martes, 12 de abril de 2011

Dos hombres sin piedad (Baltasar Garzón vs. Sidney Lumet)

Es casi una exigencia del guion. Cuando a un periodista, columnista, dentista o radioaficionado se le ocurre defender al juez Garzón, comienza indefectiblemente su excurso alegando que nada más lejos de su intención que cuestionar a los jueces y a la judicatura. Y, si a algún imprudente se le escapa una (velada) osadía suprema, se le tilda de quintacolumnista, anticonstitucional y potencialmente jacobino antes de despacharlo con cajas destempladas. No deja de sorprenderme la timorata unanimidad hasta en los tertulianos más curtidos. Imagino que no se podrá considerar una obligación, pero supongo que debería constituir un derecho hablar de los jueces, e incluso cuestionar a veces sus decisiones, Y precisamente en esas estaba cuando leí un panegírico del recientemente desaparecido Sidney Lumet y recordé Doce hombres sin piedad, o cómo se pueden desmontar los prejuicios a los que se enfrentan los miembros de un jurado popular a base de darle vueltas de tuerca a lo que aparentemente no tiene vuelta de hoja. Ya no se hacen películas conversadas como la de Lumet, quizá porque la palabra ha perdido la ídem. Tampoco quedan apenas testimonios de su generación, aquellos hijos de la televisión que no revolucionaron el lenguaje audiovisual, pero que supieron mostrar los dobleces y las costuras de la realidad. En la época de los hijos de Internet, en la que proliferan los polemistas, no estaría mal que empezáramos por probarnos el disfraz de ciudadano. Aunque nos toque pagar el pato y hasta el traje.


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