lunes, 2 de enero de 2012

El beneficio del inventario

Las listas son una tontería. Y, sin embargo, es casi imposible resistirse a su encanto. Hay quienes redactan listas de la compra con espacios de indeterminación, quienes anotan escrupulosamente los propósitos que incumplirán este año y quienes transcriben, en estricto orden jerárquico, el catálogo de El Corte Inglés para los ojos inquisitivos del cartero real. Los críticos en particular, y los lectores en general, confeccionan listas de libros. Habitualmente se resisten un poco, remolonean, temen herir egos quebradizos y alimentar vanidades infundadas, pero al final acaban cediendo. Las listas resultan tan inevitables como las antologías poéticas o como el criterio generacional, y comparten las mismas trampas: solo un archilector impenitente podría conocer la centésima parte de lo que se publica, por lo que las listas están hechas a partir de jirones y retazos. Como soy renuente a las listas pero sufro las mismas tentaciones que todo hijo de vecino, me limitaré a mencionar, sin orden ni concierto, algunos libros de poemas que me han gustado este año. Me ha gustado La tierra nos agobia, porque Jorge Gimeno parece mirar lo que nadie ve y auscultar lo que nadie oye. Me ha gustado El común de los mortales, de Jorge Riechmann, porque nos muerde la conciencia hasta la médula. Me ha gustado Clandestinidad, de Antonio Jiménez Millán, porque tiene versos memorables camuflados de paisano. Me ha gustado Lenguaraz, de Erika Martínez, porque demuestra que el aforismo no siempre es más de lo mismo. Me ha gustado que Luis García Montero nos recuerde, en Un invierno propio, que el invierno es el tiempo de la meditación. Me ha gustado que Fernando Beltrán se entrometa Donde nadie me llama. Me ha gustado que Álvaro Tato le dé la vuelta al mundo en Gira. Me ha gustado que Rafael Fombellida batalle en Campo de Marte. Me ha gustado que Joaquín Pérez Azaústre se mude al barrio de la memoria en Las Ollerías. Me ha gustado que Verónica Aranda se vista de corto en Senda de sauces; que José Luis Gómez Toré y Marta Azparren se encuentren en Claroscuro del bosque; que José Gutiérrez Román pise Los pies del horizonte, y que Julio Mas Alcaraz atraviese el espejo en El niño que bebió agua de brújula. Las listas, salvo la de Schindler, no salvan a nadie. Pero ahora tengo la sensación de haber hecho los deberes.

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