El miércoles, en Oviedo.
lunes, 22 de septiembre de 2014
lunes, 1 de septiembre de 2014
sábado, 16 de agosto de 2014
Fracasar mejor y Ahí es nada, de Jorge Riechmann
El
subtítulo de Fracasar mejor (“Fragmentos,
interrogantes, notas, protopoemas y reflexiones”) ilustra el carácter
heterogéneo de este volumen y la vocación heterodoxa de su autor. Jorge
Riechmann (1962) reúne aquí varias consideraciones sobre una sociedad
fracturada, que necesita cuidados paliativos y terapias de choque. El pellizco
mental del aforismo coexiste con la razón dialéctica del silogismo, al tiempo
que los intertextos ajenos se engarzan naturalmente en la propia cadena
discursiva. En estas páginas, Riechmann reivindica la escritura como un servicio
público donde cabe todo, desde la lírica volandera del haiku hasta la mundanal
prosa de los porcentajes bursátiles. La denuncia de una realidad sucedánea se
confabula con un afán indagatorio que desconfía de los credos maniqueos, modera
las euforias relativistas y se vacuna contra los sarpullidos apocalípticos. Frente
a un sistema biocida y una cultura
autoinmune, este libro postula un humanismo trágico, capaz de reinterpretar el
mitologema de Prometeo y de dignificar el fenomenal batacazo de Ícaro: “No se
trata de ascender sino de aprender a caer, caer con arte y esmero. En suma,
fracasar mejor”. A lo largo de este compendio de filosofía sostenible destacan
las anotaciones que aluden a los brotes verdes de una naturaleza tan maltratada
por la especulación urbanística como por las gabelas del turismo ecológico. Asimismo,
el autor se arriesga a dar una nueva vuelta de tuerca a viejos dilemas, como
los sempiternos debates sobre la función del artista o la utilidad de la
poesía: “Entonces ¿la poesía no sirve para nada? Amiga flautista, amigo cantor:
tú sabrás”. Sin temor a alzar la voz ni a constatar lo obvio, Riechmann dirige
sus palabras recias a los oídos sordos de una tecnocracia que ha decidido
transgredir “los límites biofísicos del planeta”, hipotecar la convivencia y
poner el futuro entre signos de interrogación. Más cerca del pesimismo de la
inteligencia que del optimismo de la voluntad, Fracasar mejor nos recuerda que la lírica representa lo contrario
del marketing, o que “la socialidad es a Facebook lo que la felicidad a la
Coca-Cola”.
Por su parte, Ahí es nada recopila materiales procedentes de diversos diarios de
trabajo, desde Una morada en el aire
(2003) hasta el inédito La pluma del
arrendajo, además de paratextos que han acompañando a algunos de los
poemarios del autor. El hilo conductor del ensayo es la formulación de una
“poética del ahí”, entendida como un
modo de estar en el mundo y de fortalecer los vínculos solidarios entre los
inquilinos de nuestro planeta. El adverbio ahí
no solo sintetiza los valores de una ética portátil, sino que señala un lugar
de encuentro entre el yo y los otros, entre el compromiso con lo inmediato y la
“fabulosa intensidad de la vida común”. La fusión de poesía y verdad, la
defensa de la belleza cotidiana o la tensión entre el desaliento y la esperanza
son otras de las acepciones que concurren en ese ahí admonitorio: “Tarea del intelectual: no mirar hacia otro lado. O sea, mirar ahí”. La última parte del libro está protagonizada por otro
adverbio: no. La fuerza
revolucionaria de “la sílaba del no”
―según expresión de Juan Carlos Rodríguez― condensa la insubordinación ante el
orden establecido y el conocimiento de los propios límites: “Sé que soy de los
que buscan, no de los que logran”. En el impulso de esa búsqueda, Jorge
Riechmann está construyendo uno de los proyectos más sólidos y coherentes de la
actual poesía española.
Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 16 de agosto de 2014
sábado, 26 de julio de 2014
Diciembre y nos besamos, de Paula Bozalongo
El primer libro de Paula Bozalongo (Granada, 1991), por el que ha
obtenido el Premio “Hiperión”, no teme abrirle al lector las compuertas de la
intimidad. A la vez diario cómplice y cancionero de ausencias, Diciembre y nos besamos despliega un
horizonte vital cuya geometría oscila entre la línea recta y el círculo
vicioso. Uno de los hallazgos de esta propuesta reside en su habilidad para
sortear el abismo de la emoción explícita mediante una serie de alegorías
visuales que remiten a la arquitectura (la casa deshabitada como imagen del
abandono), la geología (la metamorfosis del sujeto en cueva humana) o la
escultura (la frialdad de Bernini como encarnación de la distancia). De hecho, la
‘Canción de despedida’ que cierra el volumen ―y que funciona a modo de
nerudiana canción desesperada― propone una recreación retrospectiva de la
propia historia amorosa como si fuese un tratado de urbanismo: “Dibujó alguien
un plano / y construyó una vida / dentro de una ciudad de servilletas”. Junto a
la evocación de la intemperie doméstica, hallamos varios puntos de fuga en
aquellas composiciones que transitan por las cicatrices de la vieja Europa
(‘Sarajevo’, ‘Berlín’) o que se acompasan a los sonidos del Nuevo Mundo (“En
Central Park la música se parece al silencio”). Cierto es que a veces se echa
en falta una mayor concreción en el desarrollo argumental y en la selección
léxica de los poemas, por lo que vendría aquí al pelo el consejo de un sabio
Pere Gimferrer a un joven Leopoldo María Panero: “en poesía manzana es siempre preferible a soledad”. Con todo, Paula Bozalongo ha
irrumpido en el panorama literario con un libro sugerente y contundente, de
impecable factura técnica y de atmósfera elegiaca. Cabe esperar que los títulos
posteriores de la autora conviertan en grávidas evidencias los prometedores
indicios que contienen estos versos
Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 26 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
domingo, 13 de julio de 2014
sábado, 5 de julio de 2014
La isla que prefieren los pájaros, de Vanesa Pérez-Sauquillo
En las últimas
entregas de Vanesa Pérez-Sauquillo se advierte una fusión de las distintas
vetas que coexisten en su obra poética: el calado simbolista y la trama
narrativa, el verbo sentencioso y la plasticidad visual, la corteza anecdótica
y el meollo trascendente. Si Climax Road
reinventaba la iconografía norteamericana de la generación beat, La isla que prefieren los pájaros nos
traslada a la abrupta geografía irlandesa como decorado de un viaje que ―como
todos los viajes que valen la pena― supone también una aventura cosmovisionaria.
Aunque este es un libro de atmósfera envolvente, los logros de Pérez-Sauquillo
no se limitan a la pincelada efímera ni a la decoración de exteriores. Hay en
estas páginas una suerte de filosofía moral que se va desplegando a través de
secuencias cortas que funcionan como fábulas sin corolario o como máximas
mínimas. La exaltación de la naturaleza viva frente a la lengua muerta del
consumo, la denuncia de los árboles accesorios que nos impiden ver el bosque
sustantivo, o la crítica del horror vacui
en el que hemos convertido la convivencia (“Huecos por los que el hombre //
también // asfixia al hombre”) cristalizan en un réquiem por los excesos de la
civilización y en un elogio de la intemperie. Más allá del ecologismo
bienintencionado, la autora reivindica un lenguaje capaz de transformar la
languidez del vistazo en la fuerza de la mirada: “El paisaje / nos sale de los
ojos”. La inteligente deslexicalización de frases hechas, la rotundidad
apodíctica de los versos y la versatilidad en el manejo de las formas breves
(para muestra, un haiku: “Piedra limpia de barro. / Desde la rama / el muro es
un camino”) dan prueba de la riqueza de un volumen donde las metáforas aéreas
alternan con los grávidos hallazgos. Si John Donne escribió que ningún ser
humano es una isla, y Simon y Garfunkel no dudaron en enmendarle la plana, Pérez-Sauquillo
opta por el sabio término medio: “Seremos isla, algunos días, / pero la isla
que prefieren los pájaros”. No se pierdan este libro de una intensa y rara
belleza, que dice cosas profundas con apariencia de levedad.
Una versión abreviada de esta reseña ha aparecido en el suplemento "Babelia" del diario El País,
el 5 de julio de 2014
el 5 de julio de 2014
viernes, 4 de julio de 2014
El río de la vida: VIDA Y LEYENDA DEL JINETE ELÉCTRICO, de Joaquín Pérez Azaústre
En su libro más reciente, Joaquín
Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) sintetiza las dos facetas que suelen confluir en
su producción: la proyección de la memoria personal en la pantalla colectiva (Delta, Las Ollerías) y la búsqueda de un nuevo código cultural con el que descifrar
el mundo (El jersey rojo, El precio de
una cena en Chez Mourice). Al tiempo poemario articulado y poema-río
torrencial, Vida y leyenda del jinete
eléctrico no es tanto una summa
estética como una arriesgada incursión en nuevos horizontes expresivos.
Organizado como un canto unitario y dividido en 36 secuencias, este volumen
prescinde de todos los corsés diacríticos y ortográficos que impiden la libre
circulación textual, desde la puntuación hasta las mayúsculas. No obstante, el
lector tiene la impresión de hallarse ante un discurso más parecido a un
mosaico que a un ready made; más
cercano a las combinaciones geométricas de un caleidoscopio que al arrastre
aluvial de un cadáver exquisito. En efecto, uno de los méritos de Pérez
Azaústre reside en haber escrito una obra a la vez radicalmente impura y
hondamente tradicional, cuya genealogía desciende del célebre manifiesto
nerudiano publicado en Caballo Verde para
la Poesía y de la “tradición de la ruptura” patentada por Octavio Paz. Al
influjo de esa herencia habría que sumar la capacidad del autor para recrear
con voz propia un aquelarre de ecos que van desde la hipnótica letanía de Saint-John
Perse hasta los Cantos imaginistas de
Ezra Pound, desde las figuraciones alucinadas de Poeta en Nueva York hasta el crisol cinéfilo de La muerte en Beverly Hills.
Sin embargo, sería
injusto reducir los hallazgos de este volumen a su versatilidad retórica o a su
virtuosismo formal. De hecho, la principal singularidad de Vida y leyenda… consiste en su decidida apuesta por una poesía
cívica que no claudique de su ambición literaria y que no se deje atrapar por
las redes de la taxonomía: “culturalismo compromiso bien eso lo hablaremos en
otro momento […] / porque todo es poesía más allá del desgarro”. Con este
propósito, el autor utiliza algunas estrategias discursivas de las que extrae
una sorprendente rentabilidad. En primer lugar, asistimos a una mitogénesis explosiva en cuya coctelera
se mezclan estrellas de Hollywood, guerreros troyanos, emblemas de celuloide,
vasallos del siglo XXI y héroes-mendigos de la generación beat. No obstante, esta amalgama se adapta con armonía a un léxico
representativo de las reivindicaciones y de las protestas de nuestro tiempo:
“patroclo sin jubón acampa ante el congreso”, “una ejecución hipotecaria en el
rasguño”, “ni la dación en pago de ningún vasallaje”, “hoy desahucian del
puerto a los ahogados”, “crédito anestesiado”, “sindicato de empresa con turbio
alunizaje”, etc. La resemantización del lenguaje aséptico acuñado por los
medios de comunicación nos convence así de que no basta con mirar de otra
manera la realidad; también hay que decirla
de forma distinta. Pero Pérez Azaústre no se limita a engastar las palabras de
la tribu en la cadena de montaje del poema. Desde su propio título, Vida y leyenda… no solo rinde homenaje
al cine en general, y al tándem Robert Redford / Sidney Pollack en particular,
sino que indaga en la constelación del séptimo arte para incidir en la fractura
entre explotadores y explotados. La “caza de brujas” emprendida por el infausto
senador McCarthy actúa como el correlato histórico sobre el que se troquelan varias
composiciones, como la espléndida microbiografía del guionista Abraham Polonsky
―condenado al ostracismo por figurar en las listas negras del macartismo―, o la
sombría semblanza del delator Elia Kazan, que “valora ofertas laborales
mientras bebe un negroni”. Asimismo, los rótulos de las películas que muestran
las cicatrices de la Gran Depresión o que ilustran aquel periodo permiten
establecer un rico diálogo con los eslóganes que apelan a la actualidad
inmediata: “danzad danzad benditos”, “tú no matarás nunca a un ruiseñor”,
“noche del cazador”. La figura alegórica del jinete-Redford, que recorre las
escenas como un heraldo luminoso, dota al conjunto de congruencia y aporta un
anclaje referencial al vuelo imaginativo. De este modo, la elegía por los
iconos de una época pasada (Emmanuelle/Sylvia Kristel, Bobby Kennedy, Martin
Luther King) convive con la defensa de la facultad de las palabras para cambiar
el mundo existente o para crear universos paralelos.
En
suma, Vida y leyenda… puede
concebirse como un tratado sobre “el arte nuevo de hacer versos”, una reflexión
metapoética que postula la insubordinación de la lírica frente al sociolecto
del poder y el idioma impositivo de la economía. En un momento en el que el
albatros de Baudelaire ya no pretende remontar el vuelo, sino solo subir “la
audiencia del programa”, es necesario replantear las clasificaciones maniqueas
con las que operamos en la sala de urgencias de la crítica. Tan lejos de la
mampostería culturalista como del dogmatismo social, el autor afirma que “la
poesía será de todos cuando la vida digna sea la frente de todos”. Cabalgando a
lomos de un verbalismo expansivo y de una plétora versicular, Pérez Azaústre ha
firmado un libro ambicioso y exigente, en el que los grandes dilemas de la
actualidad ya no se combaten en voz baja. Desde la silueta pronominal de un nosotros que cobija a “todos los hombres
del presente”, esta obra aúna la modulación épica con la entraña solidaria. Por
decirlo a la manera de Robert Redford, lo íntimo
y personal desemboca aquí en el río
de la vida.
(Publicado en Turia, núm. 111, pp. 463-464)
jueves, 26 de junio de 2014
Poesía para levitar
No
son pocas las colecciones de poesía que aspiran a dejar su impronta en la
convulsa constelación editorial de nuestros días. Mientras que algunas aparecen
y desaparecen como satélites fugaces, otras presentan una atmósfera respirable
y exhiben una vocación de permanencia. Entre estas últimas cabe destacar la
colección “El Levitador”, de la editorial Polibea, que está construyendo un
catálogo consistente con una única arma secreta: el criterio. Bajo la dirección
de Juan José Martín Ramos, ya han levitado títulos de autores como Javier
Lostalé, José Cereijo, Bárbara Butragueño, Aitor Francos o Sergi Gros. La
convivencia de nombres consolidados y voces nuevas es otro aliciente para aquellos
lectores que no solo buscan la evidencia de lo que ya saben, sino que se
entregan al placer del descubrimiento. En las siguientes líneas me voy a
centrar en las obras más recientes de Francisco José Martínez Morán y Verónica
Aranda: dos autores que cuentan con una relevante trayectoria, pero que aún
constituyen una parte joven de la última “poesía joven” (paréntesis retórico:
aunque esto parezca un pleonasmo, es más bien una lítote).
En Obligación, Francisco José Martínez Morán (1981) incide en las
constantes vitales de Tras la puerta
tapiada (Premio “Hiperión”) y tiende hacia una mayor depuración formal. Como
señala Juan Antonio González Iglesias en el prólogo, estamos ante “un libro
barroco en sus formas y romántico en su contenido”. En efecto, existe en los
versos de Martínez Morán una corriente subterránea que amenaza con
desestabilizar la sólida arquitectura del poema. El primer apartado ofrece una
lección del vacío a partir de dos emblemas: la grieta y la ruina. Si la primera
indica la discontinuidad entre el tiempo y la materia, la segunda muestra la
sutura espacial entre “el escombro y la mirada”. La siguiente sección es a la
vez un catálogo de trabajos de amor perdidos (o ganados) y un tratado neocartesiano
sobre las pasiones del alma. Las incontables arenas de Catulo, las “medulas que
han gloriosamente ardido” y las batallas de amor en las que combatió Aldana se
dan cita en una peculiar reescritura de las metáforas del erotismo. Finalmente,
la última parte aborda el edificio de la palabra. Los homenajes a Anna Ajmátova
y a Zbgniew Herbert conviven con las cartografías convertidas en verbo, como
las viejas fachadas de Lisboa o las aguas corrientes del río Moldava. En suma,
las piezas breves y densas de Obligación
nos recuerdan que una de la funciones de la poesía es hacer habitable la
intemperie: “Si miro más allá, / catalogo el destierro”.
El arte de la brevedad cristaliza
también en Lluvias continuas, de
Verónica Aranda (1982), una gavilla de haikus nómadas en los que se dan cita la
caducidad del instante y la transitoriedad de los lugares de paso. Como sabe el
aficionado al género, el haiku es para la autora mucho más que el juego de las
tres en raya. Se trata de una manera de contemplar la realidad y de hacer
“camino al andar”. Por eso, en la senda de Lluvias
continuas, el paisaje tiene tanta relevancia como el paisanaje. El mendigo
del páramo, el monje albino o los vendedores del mercado pueblan unos versos
que resemantizan el viejo concepto de la aldea global. Así, estos haikus se
pasean por el zoco de Fez, se bañan dos veces en el mismo Ganges y se dejan
deslumbrar por la luz de la Alfama. Tan atenta al espectáculo de lo sublime
(“Inmensidad: / el cóndor sobrevuela / las cataratas”) como a la lírica de lo
insignificante (“¡Zas! La luciérnaga. / Se ilumina un instante / el cubo de
agua”), Verónica Aranda tiene la capacidad de sintetizar tradición y
modernidad. En Lluvias continuas puede
escucharse la música del mundo y el latido cordial del universo. Ojalá sigamos
levitando un buen rato.
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