No me gustan
las listas y tengo pánico a los inventarios. Prefiero memorizar los productos
que tengo que comprar en el supermercado, aunque irremediablemente nos quedemos
sin limones (uno de mis olvidos favoritos) y dispongamos de cantidades
industriales de otros condimentos poco necesarios. Nunca me he detenido a
transcribir la babel de libros que invade las estanterías, así que, cuando no
tengo más remedio que localizar algún ejemplar, me disfrazo de buzo y me
sumerjo en un maremágnum de tapas duras, blandas y multicolores. Renuncié a
catalogar mis antiguos vídeos hasta que el DVD se los llevó por delante. A ello
hay que sumar que mi caligrafía infernal no logró domeñarla ni la buena fe de los
cuadernillos Rubio, a cuya dictadura preciosista fui sometido durante varios
veranos. Escribir con buena letra me parece, entre otras cosas, una pérdida de
tiempo. Por eso me llama la atención que, en el caso que nos acosa, el
extesorero transcribiera con letra clara, puntiaguda y geométrica, un preciso
inventario de bienes, inmuebles y haberes de marca, cada cosa con su pareja.
Sus listas exhaustivas, esas que desmaquillan la cara B de nuestra democracia,
demuestran dos cosas que siempre he intuido: que la memoria está infravalorada
y que la caligrafía la carga el diablo. Ya lo dice un verso de Almudena Guzmán:
“Siempre se empieza por una lista”.
jueves, 7 de febrero de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
sábado, 2 de febrero de 2013
De imágenes, reflejos y reflexiones
Colaboran: Antonio de Murcia Conesa, Luis Bagué Quílez, María D. Martos Pérez, Susana Rodríguez Rosique, María Isabel Corbí Sáez, Julián López Medina, Luis Martín Estudillo y Pablo Rodríguez Balbontín.
jueves, 31 de enero de 2013
Cogito, ergo Herbert
“El poeta es un fingidor”, fingió Pessoa. Sin embargo, los siguientes
versos de su famosa “Autopsicografía” desvelaban la impostura de ese fingidor
fingido: alguien que “Finge tan completamente / Que llega a fingir dolor /
Cuando de veras lo siente”. La referencia anterior permite ilustrar algunos
síntomas de la lírica contemporánea. Aunque el pacto autobiográfico sigue
gestionando el contrato de lectura de una poesía confesional, comunicable o
elegiaca, abundan los intentos por escapar del anecdotario subjetivo mediante
la creación de una profusa galería de heterónimos, apócrifos y otras
identidades esdrújulas. Los motivos son diversos. En ocasiones, el ejercicio de
ventriloquia requiere la complicidad de voces ficcionales para no incurrir en
la falacia patética que aborrecía Cernuda. En la mayoría de los casos, sin
embargo, la pretensión es dar cauce a una versatilidad estilística difícil de
acomodar a la imagen preestablecida del autor (esa que demasiadas veces depende
de un primer libro o del lugar que un nombre ocupa en el ranking generacional).
Acaso no haya más remedio que darle la razón al tópico que sostiene que hay
muchos poetas en un poeta. Pessoa encontró en las obras de Ricardo Reis,
Alberto Caeiro y Álvaro de Campos los fragmentos que le faltaban para ser
completamente Pessoa. Machado erigió el monumento Juan de Mairena. Edgar Lee
Masters decidió convertir una ilusoria localidad del Medio Oeste americano en
un cementerio parlante: su Antología de
Spoon River, recientemente reeditada por Bartleby, representa la auténtica
Cara B del sueño americano. Y Felipe Benítez Reyes rizó el rizoma de la
heteronimia con su desopilante colección de Vidas
improbables. Tampoco la narrativa ha sido ajena a esta clase de
suplantaciones: Max Aub consiguió que la crítica de arte comulgara con ruedas
de Picasso gracias a su falsa biografía Jusep
Torres Campalans, un órdago para el que contó con el “gancho” de ilustres
colaboradores. Algo más sombríos resultan los protagonistas de la borgiana Historia universal de la infamia y de la
secuela que Roberto Bolaño realizó en La
literatura nazi en América. Según el narrador chileno, su diccionario
apócrifo quedó atrapado en la estantería de la no ficción, a la que lo
condenaba la fuerza inercial de su título.
Gracias a su álter ego
Don Cogito, el escritor polaco Zbigniew Herbert (1924-1998) logró demostrar que
el universo siempre es menos cartesiano de lo que parece. Después de leer la Poesía completa (Barcelona, Lumen, 2012)
del autor, traducida con admirable pulso por Xaverio Ballester, cualquier
identidad se reduce al absurdo. Enfrentado a la historia, a la mitología o a los
retos cotidianos, Don Cogito metaforiza los claroscuros de la condición humana.
Curioso impenitente, reflexivo hasta el paroxismo y más integrado que
apocalíptico, he aquí uno de los grandes personajes de la literatura contemporánea.
Poco importa que su vida de papel no haya adoptado la forma narrativa de una
novela ni el encuadre cinematográfico del celuloide. Sus andanzas en Don Cogito (1974) y en las siguientes
obras de Herbert articulan una metafísica finisecular que a menudo se enreda en
las telarañas de la física doméstica. Los versos iniciales de “El abismo de Don
Cogito” dan prueba de esa extraordinaria epopeya a través del espejo: “En casa
siempre seguro // pero en cuanto cruza el umbral / cuando temprano Don Cogito /
sale a darse un paseo / se topa con su abismo // no es el abismo de Pascal / no
es el abismo de Dostoievski / es un abismo / a la medida de Don Cogito”. Y el
desenlace de “Las dos piernas de Don Cogito” nos deja con la razón en un puño y
la imaginación en vilo: “así pues / con esas dos piernas / la izquierda
comparable a Sancho Panza / y la derecha / emulando al caballero errante / va /
por el mundo / Don Cogito / tambaleándose ligeramente”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 31 de enero de 2013)
miércoles, 23 de enero de 2013
Ciclogénesis Armstrong
Ya saben cómo
va esto. En la vida hay quienes se dedican a atesorar maillots amarillos y
quienes nacen condenados a chupar rueda. El problema es que a veces los primeros
también caen en desgracia (la dichosa metabolé
aristotélica) y experimentan ese dolor de corazón ―con ocasional retortijón de
conciencia― que los barrocos llamaban melancolía
y que los psicoanalistas designan como crisis
de los 40. Por suerte, cuando los paseos elíseos se tornan viacrucis de
perfección, suele aparecer algún ángel de la guarda con promoción de lavado
rápido de imagen (centrifugado gratis). En Estados Unidos, el ángel
habitualmente se llama Oprah Winfrey. Lo de menos es que el héroe metabolizado diga
diego donde antes dijera digo y afirme hoy lo que ayer no más negaba. No, lo curioso
del asunto es que la confesión no puede asombrar a nadie porque todos lo
sabíamos ya. No me refiero a los diligentes entes de la USADA ―a los que uno se
imagina como agentes del FBI en velocípedo―, sino al común de los mortales, que nos barruntamos que el ciclismo de élite es cuestión de química más que de física.
¿Por qué convertir entonces un secreto a voces en una ceremonia necesitada de
arúspice y purificación ritual? ¿Parece mentira la verdad no televisada? Puede
que en todo este asunto haya intereses judiciales dignos de un novelón de
Grisham. Pero, mientras las altas esferas deportivas se reúnen para dirimir si
es humanamente posible y ontológicamente plausible ganar siete tours de un
tirón, creo que deberíamos aprovechar la ocasión. Contratemos a la señora
Winfrey, cueste lo que cueste. A ver si así, en prime time y con subtítulos, nuestros políticos se animan a
contarle a Oprah esas cosas que nunca nos dijeron.
domingo, 20 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
2013
Convengamos en que hay años y años. Si 2000 cifraba en su
rotundidad algorítmica el horizonte de una nueva era, el recién estrenado 2013
encierra en sus cifras toda una poética del mal fario. En efecto, los meses del
año se presentan como una mesnada de gatos negros con malas pulgas: atravesar
el calendario nunca se ha parecido tanto a sortear una hilera infinita de
escaleras duchampianas, echar la sal de la tierra por el suelo o irrumpir en el
escenario vestido de amarillo limón. Cierto es que nuestro relativismo
euroescéptico nos ha hecho refractarios a cualquier expresión supersticiosa que
no provenga de las fluctuaciones bursátiles, con su metalenguaje agorero y su
mentalidad de rapiña. Por eso, en vez de pasarnos la mano por la joroba, 2013
amenaza con subírsenos a las barbas. Ante tal panorama, llevo un par de días buscando
el antídoto, y acabo de hallar la fórmula magistral en el difuso recuerdo de una
película de John Carpenter: 2013, rescate
en LA. Sí, en aquel filme Serpiente Plissken, interpretado por Kurt
Russell, sobrevivía al año 2013 y a un Los Angeles en cuarentena. Lo malo es
que, si mi memoria no me falla, al final acababa desenchufando literalmente el
mundo y devolviendo al espectador a la Edad de los Metales. Sin duda hay un
tentador impulso higiénico en esa idea de pulsar el botón de Reset e inaugurar
de nuevo la condición humana, sobre todo ahora que el Apocalipsis maya ha
pasado de largo. Pero, como uno es menos apocalíptico que integrado, me
contentaré con recordar un poema de Cavafis que le viene que ni pintado a ese
regeneracionismo profiláctico. Se titula “Esperando a los bárbaros”, y en él se
relata la inquietud del pueblo romano ante la inminencia de una invasión
bárbara. Tras la segunda mano de barniz que le pasó Víctor Botas, el poema de
Cavafis terminaba con los siguientes versos: “―Es que ya cae la noche / y no
llegan los bárbaros. (Hay quienes, / venidos de regiones fronterizas, / dicen
que ya no quedan). // ¿Qué será de nosotros sin los bárbaros? / Nos daban un
sentido; era una solución aquella gente”. Por cierto, feliz 2013.
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