de la tramoya que maneja los hilos de su elevación. Incluso cuando el cuerpo encarna la anatomía patológica del Barroco, su ruina se diría químicamente pura, como si nunca hubiera existido Valdés Leal o como si, más acá, Solana hubiera sido un decorador de interiores.

Esta autenticidad, a falta de término más preciso, se advierte en las elegías que le dedican alguien que le conocía muy bien (Vicente Gallego) y alguien que asegura no haberlo conocido (Manuel Vilas). En “Miguel Ángel Velasco, vivo en mi corazón”, Gallego pronuncia un apasionado réquiem por quien fue, a un tiempo, “Aquiles de las crenchas rubicundas / cuando a guerra llamaban los placeres” y “Cristo muerto de Holbein —que en tu casa / tenías a la vista, siempre expuesto— / cuando la vida echaba, legionaria, / tu pobre manto a suertes más oscuras”. A su vez, en “Vilas y Velasco”, Manuel Vilas fabula sobre la cercanía entre dos poetas a quienes unían la misma edad, una fama semejante y una inicial en común: “De haber ido al mismo colegio / se hubieran sentado juntos / por la proximidad alfabética de sus apellidos. // Todo era proximidad entre Vilas y Velasco, / pensó Vilas”. Los que echamos de menos esa prodigiosa proximidad solo podemos consolarnos por ahora con la lectura de La muerte una vez más.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de julio de 2012)

martes, 17 de julio de 2012

Carbón para todos


Por una vez, todos estamos de acuerdo: queremos carbón. Lo reclaman quienes forman parte de una marea negra con alma blanca (aunque algunos griten “arma” en vez de leer “alma”). Se lo “piden” los políticos para administrárselo, en dosis homeopáticas, a la afición en general. Y el resto del mundo se lo entregaría encantado, en dosis letales, a los políticos. Los Reyes Magos, como de costumbre, se encogen de hombros.

lunes, 2 de julio de 2012

El vestuario

Después de que nuestra selección se coronase tricampeona con una goleada a Italia (hace años, este habría sido el inicio de un relato de ciencia ficción), el más elocuente fue Piqué: en el vestuario, dijo, cada uno iba a su bola. Podría haber añadido un expletivo en su respuesta, pero se abstuvo juiciosamente. La definición resultaba inmejorable: allí, Casillas le daba tientos a una botella de cava, el señor del Bosque estrechaba manos con vehemencia y recibía parabienes como quien no quiere la cosa, Reina brincaba como si las mismas alas de Nike propulsasen su vuelo, y a Iniesta no había quien no le diera un cariñoso calbote o le tirara cariñosamente de los mofletes. En cuanto a las autoridades, el presidente miraba al príncipe, y este al presidente. Cuando se aburrían, iban a darle la mano al señor del Bosque, o a propinarle un cariñoso capón a Iniesta, o a saltar con Reina, o a brindar con un sorbito de champán. En tal escenario, ni Plácido Domingo cantaba La Traviata, aunque de vez en cuando mirase el reloj como quien pierde el vuelo a Zúrich. Por un momento, animado por el ardor guerrero de la victoria, pensé que los vestuarios de nuestra selección eran una metáfora del país. Luego, menos eufórico, caí en la cuenta de que nos quedábamos sin expiación colectiva hasta 2014. Como están las cosas, Dios sepa quién viva.

viernes, 29 de junio de 2012

Memento hominem

La nueva entrega de Antonio Gracia se presenta bajo el explícito rótulo de La muerte universal, y el no menos explícito subtítulo de Cosmoagonías. En efecto, el libro define un territorio poético traspasado de angustia existencial, pero que cristaliza en versos de tersa serenidad y de alta temperatura emotiva. La primera sección del volumen, “El universo”, propone una remozada teoría del big bang donde los laberintos estelares, las epifanías cuánticas y las galaxias ignotas metaforizan las inquietudes ontológicas del ser humano. La invención de dioses y quimeras, la indomeñable “fuerza del desaliento” y las preguntas a la esfinge de la naturaleza representan los intentos del hombre por suturar sus abismos interiores. Sin embargo, se trata de esfuerzos condenados de antemano al fracaso, aventuras ascensionales calcinadas por el deslumbramiento o voces que se disuelven en el eco del vacío. Esa liturgia astral, cuya vastedad expansiva remite al Canto cósmico de Ernesto Cardenal, se resume en “La muerte universal”, emblema de una lucha que tiene tanto de selección natural como de implacable resignación ante la evidencia de la caducidad: “Y antes de abandonarme al gran osario, / anoté, persiguiendo algún consuelo: / también / todo dolor desaparecerá”.

Ese aquelarre de las fuerzas elementales se remansa en la entraña de la intimidad en el segundo apartado, “El microcosmos”. A lo largo de veintidós poemas sin título, el autor relata la epopeya de un individuo asomado al brocal de su finitud. La presencia obsesiva de la muerte no solo transforma la vida en una perpetua danza funeraria, y al sujeto en “presentes sucesiones de difunto”, sino que contempla el mundo como un pudridero del que solo nos libra por momentos la oración de la carne. El lenguaje expresionista, los vislumbres visionarios y la iconografía táctil convocan la imagen de las postrimerías codificada en las pinturas barrocas de Valdés Leal: “Mira cómo el gran templo de tu vida, / resuelto ya en ceniza y podredumbre, / separa sangre y carne, hueso y alma”. La oscura noticia que alienta en estos versos conduce a una sola posibilidad: certificar el acta de defunción de cuanto nos rodea, levantar “el cadáver / de la existencia”.

La tercera sección, “Autopsia”, consta de un único poema que es al tiempo lección de anatomía, hoguera de vanidades y plegaria fraternal. El “hombre triste”, deus occasionatus o demiurgo voluntarista, opone su afán de trascendencia a la pulsión destructiva que corrompe el sueño de la inmortalidad. La precaria oscilación entre acabamiento y permanencia protagoniza la última parte del libro, titulada “Las ruinas de la luz”. Antonio Gracia aspira a pactar aquí una tregua con el dolor. El arte y la escritura son las armas con las que el poeta se enfrenta a un destino inexorable, urdido con una caligrafía enigmática (“El cíclope amanuense”) o impreso en la piel del desengaño (“Las ruinas de la luz”). El homo scriptor toma la pluma para evocar paraísos perdidos, redactar poéticas maceradas en lo inefable o dar testimonio de epitafios sinópticos: “La pluma solo escribe ya epitafios. / La arrebatada música de Scriabin / y el cielo acongojado de Van Gogh / acompañan mi noche silenciosa”. Mientras el universo fluye hacia un apocalipsis anunciado, la poesía de Antonio Gracia sigue cumpliendo una función lenitiva: guiarnos en la travesía hasta “el resplandor fugaz de un infinito / o el regreso final hacia la nada”. 
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de junio de 2012)

lunes, 25 de junio de 2012

Saca la mano y grita gol


Mi demonio individualista me susurra que los hombres “tomados de uno en uno / son como polvo no son nada”. Y mi lucifer solidario sostiene que seguimos viviendo  “en un viejo país ineficiente, / algo así como España” entre dos crisis globales. Pero ni las palabras de Goytisolo ni las moralidades de Gil de Biedma contaban con ese angelus novus que se cierne sobre la maltrecha Europa en general, y sobre la rescatada España en particular: por supuesto, me refiero a la Eurocopa. Con qué fervor, digno de Evasión o victoria, vivimos las evoluciones de nuestra invicta selección, guiada por un instinto de triunfo que ha hecho de las glorias pírricas y de las derrotas cantadas cosa del pasado. Nunca he sido aficionado al fútbol ni he sentido como propios los colores de ningún equipo, salvo por el muy saludable ejercicio de llevar la contraria. Sin embargo, desde hace un tiempo, disfruto como un enano con nuestra exhibición de esplendor en la hierba. Y, lo confieso, en mi muñeca izquierda baila una pulsera con icono. Un Torquemada (¿Mourinho?) me acusaría de acogerme a la peligrosa fe del converso. Un psicoanalista (¿Valdano?, ¿Guardiola?, ¿El señor del Bosque?) me diagnosticaría algún complejo de etimología griega. Y no sé si la barra brava blaugrana me recetaría pastillas contra el sarpullido nacional. Pero yo bien sé que no se trata de nada de eso. Las dos velocidades europeas no se juegan en el centro del campo, sino en el graderío. No vale más partido rescatado que alineación por rescatar. Y sigo prefiriendo el pasaporte al DNI. Sin embargo, cuando nuestra armada cuasi invencible salta al terreno de juego, como impelido por un resorte, tengo la necesidad de gritar “No hay dos sin tres”. 


martes, 12 de junio de 2012

Teoría narrativa


Lo vi ayer por la noche en 24. Hablaba con cierto desparpajo y gesticulaba con desenvoltura, como quien acostumbra a perorar bajo los focos de la actualidad. Por un momento temí que fuera a centrarse en los desastres de la economía nacional, pero me tranquilizó saber que andaba bastante pez sobre el asunto, más o menos como el común de los mortales. En realidad, había ido al plató a desplegar su teoría literaria, a juzgar por las veces que pronunciaba la palabra “narrativa”, con la delectación del que saborea un fruto extraño. He de reconocer que, si bien la teoría no era demasiado original, no carecía de coherencia. Creí entender que la tesis tenía su origen en las funciones que Propp estableció para el cuento folclórico ruso, pero convenientemente nacionalizadas. En su opinión, toda estrategia narrativa exigía un protagonista colectivo (llamémoslo, por ahora, país) y un conflicto (llamémoslo placer hipotecario, estigma crediticio o boquete soberano). A partir de ahí, cada protagonista y cada conflicto se las arreglaban como buenamente podían, dependiendo de dos variables secundarias: la genialidad del autor y la imprevisibilidad argumental. En una de las opciones, el protagonista (colectivo) se ahogaba en un implacable goteo de pagarés impagados. En otra vertiente, más optimista, se endeudaba hasta el colodrillo, pero sobrevivía gracias a la magnanimidad de las protagonistas (comunitarias) que pululaban por la trama: la alegre Marsellesa, la caprichosa Helena, la pérfida Albión y la bárbara Germania. Finalmente, el narratólogo proponía culminar el relato con la escenificación del rapto de Europa. Cuando pulsé el mando a distancia, lejos de la presión de la actualidad, me sentí íntimamente renovado. Ya dicen que alimentar el espíritu no tiene precio. 



viernes, 1 de junio de 2012

On the road


Con Climax Road, Vanesa Pérez-Sauquillo regresa a un territorio que conoce bien: el del libro unitario y polifónico, filtrado por una densa bruma simbolista, pronunciado por un caleidoscopio de voces y surcado por sorprendentes bucles irónicos, narrativos o descriptivos. De este modo, la autora vuelve a recorrer una senda que ya transitó en Invención de gato, una de sus entregas más insólitas y originales.
Climax Road aporta nuevas coordenadas al universo de Pérez-Sauquillo. El libro se abre con un poema-prólogo que muestra la levedad de lo real mediante el símbolo equitativo de la balanza. Tras esa presentación, el primer apartado (“Farmington”) introduce al lector en una cartografía deliberadamente ambigua. Aunque el citado topónimo puede hacer alusión a varios espacios existentes, el Farmington literario es un lugar edénico y mitificado, a medio camino entre el Brigadoon cinematográfico y las fugas bucólicas que jalonaban el periplo urbano de Poeta en Nueva York (“Tu infancia en Menton” o los poemas del campo de Newburg). No en vano, la iconografía lorquiana reaparece aquí con una intensidad imaginativa modulada por la voz singular de la escritora.
La segunda sección, “Niño de hierba”, está protagonizada por una criatura frágil y misteriosa: el “joven de dulce tallo” que actúa como metáfora germinativa, alegoría de la primavera o imagen primigenia del ser humano antes de su extrañamiento de la naturaleza. En este horizonte eglógico, el “niño de hierba” se erige en el numen protector que aspira a invertir un ciclo discursivo caracterizado por la alternancia entre creación y destrucción: “Te llamo y una tiza define los contornos, / constelación que viene a mí / que me deshago / como un banco de peces / a tu encuentro”.
En la tercera parte, “Siete caravanas de insomnio”, la autora propone un tour por los siete pecados capitales, a lomos de los cuatro caballos del Apocalipsis. El paisaje humanizado acoge ahora a un paisanaje diverso, movido por los engranajes del deseo y por el motor de la culpa. Los personajes que colonizan la geografía poética son individuos desamparados que desean pactar con la vida y que cabalgan hacia la muerte. De hecho, los nombres de esos personajes remiten a la epopeya beat que Jack Kerouac cantó en las páginas de En la carretera, y que Allen Ginsberg transformó en el lirisimo, trémulo y expresionista, de Aullido. Así, en estos versos confluyen la ávida sensualidad de Crazy Jane, la indómita lujuria de Kurt, la irascible soledad de Liz, la soberbia belleza de Valerie, la insípida gula de Tom, la pereza endémica de Ed y el envidioso fingimiento de Maddie. A través de esas identidades fragmentarias, Vanesa Pérez-Sauquillo condensa las transacciones afectivas y las pasiones mecánicas que gobiernan la sociedad contemporánea.
La posibilidad de una lectura crítica de Climax Road se evidencia en la última sección: “La encrucijada”. La huella de la inmigración y la tragedia del desarraigo se escenifican en el nomadismo de los vendedores ambulantes expulsados de Farmington. La luminosa fábula del libro se tiñe entonces de imágenes sombrías, carromatos oscuros y refugios vacíos. Las avenidas de Climax Road se convierten en un bosque “al rojo vivo”, atravesado por los raíles que guían los derroteros del presente. Como si se tratara de una apretada écfrasis de la Casa junto a las vías del tren diseñada por Edward Hopper, la escritora construye una arquitectura efímera, rendida al discreto encanto de las ruinas. Las resonancias proféticas del texto conducen a la definitiva separación de Farmington. En este éxodo, el despojamiento se contempla como la única respuesta moral, “bajo mi caravana de pies fríos / y alegría de verano”.
 En suma, Climax Road constituye un apasionante viaje a la semilla, relatado con envidiable pulso verbal por Pérez-Sauquillo. Los espectros que pueblan Farmington, como los dormidos habitantes de Comala o los epitafios parlantes de Spoon River, sueñan con un paraíso a medio hacer. Médium o transcriptora de sus inquietudes, Pérez-Sauquillo sabe que “el interior es ya mundo exterior”. Atrévanse a dar una vuelta por Climax Road.

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 31 de mayo de 2012)

miércoles, 30 de mayo de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

Carlos Fuentes en la zona sagrada


Como cualquier teórico de la recepción sabe —y así lo intuía ya Heráclito en medio de su río dinámico—, nadie lee dos veces la misma novela. También ha escrito Hanif Kureishi que no hay mayor crueldad que releer a Kerouac en general, y En la carretera en particular, cuando uno ha dejado de identificar el prurito de libertad con el acné juvenil. Esa es una de las razones por las que no suelo recorrer las páginas que transité en mi adolescencia. Sin embargo, una de mis impresiones más vivas como pretérito lector omnímodo, sin orden ni concierto, tiene que ver con Zona sagrada. Apenas recuerdo más que el fervor entre edípico y hamletiano del protagonista por su madre, que se le parecía mucho a la María bonita del cine mexicano. De aquel deslumbramiento inicial saqué dos conclusiones precipitadas: que mi cinefilia militante no era incompatible con el placer del texto y que había vida inteligente después de Borges. Fuentes manejaba con envidiable soltura las estrategias del montaje discursivo: sus narraciones son ricas en flash backs, fundidos encadenados, contrapicados y travellings laterales. También sabía cristalizar en los objetos las violentas pasiones de sus personajes, como si todos ellos guardaran un Rosebud en la recámara de la conciencia. Leí más tarde algunas novelas de Carlos Fuentes, mejor construidas y más ambiciosas que Zona sagrada, pero nunca dejé de admirar al autor que transformó a María Félix en perdurable icono literario.


martes, 15 de mayo de 2012

Aniversarios, indignaciones y otras figuras


Cuando se cumple un año del 15-M —aquel estímulo voluntario que los economistas redundantes y los ingleses rimbombantes llamaron Spanish revolution—, es el momento de reflexionar sobre tres argumentos que ahora vuelven a repetirse, bajo el signo de la interrogación retórica, con la nostalgia que entrañan todas las conmemoraciones:
1) ¿Sigue teniendo vigencia la indignación? El 15-M fue una respuesta (im)pertinente a una realidad pertinaz. Un año después, solo parecen gobernarnos dos principios: la sempiterna ley de Murphy y la teoría del caos. No solo la tostada siempre se nos cae al suelo por el mismo lado, sino que hemos afinado en desatinos estructurales: si un banquero madrileño o santanderino descubre que tiene un roto en el pantalón, un profesor interino de Alpedrete pasa a engrosar la cola del paro. En fin, como las alas de la dichosa mariposa pequinesa, pero en plan apocalíptico.
2) ¿Salen en televisión todos los indignados? Hasta ahora, la formación retórica de los dirigentes llegaba hasta el nivel COU, lo cual les permitía familiarizarse con un precioso tropo: la metonimia. Es decir, un político sabía que una parte siempre es la parte de un todo. Por ejemplo, una porción de pizza cuatro quesos es parte de una pizza cuatro quesos. Sin embargo, desde hace algún tiempo, impera una lógica indivisa e indivisible que solo cree en la rotundidad de los números redondos (mejor si son primos). Según esta tesis, si todos los indignados de este país caben en la Plaza del Sol, será porque no hay tantos. El olvido de la metonimia conduce a asumir que los millones de parados que no residen en la Plaza del Sol están, por norma general, satisfechos. Curiosamente, esta misma teoría no funciona con las muy metonímicas estadísticas de intención de voto, pero esa es otra historia.
3) ¿Por qué no elaboran de una vez un programa electoral los indignados? He aquí la pregunta del millón, que tiende a formularse de manera directa o ladina, hiriente o insidiosa. Sin embargo, la respuesta me parece bien fácil. No es la labor de quienes protestan buscar las soluciones de sus problemas, sino exigirles a las instituciones que hagan su trabajo. Al fin y al cabo, vivimos en democracia, ¿no?


sábado, 28 de abril de 2012

Mefafísico estáis

El último libro de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) toma prestado su título del cuadro homónimo de Giorgio de Chirico, fechado en 1916. En el lienzo se puede contemplar un taller pictórico y, en primer plano, un surtido de galletas enmarcado y dispuesto con cierto parecido antropomórfico. Una operación desfiguradora similar a la postulada por De Chirico nos propone Alberto Santamaría en este otro Interior metafísico con galletas, publicado cuidadosamente por El Gaviero. En las páginas del cuaderno asistimos al laboratorio de una escritura singular y al efecto de extrañamiento que despliega una ironía subversiva. El conflicto entre la realidad y el lenguaje —cuestión habitual en la obra de Santamaría— se tensa aquí en una dialéctica irresuelta. Solo el azar y la voluntad cristalizan en la intuición lírica o en el método adivinatorio que permite explicar «nuestro modo de (des)ordenar el mundo», según afirma Rosa Benéitez en la sugerente introducción del libro.
            La sección inicial, «El crucero del metafísico», está integrada por cuatro poemas extensos que registran los espacios en los que se desarrolla el ejercicio de reflexividad que denominamos meditación. «La llamada del metafísico» reconstruye el decorado preciso para el advenimiento de la idea. Se trata de un territorio abstracto y cotidiano al mismo tiempo, troquelado sobre un fondo doméstico y proyectado hacia un cielo «color mostaza». En «Un paisaje interior (Alucinación metafísica en La Rochelle)», la escenografía portuaria de una ciudad francesa proporciona el anclaje referencial de un canto dedicado a la hipnótica belleza de los desperdicios y a la caducidad de toda contemplación. En el siguiente texto, «Farfullando con un subastador con problemas de vejiga (Las cosas del lenguaje)», Santamaría se adentra en los desconciertos de lo visible y en las zonas de indeterminación que separan el dinamismo y la inmovilidad, el silencio y el verbo, la existencia y el vacío. El recorrido meditativo se tiñe de una tonalidad épica en la última pieza del apartado. «El verano del metafísico (O el segundo viaje de Crispín précepteur, 1679)» puede leerse como un peculiar ensayo sobre lo sublime —o, mejor dicho, lo contrasublime— en el que los objetos toman la voz y piden la palabra. Los últimos versos de la composición («—Por algo llevas la misma peluca / que las cosas») recogen el desafío de dos poemas de Pequeños círculos (2009): «La peluca de las cosas (lo ignorado)» y «La peluca de las cosas II (After Nietzsche)», respectivamente. En este caso, el diálogo metaliterario aporta nuevas pistas, pues el personaje de Crispín, que protagoniza la comedia de La Thuillerie que da título al texto de Santamaría, también aparece en «The comedian as the letter C», de Wallace Stevens.
            La segunda sección, «Himnos (tres poemas)», consagra otras tantas odas a personalidades y lugares que forman parte de la constelación mítico-cultural del autor. En «Himno a Àngels Barceló», la conocida presentadora televisiva activa un panóptico discursivo que mezcla las noticias del día con una particular topografía del deseo. A su vez, «Vaga escena interminable: adoración de Benidorm», ofrece un denso aquelarre vacacional o una microteoría del caos en la que convergen sujetos y objetos, voces y ecos, paisajes desolados y paisanajes comunes. Por último, «Calor, destreza y filo cortante: breve excursus familiar» utiliza una secuencia de la novela Submundo, de Don DeLillo, para convocar un autorretrato fragmentario en el que, nuevamente, los accidentes cotidianos son las únicas certezas filosóficas en las que puede refugiarse la persona enunciativa.
            En definitiva, Interior metafísico con galletas no solo confirma a Alberto Santamaría como uno de los grandes ironistas contemporáneos, sino que certifica una de las trayectorias poéticas más coherentes en un panorama que ya no merece el condescendiente adjetivo de joven. Su nuevo libro supone una gozosa oportunidad de sumergirnos en un universo deslumbrante. No me cabe duda de que Giorgio de Chirico lo habría propuesto como lectura obligatoria.

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de abril de 2012)

martes, 17 de abril de 2012

Eufemismos

Lo malo de las expresiones vacías es que a veces se llenan de significado. Y, cuando lo hacen, no suelen andarse por las ramas ni con diminutivos. Entonces, el término que detestábamos, porque remitía a una realidad tan hueca como un supermercado a medianoche, recupera su desafiante y aterradora literalidad. Cuando oíamos estado de bienestar pensábamos en una reparadora siesta a la que solo se sustraían los moradores de esas latitudes en las que los monarcas occidentales van de safari como si todo el monte fuera Mogambo. Leíamos prima de riesgo y nuestra mente dibujaba la estampa de una pariente lejana del capital, algo así como la versión hi tech de la galdosiana Pipaón de la Barca. Incluso la poco eufemística expropiación convocaba imágenes de poblados chabolistas con mucho barro y escasa prospección petrolífera. Ahora sabemos que estado de bienestar eran más camas de hospital, que prima de riesgo equivale a miles de parados por hora y que expropiación es lo que hacen las potencias emergentes con sus socios cuando no les da por barrenar su propia libertad de prensa. A partir de ahora prometo manejar con mucha prudencia y menos desprecio las expresiones vacías. Ya he empezado a repetir como un mantra la oración que el siglo me enseñó: “danos a día de hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestros eufemismos como nosotros no perdonamos a los que nos difaman y líbranos de la crisis global”. Supongo que luego viene amén.

lunes, 9 de abril de 2012

Penitentes

Los cuatro jinetes del Banco Central Europeo y los pisoteados helenos de a pie lo saben: la penitencia cabalga a lomos del pecado. Reconozco que la Semana pasada nunca ha sido santa de mi devoción. Si acaso, de niño, la expectativa de los caramelos que por estas tierras reparten los penitentes me pellizcaba de misticismo las falanges de los dedos. Pero luego, nada. Qué le vamos a hacer: uno siempre ha tenido preferencia por lo salado y por el machadiano Cristo que anduvo en la mar. El jueves pasado, sin embargo, cambié de opinión durante unos minutos. Subiendo hacia la Seu de Palma de Mallorca, asistí a un escueto ensayo de la Pasión. Quizá fuera culpa del Cristo imberbe que daba tumbos con una camiseta de Metallica bailándole en la cintura, delante de un circuito cerrado de turistas. O tal vez de los centuriones de paisano que escoltaban la escalera con un escudo historiado que parecía el de Aquiles. Puede que fuera la corona de espinas o el sonido de un golpe seco en las cruces que llevaban a hombros los dos ladrones (el bueno y el malo). O los rostros desencajados de dos chicas jóvenes (María y Magdalena) que calcaban fielmente el discurso del método de Paula Strasberg. Y no descarto la voz en off en una lengua que a menudo se me olvida. El caso es que en esos minutos de arte y ensayo descubrí que los gestos improvisados y las ropas comunes contenían una dignidad que no exigía mangas ni capirotes. Casi me convierto al quietismo, como Miguel de Molinos. Me rescataron del ensimismamiento Pep y Maria, que me recordaron que lucía un sol brillante y que yo también era un turista accidental.