viernes, 30 de septiembre de 2011

Rock and Roll

Lo dice José Coronado en No habrá paz para los malvados, cuando Santos Trinidad descubre que todo lo que va mal puede ir peor. Enrique Urbizu lleva tiempo empeñado en que un autóctono con un arma no parezca un esforzado préstamo ni un calco idiomático del cine americano. Y en No habrá paz… lo consigue, como antes logró convencernos de que la vida acaba por mancharnos a todos. Pero ese no es el único mérito de una de las pocas películas españolas a las que se le pueden poner sin sonrojo el adjetivo de vibrante, enérgica, electrizante y otros vocablos similares con los que los periodistas suelen motejar a los thrillers foráneos. Eso sí, es mucho más pesimista y bastante más negra que la mayoría de esos thrillers. No conviene hablar demasiado de una película que hace del laconismo una de sus mejores virtudes, así que no cometeré la torpeza de hacerlo. Me limitaré a constatar que, junto con el extraordinario trabajo de Urbizu, la música de No habrá paz… no sería lo mismo sin la letra de Michel Gaztambide. Espero no estar desvelando un secreto bien guardado, pero Gaztambide, además de un guionista de primera, es un poeta más que solvente. Ya en La vida mancha no aparecía por casualidad una calle Iribarren (por cierto, a ver cuando se dan por aludidos los entes municipales). En cualquier caso, como el movimiento se demuestra con rock and roll, les dejo con un poema que Gaztambide publicó en el número 6 de Ex Libris, allá por el año de gracia de 2005:


FEDERICO Y GIULETTA
Cuando Federico vio a Giuletta
pensó que no era guapa
pero que nunca había visto nada
tan hermoso.
Con palabras
y traspiés la hizo suya
y la llevó a su casa
donde le dio historias fabulosas
y disgustos.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Zombieland (Jorge Fernández Gonzalo)

Borges lo sabía: todo misterio es siempre superior a su resolución. Tal vez por eso soy adepto de las películas de zombis, fan de George A. Romero, y ahora entregado lector de Filosofía zombi. La herencia del positivismo hizo que la ciencia ficción al celuloide racionalizara sus engendros monstruosos, y esa manía explicativa dio al traste con una de las potencias intelectuales más activas del espectador: la imaginación. Solo unos pocos elegidos, como John Carpenter o George A. Romero, saben que sus imágenes no precisan mayor ilustración que el asombro. Por eso, el cine de zombis es un género puramente abstracto y un punto surrealista.
            En Filosofía zombi, Jorge Fernández Gonzalo no incurre en el pecado de la explicación ni en la grosería de la glosa. Al contrario, sus elocuentes notas al margen funcionan como los títulos en los cuadros de Magritte: no nos informan de nada, pero nos sorprenden en cada giro reflexivo. Para muestra basta el siguiente botón: “El zombi es un problema de escritura […] con el que infectar cualquiera de los signos que componen nuestros códigos culturales y, dese ahí, volver a pensarlos nuevamente”. Sí, pocas veces el no-muerto había estado tan vivo como en las páginas de Filosofía zombi.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Recetas de poesía (sobre El árbol de la vida)

Fuera del gremio, donde el adjetivo es venerado y temido a un tiempo, la palabra “poético” me provoca una suerte de repelús estético. Sin embargo, siempre habrá quien considere que el mundo es un invento irremediablemente poético: una foto del atardecer, la Torre Eiffel, un modelo de Victorio y Lucchino o una tortilla deconstruida. Con esos recelos iba al cine a ver el último “poema visual” de Terrence Malick, ese hombre de barba profética que no concede entrevistas ni dirige más de una película por década. No me andaré por las ramas del árbol vitalicio. No me gustó nada el asunto, pero tuve una revelación. Descubrí a qué nos referimos cuando nos ponemos poéticos. Y, en un ejercicio de sincretismo culinario, se puede resumir en la siguiente receta:
1) Adormezca al espectador con grandes angulares tomados del National Geographic. Déjelo cocer a fuego lento.
2) Mientras llega al punto de cocción, sofría una música enfática (Brahms, más Brahms) que exprese sutilmente los atormentados mundos interiores de criaturas planas.
3) Espolvoree, sin que vengan a cuento, insertos fragmentarios de manos, pies, tules, cielos, cortinas, jardines, mares, desiertos, junglas, niños, perros, ríos, piscinas, peces, aves de corral, aves de rapiña, aves que vuelan y cazuelan…
4) Atrévase a darle un toque de distinción a su receta. Póngase estupendo. Saque a un calamar abstracto que nos explique la Creación. A un dinosaurio grande y a un dinosaurio chico. Cuente el big bang en unos minutillos. Siéntase Pollock. Llene la pantalla con amebas y magma, fuego y tierra, y los demás elementales elementos.  
5) Sazone el celuloide con una impertinente voz en off que diga en tono engolado frases del siguiente jaez: “Los pájaros cantan. Las nubes… Oh, las nubes… Ellas se levantan. Y el árbol crecía. Era verde. Como la esperanza. El árbol es lo último que se pierde. Últimamente pienso en ti, hijo. Dónde estás, hijo de Utah, te vas a poner perdido de verdín”.
6) Ya que ha empezado por el principio, acabe por el final. Hornee un limbo new age, una moraleja tea party y una retórica encíclica. Gratine un discurso pastoral-evangelista. Añada dos tazas de caldo por si alguien no lo pilla.  
7) Sírvase frío.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Mapa de la Atlántida

Lo descubrí hace poco. No vivo en la pequeña localidad levantina que aparece en mi DNI, sino que me he mudado a una cartografía hipotética, como Matrix, Gotham City o Marienbad. He descubierto que hay otro pueblo en mi pueblo: un territorio vallado y fantasmal, perfectamente trazado a escuadra y cartabón, y con una amplia variedad de mobiliario urbano en pleno proceso de descomposición orgánica. Si el peatón vadea ligeramente un poste magullado o si el automovilista se limita a equivocarse de dirección, es muy probable que entre en esa dimensión desconocida. Allí hallará columpios tapados por espectaculares capas de plástico, hileras de bancos cubiertas por una fina pátina de polvo finisecular y varios terrenos jalonados de alborozada broza. Una poética imago de las naturalezas muertas del Barroco, que al anochecer se convierte en un sombrío parque de atracciones al que solo acudiría la familia de David Lynch. Al principio, los lugareños, de natural receloso, desconfiaban de tal aparición espectral, de manera que solo el contenido de las flamantes papeleras atestiguaba la presencia humana (juvenil) y las preferencias etílicas (Cacique con Cola) de la comunidad. Sin embargo, con el tiempo, la gente ha acabado perdiéndole el miedo a pasear por su particular Atlántida, por lo que ahora es frecuente encontrarse con ciclistas, perros, madres con niños, ciclistas maternales, niños emperrados y otros bien estudiados ejemplares de la fauna autóctona. La duda que me asalta es la siguiente: ¿qué ocurriría si los habitantes prefirieran este otro pueblo a su residencia habitual? En efecto, bien podría acabar vaciándose el receptáculo real y superpoblándose el espacio virtual, según la conocida ley de los movimientos migratorios. En cualquier caso, no cabe duda de que la especulación urbanística nos ha hecho grandes. No solo disponemos de un búnker (eso sí, al aire libre) que podría habilitarse en caso de emergencia nuclear. Además, tenemos la oportunidad de disfrutar de un paisaje estético en busca de contemplador. Una única carencia me impide disfrutar de la Atlántida en todo su fantasmagórico esplendor: nunca aprendí a montar en bicicleta.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Almodóvar vs. Louise Bourgeois

A estas alturas, parece evidente que Pedro Almodóvar no es un director de cine, sino un género cinematográfico. Este planteamiento tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La principal ventaja es que cualquier cosa, en manos de Almodóvar, resulta netamente almodovariana. El principal inconveniente es que los géneros cinematográficos son más normativos de lo que parecen, y bastante menos flexibles de lo que a Almodóvar le gustaría que fueran. Por eso, cuando el director se saca de la chistera esa suerte de melodrama esdrújulo (histérico, hiperestésico y un punto esperpéntico) que parece definir su estilo, consigue maravillas como Todo sobre mi madre, Hable con ella o Volver. En cambio, cuando ha de vérselas con los modelos policiacos que tanto admira, a menudo le traiciona su facilidad para transgredir la atmósfera que él mismo ha creado durante buena parte del metraje. Esa sensación me asalta durante la proyección de La piel que habito. Un mad doctor hierático, un psicópata disfrazado, un ama de llaves con síndrome de Rebeca, una hija desquiciada y un cuerpo transgénico o transgenérico son demasiados ingredientes para que la receta admita, además, las peculiares salidas por la tangente del director manchego.
            Con todo, hay en La piel que habito una excelente idea conceptual, que ignoro si estará en la novela de Jonquet en la que se inspira (aunque su título, Tarántula, parezca sugerirlo): el paralelismo entre el doble cuerpo de la protagonista y las esculturas de Louise Bourgeois. Es sabido que Almodóvar suele dar pistas sobre los referentes culturales que toma prestados. Y en La piel que habito no falta un libro con ilustraciones de la obra de Bourgeois. Lo llamativo es el modo en el que el cuerpo de Elena Anaya imita las figuras de la artista franco-americana. Comparen, si no, el siguiente fotograma de La piel que habito con la escultura Arch of hysteria (1993), de Louise Bourgeois. Supongo que lo anterior demuestra que una película fallida de Almodóvar no deja de ser una buena película mal resuelta.


sábado, 27 de agosto de 2011

Los encuentros (Marta Azparren y José Luis Gómez Toré)

No es frecuente hallar, en la mesa revuelta de las novedades editoriales, libros capaces de convocar la sutileza verbal y la esmerada caligrafía plástica. Por eso, cuando así sucede, el encuentro se convierte en descubrimiento. Me pasó, no hace mucho, con Ashes to ashes, donde Ada Salas y Jesús Placencia se citaban a propósito de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. Y me ha vuelto a suceder con este Claroscuro del bosque (Madrid, Amargord, 2011). Hay que advertir que el lector está ante un texto con paratexto. En la pequeña localidad alemana de Todtnauberg, Paul Celan y Martin Heidegger se encontraron en 1967. De aquel encuentro del que tan poco sabemos —pero del que tanto podemos suponer— nace este otro diálogo entre las ilustraciones de Marta Azparren y los poemas de José Luis Gómez Toré. Entre la tensón y la tensión, los autores intuyen que lo más importante de aquella conversación tuvieron que ser los silencios: el silencio estepario de Heidegger y el silencio enjuto de Celan. El metafórico “Mapa del desencuentro” que acompaña al libro incluye la cartografía hipotética de un acontecimiento del que ni siquiera nos queda el testimonio gráfico de una fotografía. Pero quizá mejor así. Porque Claroscuro del bosque no habría podido surgir de la imposición de la presencia, sino que exige esos abismos de sentido que alumbran la memoria del Holocausto mejor que cualquier palabrería. Así que no conviene hablar demasiado sobre Claroscuro del bosque. Es preferible perderse en sus senderos y andarse (a ratos) por sus ramas. Así lo resume Gómez Toré:

Mi corazón se parece al lenguaje.
Focos sobre la nieve y alambradas.


miércoles, 17 de agosto de 2011

Confesiones editoriales

Veo que en el retiro (anímico) y en el Retiro (madrileño) han instalado confesionarios portátiles para aliviar las urgencias espirituales de los peregrinos que han acudido en tropel llamados por la visita papal. No tengo ninguna objeción, ni de conciencia ni de ninguna otra índole. De hecho, solicitaría a las autoridades, eclesiásticas o terrenales, que estos confes posmodernos y molones se mantuviesen en sus cabales sitios hasta la próxima Feria del Libro. De este modo, además de cumplir su función mediadora entre cielo y tierra, podrían poner en contacto a los autores noveles con sus futuros editores, sin el nerviosismo del cara a cara y bajo la seguridad que otorga el secreto de confesión. Por si doy alguna idea, propongo un ejemplo dialógico meramente profano:
-Ave, Editor.
-Sin mácula publicando. Dime, hijo, ¿cuándo fue la última vez que diste tu obra a las prensas?
-Uf. A ver. Si no me falla la memoria, soy inédito.
-Bien, bien. ¿Y de qué proyectos te acusas?
-Pensaba escribir un poemario…
-Peccata minuta est.
-Con imágenes, en verso y todo eso. He leído a los poetas finiseculares (del diecinueve), a Quevedo y a Neruda.
-Veo que en el pecado llevas la penitencia. Ego te mando al Retiro. Ad paseare o ad reflexionare.
-Editor, Editor, ¿por qué me has abandonado?


sábado, 13 de agosto de 2011

Hombre y gato 2 (un epílogo pacato)

Era cuestión de tiempo, supongo. Esta mañana, mientras caminaba semioculto tras la hojarasca del periódico, he escuchado una voz que clamaba: “¡Señor, señor!”. Una vez descartada una plegaria a voz en cuello (para eso está Madrid), y después de haber comprobado que en unos metros a la redonda no había nadie que se pudiese atribuir mejor tal vocativo, he inferido que alguien me llamaba al anónimo modo. Y sí, mis 26 seguidores y algún curioso ocasional lo intuyen: se trataba del hombre que alimenta a los gatos. Después de meses fingiendo no verlo, pese a los boles repletos de catchow y a la proliferación incontrolada de la fauna gatuna, he sucumbido a su súplica. En un español macarrónico (él), en un inglés maltratado (yo) y en un maullido sostenido (ellos), hemos acordado de consuno abrir un hueco en la verja que circunda el solar donde aquellos seres pacen, o la acción que les corresponda. Allí, con la experiencia que da el conocimiento (o a la inversa), el hombre ha rescatado a un minino negro de unas dos pulgadas de diámetro, lo ha introducido metódicamente en una bolsa de Mercadona y lo ha depositado con sumo cuidado en la acera, junto a sus congéneres y un recipiente con leche. En una koiné improvisada, nos hemos agradecido recíprocamente tan gratificante tarea, y cada uno a lo suyo. Dos cosas me inquietan: la sospecha de haber vulnerado las ordenanzas relativas al vallado municipal y la certeza de que ya nada volverá a ser lo mismo entre el jubilado inglés, esos sucios felinos y yo.   

sábado, 6 de agosto de 2011

Pasar por el aro (hermano lobo, hermano león)

Los vimos por primera vez el verano pasado en Mar del Plata. Allí se conocían con el nostálgico y evocador nombre de “lobos de mar”. Hacinados en la dársena del puerto, como señores bigotudos y prejubilados, aquellos lobos marinos se alimentaban de los quiméricos despojos de barcos hundidos, vivían en régimen de media pensión en una roca convertida en piso-patera y despedían un hedor insalubre similar al de la quisquilla en descomposición. Y, sin embargo, con la seguridad que da compartir el mismo horizonte de expectativas con el resto de sus congéneres, aquellos lobos de mar parecían disfrutar de su retiro con una suerte de senequismo optimista. Hace días los vi de nuevo, ahora reciclados en reclamo turístico, y rebautizados con el infausto nombre de “leones marinos”. Su misión consistía en ofrecer cabriolas y volantines ante la atenta mirada de los prejubilados levantinos y de su prole. Aquellos leones eran, sin duda, lobos hipervitamínicos que obedecían a la voz de su amo y que recibían como preciado botín una sardina cruda y escamada. No despedían precisamente olor a santidad, pero distaban de conocer en toda su magnificencia el hedor corporal de sus homólogos transatlánticos. Incluso, en el colmo de la desnaturalización, existía la posibilidad (previo pago) de que su vástago o sobrino se montara a lomos de aquellos leones adocenados y se paseara cual centauro de agua dulce por los confines de la piscina habilitada al efecto. ¿Sabrán los lobos marinos de Mar del Plata que en Benidorm se come tan bien, a costa de pasar por el aro? ¿Intuirán los leones marinos de Benidorm que en Mar del Plata no serían objeto de atracción turística, sino meros habitantes contemplativos de la disgregación orgánica del mundo? Creo que esta fábula con animales tenía moraleja, pero ahora no caigo. 

viernes, 5 de agosto de 2011

Verano-ficción

Es lo que tienen las vacaciones y, especialmente, las de verano. Fingimos que el tiempo se detiene, pero en realidad sabemos que esa elasticidad cronológica no es más que una ficción o un simulacro. Puro Baudrillard, vamos. Por eso, aunque leamos el periódico en el hall del hotel o atisbemos fragmentos del telediario en la cafetería foránea, la vuelta a la rutina siempre nos sorprende un poco, como en aquella historia en la que un frailecillo se echó una cabezada de un siglo (año arriba, año abajo) a la sombra de un árbol. El verano comprime o expande a su arbitrio el torrente de imágenes que ahora invade nuestras retinas sin previo aviso: las escenas de la masacre de Oslo se mezclan con los asistentes al funeral de Amy Winehouse, y estos con los graznidos milenaristas del Tea Party, y aquellos con la noticia de que la soja no es tan buena como algún asiático falaz nos había hecho creer. Sí, las vacaciones de verano solo son comparables a ese otro espacio de ficción que es el cine. Pero ni siquiera las salas de cine están incontaminadas por el mundo. Yo, que crecí en los extintos Astoria’s, sé lo que es alejarse de la pureza de la pantalla para darse de bruces con los compromisos de la realidad. Creo que de algo similar habla un poema de Rafael Fombellida incluido en Campo de Marte (2011), cuya lectura me ha acompañado estos días en los que he cerrado por vacaciones:

A ti, que todavía te gustará ir al cine,
te contaré una historia que no vas a creer,
de cuando, peregrinos, fuimos al Montecarlo,
primer arte y ensayo de toda la provincia.
Dieciséis, diecisiete. En un tren de gasóleo
desde nuestra ciudad radial y oscura.
Aún tengo, de algún filme, ojos desorbitados,
Querelle, Cuerno de Cabra, Teorema, Salò, et caetera.
Con esas experiencias iba a volver a casa
a vestir la camisa de franela
que sudaba la historia de nuestros padres pobres.
Qué entusiasmo alocado, qué verbo incandescente,
qué lecturas de Nietzsche o de Marcuse
en el barrio de bloques de la fábrica.
El tren serpenteaba entre cercas y granjas
mientras nos destripábamos Alicia en las ciudades.
Aunque no te lo creas, yo estaba allí también.
Pero la Europa aquella corría muy deprisa
y aún me duelen las córneas de su modernidad.
Lo que más me gustó fue ver mear a Jean Birkin
cuando aquel infrahombre que hacían llamar Krassy
se empeñaba en tratarla como a un efebo anémico.
Te quedarás de piedra cuando te cuento esto,
pues ves que soy un bárbaro, y me gusta.
Pero de vez en cuando se me escapa una frase
que pudo pronunciar Michel Poiccard
y quedo en grande con tus amistades.
Aún estoy deslumbrado, un poco, mas lo estoy.
Por eso no te cuento más películas.
Y esta además, lo sabes, no tuvo buen final.

lunes, 1 de agosto de 2011

Covarrubias xp


Desde nuestra página, celebramos el aniversario de la última entrada (o salida) de Covarrubias como solemos: con circunspección y modestia. He aquí un glosario de términos electorales y de fraseologías de nuevo cuño que hubieran podido enriquecer el botín de su tesoro con los matices de la actualidad.

Legislaturas. Todas hieren. La última mata.
Adelanto. “Reloj, no marques las horas”, ordenó el candidato.
Oposición. “Gobernaremos desde el centro, para la periferia”, propuso el otro candidato.
Papeleta. Material altamente inflamable o menuda situación.


lunes, 18 de julio de 2011

Un relámpago llamado Lila Downs…

Atravesó el cielo de San Javier el sábado pasado, en el festival internacional de jazz celebrado en dicha localidad. La última vez que la vieron estaba subida a un escenario, derramando el caudal de su voz igual que un torrente y moviéndose con la sigilosa velocidad de la culebra. Como auténtica cantante de raza, esa rara modalidad que también lo es en el gremio de los escritores, Lila Downs no necesita mitificar el folclore ni decorar las rancheras con el sonoro oropel de lo posmoderno. Le basta y le sobra con una modulación portentosa, que se diría capaz de ensombrecer continentes y de provocar eclipses de luna. Si Chavela Vargas alcanzó a llorar como si riera, Lila Downs ha sabido encontrar su razón metafísica en la magnífica barahúnda instrumental que la acompaña y en un bestiario donde conviven cucarachas, perros negros y pollitos en arroz. Cuando escuchen en el cielo la vibración vocal de un relámpago, no lo duden: está a punto de llover una canción de Lila Downs.

sábado, 16 de julio de 2011

Pasajero clandestino (Antonio Jiménez Millán)


Hay muchas formas de infiltrarse en el mundo. Y casi todas aparecen en Clandestinidad (Madrid, Visor, 2011), el libro con el que Jiménez Millán comparece de incógnito ante los lectores. La polisemia del concepto que da título a su nueva entrega le permite aproximarse a la retórica de un tiempo guardado bajo llave, al lenguaje de lo prohibido y a la novela de aprendizaje que escribe irremediablemente quien transita de Herman Hesse a Henry Miller, del París soñado a la Granada vivida, de la seducción del vértigo  a los míticos acordes de Lou Reed. Si el pasajero clandestino es el superviviente de contiendas libradas en el campo de batalla de la memoria, también puede dar testimonio de la historia colectiva y de una sociedad que ha marcado la piel del atlas con las cicatrices del horror. Quizá la auténtica clandestinidad consista en alcanzar el sueño de una costa que se confunde con los perfiles de la isla de Böcklin. O tal vez resida en el último gesto de suicidas ejemplares como Marilyn Monroe, como Pavese, como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas. O tal vez sea la íntima rebeldía del infiltrado en una película de espías cuyo argumento no conviene desvelar. No lo sabremos nunca. Y es que al poeta no le corresponde ejercer de fiscal general ni de juez inapelable, sino de testigo de cargo. La sentencia del tiempo confirma que Jiménez Millán está condenado a escribir versos memorables.  
 
 

martes, 12 de julio de 2011

El doble

En una época en la que el desafiante “yo es otro” de Rimbaud ha pasado a convertirse en una verdad incontrovertible, pocos juegos de identidad tienen la capacidad de sorprendernos. Sin embargo, aún hay una modalidad que consigue asombrarnos: la habilidad camaleónica del artista conceptual para transformarse en un molesto usurpador de vidas ajenas. Las peripecias audiovisuales de Sophie Calle, recreadas en verbo y carne por Paul Auster y Vila Matas, son un esclarecedor ejemplo de lo mentado. Por no hablar de las instalaciones de Marina Abramovic, en la que la transgresión sobre los límites del cuerpo se confunde con el repelús y la carne de gallina. Leo ahora que a un músico canadiense llamado Dan Bejar le ha salido un imitador plástico del mismo nombre (también es casualidad) cuya obra consiste en convertirse en el otro Dan Bejar, de un modo similar al que Pierre Menard aspiraba a ser el otro autor del Quijote. Aunque la noticia no deja de ser una rareza más o menos extravagante —no en vano, figura en la página de “Tendencias”—, me da por pensar que igual hay más de un artista conceptual de incógnito campando por sus anchas mediáticas. Pues, ¿acaso no les suena a performance bizarra robar ese ingobernable mamotreto medieval conocido como códice Calixtino? ¿Y qué me dicen de montar un lamentable show pornófilo a costa del director del FMI? ¿O es menos conceptual aprobar un estatuto donde investigación rima con gestión? Sí, conviene mirar debajo de la cama y detrás del sofá. No vaya a ser que un performer desaprensivo le robe a usted el ADN o le dé las vacaciones.

miércoles, 6 de julio de 2011

¿Mar o montaña?

Los turistas de secano hacen cola para remojarse en la orilla el dedo gordo del pie, ese apéndice bermellón que en verano suele aparecer indefectiblemente envuelto por una tirita andrajosa. Ya lo profetizó Manrique: al final, todo acaba por dar en el mar, que es un bazar o un sinvivir. Entretanto, nosotros (los de regadío), aprovechamos la menor excusa para huir del espumillón verdoso de la costa y refugiarnos en los parajes de montaña. Es necesario aclarar que, a nosotros (los de regadío), cualquier planicie nos parece una elevación y cualquier promontorio un Himalaya. En la película retrospectiva de nuestro viaje se mezclan las iglesias románicas de Aínsa, los desfiladeros románticos de Alquézar (puro Friedrich), la casa natal de los Argensola, la corriente del río Vero y las viñas del ídem. La línea continua de la carretera, los simulacros cotidianos de la vida rural y las aspas de los molinos eólicos nos contagian una sensación similar a la calma, algo que nosotros (los de regadío) confundimos con la amenazante sospecha del vacío. Pero ese vacío no está despoblado, como en los cuadros de Hopper, sino habitado por nombres improbables que invitan a la amnesia. Quizá por esa propensión urbanita al olvido de la toponimia autóctona, acabo de acordarme de “Pueblos”, de Manuel Vilas, merecido homenaje a esas localidades que nunca caben en la escala de los mapas:


[…] Yésero, Torres de Barbués, Olsón, Castelflorite, Pallaruelo de Monegros, vocales y consonantes que pocos pronuncian, raro y hermoso orden de una lengua inhóspita. Pertusa, Cartirana, Antillón, Alfántega de los fantasmas, pueblos bajo un cielo indiferente, ceniza de los veranos. Cigüeñas en el silo de Lanaja. Las eras, las cosechadoras, el auto, las alpargatas, las moscas, las culebras. Tantos campos solos. Alíns del Monte, Lupiñén, Lagunarrota, Esquedas, Gavín, Sopeira, Bentué de Nocito, Azara, Ilche, Robres, nombres hechizados, alquímicos, secretos; nombres que, una vez oídos, olvidamos a la velocidad de la luz.
(Resurrección, 2005)

lunes, 4 de julio de 2011

Muerte de un router

En 2013, rescate en Los Ángeles —qué próximas quedan algunas distopías—, el nunca bien ponderado John Carpenter decidía apagar el mundo y devolver al espectador a una edad de las tinieblas lindante con el Paleolítico. Nunca había entendido mejor a Serpiente Plissken, el protagonista de aquella película, que al regresar a casa después de un microviaje y comprobar el estado comatoso de nuestro router. Después de someter al aparato a variopintas torturas, dictadas con la voz de llamada en espera que suelen poner en estas ocasiones los operarios de Moviestar (a.k.a. Telefónica), no ha quedado más remedio que levantar el acta de defunción del artilugio. Se ha ido con la dignidad de sus mejores momentos: lento, oportuno, sin decir ni bip. De pronto, he notado que la tensión arterial en casa se podía cortar con un marcapáginas: había que responder correos, era perentorio colgar materiales, urgía descargar el adjunto que venía reenviado con… Tras desenvainar lápices electrónicos y esgrimir bolígrafos, súplicas y amenazas, han llamado a la puerta. Ahora tengo un flamante router con antena y siete luces parpadeantes que se encienden por turno en una fastuosa gama de verdes pálidos. Y entonces me ha dado por pensar qué ocurre con los viejos routers, en qué incierto limbo se hacinan esos armatostes que pueden salvarnos la vida, condenarnos al ostracismo o reabrirnos una brecha tecnológica en el costado. También me he preguntado si habría un cementerio de routers o si serían reciclables. Pero me he conectado a Internet y se me ha pasado enseguida.


martes, 28 de junio de 2011

Dos encuentros, dos destinos

El miércoles 29 de junio, a las 19.30, en la Central del Reina Sofía, presento Último naipe, la poesía completa de José Antonio Gabriel y Galán.
El jueves 30 de junio, a las 20.00, en la librería Antígona de Zaragoza, (re)presento Página en construcción.
Nuestros potenciales lectores quedan efectivamente invitados a ambos actos.  

sábado, 25 de junio de 2011

Chinarro for President

Conduzco con el Señor Chinarro llamando a la acción, haciéndole un examen sorpresa al hijo, castigando en el hígado al contrincante, veraneando en San Borondón, navegando en los plásticos del mar, velando las fotos o cabalgando a lomos de Babieca. Reduzco al pasar junto a un radar. Llego a la conclusión de que a este Presidente no le sientan bien los 110 kilómetros por hora. Como al otro. Solo que este tiene guasa y “arte en cantidad”.