martes, 27 de marzo de 2012

Sostiene Tabucchi


Escribir unas líneas apresuradas a propósito de la muerte de Antonio Tabucchi es casi un pleonasmo, porque Antonio Tabucchi fue un espectro de incógnito en el mundo de las letras. Este italiano con saudade creó a personajes inolvidablemente sentimentales y supo no sucumbir a las tentaciones del sentimentalismo, describió los tranvías lisboetas con el pulso de un forense y adivinó que el compromiso ideológico empieza a forjarse en el lenguaje. Sus novelas nos cautivan porque nos hablan de un mundo extinto con la fascinada nostalgia y con el rigor revolucionario del fantasma que recorre Europa. Durante mucho tiempo recordé algunas sentencias pessoanas (o heterónimas) de aquel Pereira que parecía troquelado sobre el molde de Juan de Mairena. Hoy, que ya es ayer, solo consigo acordarme de una secuencia de Réquiem en la que la voz espectral del narrador se pasea por un mercado ambulante plagado de vendedores de camisetas artificiales con cocodrilos de pega. Robé la idea para un poema. Solo por aquel saqueo ya habría contraído una deuda con quien me enseñó una forma superior de melancolía, esa que Leopardi llamaba noia, y que cualquier gallego no dudaría en calificar de morriña.  

sábado, 24 de marzo de 2012

Un poema de Ada Salas

Hunde
la casa.
Trabaja noche y día
en destruirla
pues noche y día habías trabajado
para esconderte en ella.
Destruye hasta que nada
entre el escombro
te sea reconocible.
Comparte la intemperie
con otras alimañas.
Acostúmbrate al frío.
A ese brillo
mortal
de las estrellas
al ojo indescifrable
que habías olvidado.

Porque solo las ruinas
—lo supiste
una vez
por qué en tu descuido
lo habías olvidado—

porque solo las ruinas
pueden

en verdad

habitarse.
(de Esto no es el silencio)

martes, 13 de marzo de 2012

POESÍA PARA SALIR DEL INVIERNO

Mañana, miércoles 14 de marzo, a las 20.30h, en la Sede Universitaria Ciudad de Alicante (c/ Ramón y Cajal, 4), conmemoramos el Día Mundial de la Poesía con el recital-coloquio de Antonio Martínez Sarrión y de Ada Salas. Allí os quiero ver.

viernes, 9 de marzo de 2012

Árboles+Ver+Bosque (Sex-ismos)

Uno no debería hablar de ciertas cosas. Uno no debería hablar de política, de religión ni de fútbol (de los toros se puede perorar desde la barrera). Tampoco conviene abordar cuestiones de género, salvo que sea epiceno, neutral o se limite a “zonas epidérmicas / —sin interés alguno— / en niños, perros y otros animales”, según los conocidos versos de Ángel González. Sin embargo, la arboleda que se ha armado estos días empieza a pasarse de castaño oscuro. Uno se pregunta dónde acaba la visibilidad y comienza la videncia. Porque, no nos engañemos, el lenguaje no es tan sensible como desearían nuestros políticos. Las oraciones principales avasallan con violencia poscolonial a sus subordinadas (propongo que a partir de este momento se llamen oraciones feudales y oraciones de gleba, respectivamente). Los complementos indirectos son postergados en favor de los enchufistas objetos directos. Las consonantes no lloran. Ni las oclusivas, tan guturales, ni las fricativas, tan sibilantes. La hache está cansada de oír que no sirve para nada, y la puntuación ha sufrido bullying por parte de ciertos escritores laureados. Hasta uno de los nuestros se atrevió a atentar contra la ge (sin demasiado éxito, todo sea dicho). Abundan las locuciones discriminadas e irredentas. Y las que sufren destierro, pero permanecen inasequibles al desaliento: “a día de hoy” y “en base a” son incómodas resistentes que deberían merecer nuestros encendidos parabienes. La impersonalidad es groseramente invisible, pese a que algunos ejemplares audaces intenten visibilizar con encono el plural de “habían cuatro gatos”. En fin, desengañémonos: el lenguaje no está a la altura de nuestra sociedad, ni lo estará jamás. Hubo tiempos, o mores, en que las puella puellae conocían el género neutro, pero reconozcamos que en la Roma de Nerón no andaría el género para bollos. Así que lo mejor es dejar la cosa y el coso por imposibles. Propongo, pues, una salida honrosa: que se queden el lenguaje los lingüistas (sí, también ellas). Nosotros, los demás, ya hemos opinado bastante.


sábado, 3 de marzo de 2012

Aquí el enemigo

Si es cierto que el valor de un hombre se mide por el número de sus enemigos, el valor de un enemigo habrá de medirse por el número de hombres dispuestos a declararle enemistad eterna, esa forma latente de guerra sin cuartel que suele camuflarse bajo la densidad significativa del lenguaje. Acostumbrados a que el rostro del enemigo cambie de máscara al vertiginoso ritmo del mercado de valores, como el top five de los cuarenta principales, les propongo un sencillo ejercicio. Elijan al enemigo público de la semana. Ahí van algunas ideas: el cerúleo Urdangarín, el exjuez Garzón, la ley Sinde o la insobornable y adeficitaria Merkel. Los alumnos del instituto Luis Vives, con o sin certificado de penales, van aparte: no se sabe si pertenecen al contingente de los hombres (en potencia) o al de los enemigos (en acto).


lunes, 27 de febrero de 2012

Cosmodicciones

Con Donde nadie me llama, Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) culmina uno de los ciclos creativos más personales y transferibles de la última poesía española. Sin embargo, el volumen no solo cierra una travesía, sino que inaugura un horizonte de expectativas sugerente y dinámico. En sus versos se dan cita las formulaciones que han definido la peripecia existencial de un personaje reconocible y los postulados estéticos de su demiurgo: la apuesta por una poesía entrometida, la presentación del sujeto como un hombre de la calle, la elección de una escritura concebida “desde la experiencia”, o el relato vital de un individuo de edad intermedia, enredado en la malla urbana de nuestros días. No obstante, más allá de las etiquetas que sancionan la singularidad lírica del autor, Donde nadie me llama supone una gozosa invitación para sumergirnos en su universo expresivo.

Fernando Beltrán nunca llama dos veces. Por el contrario, suele infiltrarse en las costuras de una realidad tenaz y esquiva, impermeable a las frases hechas y a los lugares comunes. El primer libro recogido en esta poesía (casi) completa es Aquelarre en Madrid (1983), un viaje iluminativo, alucinante y alucinado, al corazón de una ciudad en vela. Se trata de un aquelarre de intensidad plástica, pero también de un nuevo “nocturno de los avisos” que ha sustituido el fulgor de los astros por el simulacro de las luces de neón. La alquimia verbal, la mirada clandestina y la arboladura imaginística hicieron del libro el involuntario exponente de un neosurrealismo de trayectoria fugaz y desigual fortuna. Las aportaciones visionarias de Aquelarre… se sujetan a una iconografía naíf en Ojos de agua (1985), que disfraza de ingenuo deslumbramiento su indagación en los escenarios de la memoria infantil. En Gran Vía (1990), el itinerario del flâneur se proyecta sobre los perfiles transitorios de un paisaje anímico, peculiar mezcla de locus amoenus y de infierno dantesco. La compasión cívica y la compulsión visual animan la andadura de quien corre como alma que lleva El Bosco, o de quien se adentra en la jungla de asfalto sin más brújula que el instinto de aventura.

Por su parte, El gallo de Bagdad (1991) se acoge a una “gramática de urgencia” y a un discurso escueto y desolado. Bajo la conmoción colectiva de la Guerra del Golfo, Beltrán despliega una galería de secuencias cargadas de munición crítica, engañoso objetivismo y lucidez testimonial: “El enemigo / será borrado en breve / de la paz de la tierra”. Amor ciego (1994), Bar adentro (1997) y Parque de invierno (1996) ofrecen una densa cartografía de encuentros y desencuentros. En los dos primeros, el poeta reescribe los intertextos de la tradición para firmar una declaración de amor, un atlas erótico o una tregua sentimental. A su vez, en Parque de invierno, la emanación afectiva se resuelve en una sobria elegía por la muerte del padre.

En La semana fantástica (1999), los motivos habituales del autor se ensamblan con particular armonía. He aquí un caleidoscopio donde convergen las paradojas de la condición humana, las cicatrices del mundo contemporáneo y los espejismos del lenguaje. La equilibrada respiración de La semana… da paso al metaforismo expansivo de El corazón no muere (2004), una rotunda fe de vida traspasada por la conciencia de la caducidad. La recopilación actual se completa con diversos Poemas rebeldes que se amotinan contra los valores establecidos y contra los automatismos de una sociedad que tiende a transformar sus enfermedades ocasionales en males endémicos.

En definitiva, Donde nadie me llama se erige en la comprobación empírica de una intuición elocuente: la “de que el mundo no solo no está bien hecho, sino que tampoco está bien dicho”, según afirmaba Sánchez Torre en la introducción de una antología previa. Fernando Beltrán está convencido de que es necesario rebautizar la realidad, buscar el verdadero nombre de las cosas o recuperar el vínculo que nos une con “las palabras más oscuras, // lluvia, armario, buzón, / grifo, bufanda // más amadas también, // más necesarias”. Atrévanse a entrometerse y comprometerse donde nadie los llama.

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 23 de febrero de 2012)

lunes, 20 de febrero de 2012

La vida de los Goya

El Goya pesa. Debe de pesar lo suyo. Por eso los ganadores depositan la estatua (aquí “estatuilla” sería un eufemismo) en el atril, despliegan un papel doblado meticulosamente en cuatro partes y profieren una monótona enumeración de nombres, apellidos, familiares cercanos, parientes lejanos, amores furtivos, afinidades electivas y misterios gozosos. Los agradecimientos tienen algo de religioso: son un rosario para los ganadores y un martirio para los espectadores. Quienes pierden, amén de lidiar la faena con impasible cara de póquer, tienen que aguantar chanzas y rechiflas, reprimendas ligeras y bromas pesadas, como si fueran los pipiolos del instituto a manos de los listillos de la clase. Por supuesto, no pueden ni deben rebelarse. Hay quien hace pasar lágrimas de pesar por cómicas efusiones, quien se atrinchera en un mutismo impenetrable y quien se dedica a charlar hasta por los codos con el vecino de butaca. Hay muertes y resurrecciones: réquiems por una industria española y catarsis frente a un futuro agónico. La gala de los Goya es como la vida misma: una auténtica pesadez. Pero todos esperamos al final, a ver a quién le dan el premio.

martes, 14 de febrero de 2012

No tener que decir nunca lo siento

Si eso era amor para los protagonistas de Love Story, no cabe duda de que nuestros políticos nos aman con delirio. Es cierto que a menudo se contradicen, se desdicen, se desautomatizan y autodestruyen, pero en el fondo nos quieren. Por eso nunca, jamás de los jamases, nos pedirán perdón. Merkel adora a Grecia: ni se le ocurriría pedirles disculpas a sus peripatéticos moradores por poner el Partenón en llamas. El lampedusiano Monti quiere a los italianos, y por eso les susurra gatopardamente fragmentos del príncipe de Salina sin que se enteren: “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Incluso nuestros políticos nos tienen franco aprecio, aunque seamos de naturaleza arisca y nos cueste dejarnos querer. ¿Qué mejor declaración que una amenaza de ERE colectivo sin sombra de arrepentimiento? En cuanto a Garzón, le tienen locura, frisando en la parafilia. Al final va a ser verdad que hay amores que matan.

viernes, 3 de febrero de 2012

Transparente Szymborska

Ahora que Wisława Szymborska estará escuchando a Ella Fitzgerald en el fondo del cielo, me da por pensar en el misterio de algunas escrituras cuya clave parece residir en la transparencia: no en la denotativa figuración de las palabras, sino en cierta intimidad cargada de sentidos que atraviesa la página. Ayer  leí un obituario donde comparaban el genio creativo de la autora con la inspiración germinativa de Mozart. Es cierto que la capacidad para convertir lo difícil en facilísimo está reservada para algunos taumaturgos con un oído singular. Pero me interesa más esa otra cualidad  plástica que nos muestra el interior del ser humano a una pudorosa distancia, como ocurre en los cuadros de Hopper o de Vermeer. Y ahora que Wisława Szymborska andará escondiéndole las llaves a San Pedro o jugando al escondite con Catalina la Grande, reproduzco un poema donde veía en la lechera de Vermeer el signo de una eternidad salvada de la indiscreción:


Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

PD: La fatalidad del azar o los hilos del destino han hecho que la muerte de Szymborska suceda pocas semanas después de la de Carlos Pujol, otro escritor en voz baja que dedicó a Vermeer un estupendo libro de poemas titulado La pared amarilla.

domingo, 29 de enero de 2012

Seres humanos

Con El común de los mortales (Barcelona, Tusquets, 2011), Jorge Riechmann vuelve a entablar un diálogo fragmentario e intertextual con todos los seres vivos que habitan un maltrecho planeta llamado Tierra. Dividido externamente en cuatro secciones, pero recorrido por un único impulso de escritura, el libro muestra los compromisos de un poeta que no se complace en el dogmatismo de las respuestas, sino que aspira a la concienzuda indagación en dudas metódicas y retóricas. Cuando pocas cosas nos parecen imprescindibles, cabe celebrar la publicación de una obra a la que se le puede aplicar sin rubor ni ditirambo el adjetivo de necesaria: necesaria para pensar sobre lo que se nos da por hecho y necesaria para determinar el espacio singular que ocupa Riechmann en un panorama en el que abundan los lugares comunes.

El primer apartado de libro («Cuaderno de campo») resalta desde el mismo título su condición de obra en marcha. El horizonte de expectativas contemporáneo se concibe como una autoexpulsión del paraíso; una caída en la que no intervienen agentes externos a la propia voluntad humana. Con la precaria ayuda de la linterna de Diógenes, Riechmann ilumina las huellas de una civilización que avanza desde la indiferencia hacia el vacío. Frente a la tentación del abismo, el autor contempla su ser ahí como una cuestión de vínculos: los que unen el oficio de vivir y la vocación de escribir, el lenguaje y el mundo. La reflexión sobre la falsa ingenuidad de las palabras cristaliza en breves poéticas que se preguntan por la función de designar lo real, a medio camino entre el testimonio y la utopía: «Escribir lo que somos / lo que no somos / lo que hubiéramos sido / lo que ya nunca seremos // lo que podríamos ser». También los trabajos de amor reclaman su territorio en las páginas de este work in progress, entre el enigma de la contigüidad y el milagro de la contingencia .

La segunda sección, «Recostados contra la cal blanca», se presenta como un ars moriendi: un aprendizaje de la muerte traspasado por la conciencia de la caducidad. Riechmann propone la compañía —la auténtica compasión hacia el otro— como la única escapatoria ante una sociedad empeñada en cancelar artificialmente el tópico que equipara las generaciones humanas con las hojas del árbol. El sueño de la inmortalidad se alía con los trampantojos de la economía en «Mil cosas que hay que comprender antes de morir», una sátira financiera no exenta de desolada amargura.

La tercera sección, «Las sienes mojadas», ofrece el diagnóstico de la «cultura de la satisfacción»: una insaciable fiebre por encadenar la libertad del individuo a los mitos y ritos del consumo. La desnaturalización del hombre tiene su contrapartida en la humanización de una naturaleza amenazada por el ecocidio. La búsqueda de un equilibrio que evite la rendición incondicional al catastrofismo se ejemplifica en «Primero de mayo de 2010», homenaje actualizado a Miguel Hernández, o en la serie dedicada a «La lógica cultural del capitalismo tardío», que glosa el rótulo de un ensayo de Fredric Jameson para denunciar el cinismo de quienes celebran un apocalipsis anunciado.

El último apartado, «El que pierde su nombre», se adentra en el recinto de la identidad y en las tecnologías de un yo que expande su dominio pronominal hacia los demás sujetos. La fuga de la cárcel del egotismo puede desembocar en la figura de la alteridad («una maleta llena de libros / de un tipo llamado Jorge Riechmann») o en una subjetividad escindida. Sin embargo, solo la asunción de ese carácter transitorio permite insubordinarse ante las desigualdades, construir un sentido transitivo o abrir la puerta que conduce al deslumbramiento. El volumen se cierra con un «Final» que es también el inventario de un patrimonio colectivo.

En definitiva, El común de los mortales proporciona el placer del reencuentro con una de las miradas más abarcadoras y una de las voces mejor moduladas de la poesía actual. Habrá quien le achaque a este libro espléndido cierta propensión a un didactismo ingenuo. No obstante, la aparente ingenuidad de Riechmann es la máscara irónica que adopta una sabiduría que no se cansa de repetir las verdades más obvias para los oídos más tercos.

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de enero de 2012)

domingo, 22 de enero de 2012

Contraluces de la ciudad (crónica hiperrealista)

Sí, yo también estuve en Frisco y fui moderadamente dichoso. Fotografié a unos leones marinos inodoros e insípidos. Me perdí entre la marabunta de Chinatown en la hora punta del Año Nuevo, aunque no vi al dragón, posiblemente almacenado en la alacena de un supermercado o servido con salsa barbacoa junto a abundantes raciones de chop suey. Entendí la soledad de los corredores de fondo, la enajenada razón de los sintecho y la falsificación del melting pot, ese tarro de golosinas global que se basa en espacios compartimentados a la medida de una perspectiva euclidiana. Descubrí el hiperrealismo de Robert Bechtler en el SFMoMa. Atravesé los escaparates humanos de Broadway y posé en la puerta de la librería Citylights, donde compré un libro de Kenneth Rethrox y otro de Lawrence Ferlinghetti. En el de Ferlinghetti, el fundador de Citylights lamentaba la paulatina transformación de la ciudad en un parque temático. Enfrente de la librería hay un Museo Beat donde cuelga, a modo de banderola, la archiconocida foto de Kerouac y Cassidy. Y en la propia Citylights se pueden comprar postales, carteles y baberos con un “Howl” impreso en letras temblorosas. Para rematar esta apresurada crónica, ahí va la traducción de los diecisiete mejores consejos (a mi entender) que Ferlinghetti incluye en “Desafíos a los jóvenes poetas”:


 
Inventa un nuevo lenguaje que cualquiera pueda entender.
Sube a la Estatua de la Libertad.
Aspira a lo inalcanzable.
Baila con lobos y cuenta las estrellas, sobre todo las que no puedas ver.
Sé ingenuo e inocente, como si acabaras de aterrizar sobre la tierra (sin duda lo has hecho, sin duda todos lo hemos hecho) asombrado por lo que has visto en tu caída.
Lee entre las líneas del discurso humano.
Piensa subjetivamente, escribe objetivamente.
No asistas a talleres de poesía, pero, si lo haces, no aprendas el cómo, sino el qué (aquello de lo que vale la pena escribir).
Resiste mucho, obedece poco.
Libera secretamente a todos los seres que veas en una jaula.
Escribe poemas cortos con la voz de los pájaros. Haz de tu música verdadera poesía. El canto de los pájaros no suena como el ruido de las máquinas. Dale alas a tu poema para que ascienda a la copa de de los árboles.
Recuérdalo todo, no lo olvides.
Trabaja en una frontera, si puedes encontrar alguna libre.
Asóciate con poetas pensantes. No son tan fáciles de encontrar.
Comprométete con algo que no sea contigo. Puedes ser militante o estático.
Ser poeta a los dieciséis años significa tener dieciséis años. Ser poeta a los 40 significa ser poeta. Intenta ser ambos.
Que tengas un buen día.

martes, 10 de enero de 2012

Casi una experiencia religiosa

Un templo del saber. Con eso debió de soñar el patricio que promovió la ascética arquitectura de la Universidad de Stanford. Pero como el hombre solo dispone, y el tiempo es un pésimo gestor de las disposiciones ajenas, hoy el campus se diría más bien el delirio Foster Kane de un político valenciano: un Xanadú de puro cartón piedra y románico de pacotilla escoltado por algunas esculturas de Rodin (estas, sí, del mismísimo y reflexivo Auguste). Los cantos rodados de gomaespuma (o neopreno o poliuretano), las estatuas rodinescas y las zonas ajardinadas por las que retozan ardillas y estudiantes generan un panorama harto heterogéneo, polícromo y giratorio. Pero hoy quería centrarme en la Memorial Church, de un estilo Taüll vintage, para que me entiendan los políticos valencianos y los diseñadores de interiores. La Memorial es el epicentro, el ojo omnímodo, la aguja catedralicia que señala el norte en la brújula del campus. Así que allí fuimos, con el ánimo contrito y proclives al recogimiento espiritual. En la puerta, un individuo avisaba de algo a los transeúntes, así que nos avisó de algo. Por las gafas de montura de carey y la prolija gesticulación, extraña en estos lares, descarté que se tratara de un pastor luterano. Dijo, con acento cantarín, que en el interior de la iglesia se estaban celebrando pruebas de sonido. Como mi oído aún no se ha aclimatado a ciertas expresiones, pensé que tal vez se trataría un ensayo del coro universitario o de una misa de difuntos, con su lúgubre gorigori. Pero no. Eran, exactamente, pruebas de sonido. El párroco-profesor miraba al monaguillo-doctorando, el monaguillo-doctorando presionaba una tecla de su portátil, y una burbujeante catarata de sonido achampañado se expandía por las alturas celestes. Al poco, se repetía la operación con el mismo sonido vibrátil y sibilante. Los visitantes del templo no nos atrevíamos a respirar. Cuando la performance se repitió por tercera, cuarta, quinta vez, los ánimos se fueron relajando. Y allí los dejamos, ensayando sus pruebas de sonido. Es lo más parecido a una experiencia mística que he tenido jamás.

viernes, 6 de enero de 2012

A vista de squirrel

Cuando viajo, suelo sentir una afinidad inmediata con algún bicho que parece ver la realidad con el mismo asombro extrañado con el que la percibo yo. Ignoro qué diría Freud al respecto, aunque prefiero no imaginarlo. Sí sé, en cambio, que Raffaella Carrà lo habría resumido, con escepticismo comparatista, en la hipótesis si fuera un roedor... En estas vastedades cartesianas, salpicadas de verdes eucaliptos, no me cabe duda de que mi álter ego animal se denomina squirrel: reducirlo a 'ardilla' me parece una truculencia innecesaria. En la palabra squirrel está condensada la sinuosidad escurridiza de esas criaturas que trepan a las ramas de los árboles con inusitada premura, se emboscan en los matorrales para asustar a quienes hacen footing y exhiben su variedad saltarina ante el flash de los turistas. A diferencia de lo que tantas veces se ha dicho, sus pasos no están guiados por la usura ni por la prisa: en lo alto de las copas más altas, sueñan con ser águilas. Y, a ras de tierra, demuestran un interés francamente humanista por su entorno. Cerca del campus, sus movimientos se vuelven algo arrítmicos, casi atonales, como si reprodujeran la métrica de un poema de William Carlos Williams. No es para menos. Pero ya les contaré otro día. Ahora acabo de experimentar unas ganas irreprimibles de saltar a la pata coja.

lunes, 2 de enero de 2012

El beneficio del inventario

Las listas son una tontería. Y, sin embargo, es casi imposible resistirse a su encanto. Hay quienes redactan listas de la compra con espacios de indeterminación, quienes anotan escrupulosamente los propósitos que incumplirán este año y quienes transcriben, en estricto orden jerárquico, el catálogo de El Corte Inglés para los ojos inquisitivos del cartero real. Los críticos en particular, y los lectores en general, confeccionan listas de libros. Habitualmente se resisten un poco, remolonean, temen herir egos quebradizos y alimentar vanidades infundadas, pero al final acaban cediendo. Las listas resultan tan inevitables como las antologías poéticas o como el criterio generacional, y comparten las mismas trampas: solo un archilector impenitente podría conocer la centésima parte de lo que se publica, por lo que las listas están hechas a partir de jirones y retazos. Como soy renuente a las listas pero sufro las mismas tentaciones que todo hijo de vecino, me limitaré a mencionar, sin orden ni concierto, algunos libros de poemas que me han gustado este año. Me ha gustado La tierra nos agobia, porque Jorge Gimeno parece mirar lo que nadie ve y auscultar lo que nadie oye. Me ha gustado El común de los mortales, de Jorge Riechmann, porque nos muerde la conciencia hasta la médula. Me ha gustado Clandestinidad, de Antonio Jiménez Millán, porque tiene versos memorables camuflados de paisano. Me ha gustado Lenguaraz, de Erika Martínez, porque demuestra que el aforismo no siempre es más de lo mismo. Me ha gustado que Luis García Montero nos recuerde, en Un invierno propio, que el invierno es el tiempo de la meditación. Me ha gustado que Fernando Beltrán se entrometa Donde nadie me llama. Me ha gustado que Álvaro Tato le dé la vuelta al mundo en Gira. Me ha gustado que Rafael Fombellida batalle en Campo de Marte. Me ha gustado que Joaquín Pérez Azaústre se mude al barrio de la memoria en Las Ollerías. Me ha gustado que Verónica Aranda se vista de corto en Senda de sauces; que José Luis Gómez Toré y Marta Azparren se encuentren en Claroscuro del bosque; que José Gutiérrez Román pise Los pies del horizonte, y que Julio Mas Alcaraz atraviese el espejo en El niño que bebió agua de brújula. Las listas, salvo la de Schindler, no salvan a nadie. Pero ahora tengo la sensación de haber hecho los deberes.

jueves, 22 de diciembre de 2011

De lobos y leones (2): riechmanniana


Hace unos meses colgué aquí la foto de unos lobos marinos en toda su esplendorosa podredumbre, lejos de los adocenados leones marinos que acostumbran a pasar por el aro con la misma elegante naturalidad que un candidato electoral entre la muchedumbre votante. La foto estaba tomada en Mar del Plata. Leo ahora el excesivo, inteligente y nada adocenado libro de Riechmann El común de los mortales (Barcelona, Tusquets, 2011). Junto con otras referencias compartidas —los naipes de José Antonio Gabriel y Galán o las ciudades de José Luis Guerín—, me encuentro con un estupendo poema dedicado a los lobos marinos de Mar del Plata. Copio el poema y pego la foto: pura écfrasis.

Estos leones marinos
“de un solo pelo”
hacinados en rincones del puerto

esperando
un poco de pescado al descuido
un poco del sustento menguante para todos

hostigados
por perros tan desamparados como ellos
que se divierten acosándolos
(ay, las tristes distracciones de los machos
de casi todas las especies)

esos lobos marinos
(así los llaman a este lado del Atlántico)
en su acre lobera
al sol junto a las carcasas herrumbrosas
de los barcos a medio desguazar

esos comedores de peces sin peces
dormitando intranquilos junto a los barcos sin peces

nos ponen ante los ojos
el desatino urgente de un mundo
donde no estamos dejando lugar
para la vida

jueves, 15 de diciembre de 2011

Infiernos de cine

El infierno son los otros. Polanski parece suscribir la tesis sartriana en Un dios salvaje, a la que le sobra histrionismo y le falta enjundia. En cambio, en Un método peligroso, Cronenberg defiende una teoría menos arraigada, pero mucho más convincente: el infierno somos nosotros, aunque el viento de la historia extienda el incendio hacia regiones ignotas. En el purgatorio, la protagonista de Melancholia, erigida en una suerte de Casandra del siglo XXI, asiste a la crónica de un Apocalipsis anunciado. El infierno es la visión. La gran pantalla está que arde.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Papá Noel es chino

Algunos lo temían secretamente. Otros se alegraban por lo bajinis. Pero todos nos lo barruntábamos. Papá Noel nunca ha sido ese señor barbudo, orondo y hortera que se precipita por las chimeneas ajenas para repartir regalos y disgustos. No. Papá Noel no se le parece ni por asomo al histriónico Santa Claus, soportando con su pijama bermellón temperaturas árticas, ni a la reciclada leyenda de San Nicolás, con su mitología escandinava a cuestas. El otro día lo vi en la tele: tenía las facciones afiladas de un pájaro, la voz ligeramente atiplada, y dos líneas rectas dibujaban la geometría de sus ojos. No recuerdo su nombre ni la ciudad en la que vivía. Pero era chino, de eso estoy seguro. Puede que en los almacenes en los trabajaban de sol a sol sus sufridos elfos no hubiera electricidad, y tal vez sus obreros de la felicidad ni siquiera tuvieran permiso para celebrar el año nuevo (chino). Pero el hombre estaba movido por un mismo y vehemente impulso: quería regalarle a todo bicho viviente espumillón, matasuegras, e incluso quizá alguna variante autóctona de sidra El Gaitero. Distribuía sus presentes por el mundo en cadenas especializadas, a precios imbatibles, y soñaba despierto con una revolución que derrocaría a la calabaza de Halloween y al espíritu de las Navidades pasadas. Por un segundo, lo confieso, me dio algo de respeto, pero poco a poco le fui perdiendo el miedo. Conforme explicaba su expansión comercial, a escala interplanetaria, pensé que Sarkozy y Merkel también estaban en el ajo: ellos, mejor que nadie, saben que algún flamante empresario chino le sacará las castañas del fuego a la vieja y renqueante Europa. Y lo mejor es que ni siquiera hace falta haberse portado bien.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Digo 33

Desde ayer formo parte de un club poco prestigioso. Ando “ya en la bíblica edad —33 años— / que dicen plenitud, pero es ocaso”, como escribía Víctor Botas cuando tenía la edad que ahora tengo. No sé si el ocaso será el Apocalipsis (now) de los mayas agoreros o el ERE colectivo con el que nos amenazan las muy pelmazas primas de riesgo, esas parientes lejanas de Casandra que muerden el corazón de las bolsas europeas. Yo, por si acaso, llevo mi cruz a pulso, me corono la frente de espinosas arrugas y, en la intimidad, me sazono con vinagre balsámico de Módena. Ya he encargado el madero en la carpintería José e Hijo. Mientras me doy una vuelta por el Calvario, me consuelo recordando que, hace tres años (día arriba, día abajo), escribí el poema que ahora copio:



OTRAEDAD

Hoy he cumplido treinta años.
A mi edad Ian Curtis
había cantado todas las canciones,
Rimbaud buscaba en Yemen
la sombra de sí mismo,
Dylan Thomas soñaba
la máscara de un sueño,
Van Gogh no había pintado
aún los girasoles.

Pero no sé qué excusa
puedo ponerme ahora
si alguien me contradice
al fondo del espejo:
ese otro que soy yo
sigue siendo un extraño para mí.
(de Página en construcción)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Nicanor Cervantes gana el premio Parra

En su artículo “Literatura y exilio”, Roberto Bolaño recordaba cómo Nicanor Parra, flamante premio Cervantes, salió por la tangente en la polémica sobre los cuatro grandes poetas chilenos: para algunos, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha; para otros, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Nicanor Parra. La canónica respuesta parriana fue:

Los cuatro grandes poetas de Chile
son tres:
Alonso de Ercilla y Rubén Darío.


Nicanor Parra: genio y figura.