Algunos libros hay que empezar a
leerlos por el subtítulo. El que acompaña a La
huella de la mariposa remite escuetamente a un género discursivo y a un
intervalo de fechas: Diario (verano
2006-verano 2007). En efecto, este volumen adopta la apariencia de un
dietario lírico, un bloc de notas o un cuaderno de bitácora donde Mahmud Darwix
(1941-2008) entrega su fe de vida y su testamento ológrafo. Sin embargo, el
lector que espere encontrar aquí la corteza anecdótica del trasiego cotidiano se
sentirá decepcionado. El poeta nos ofrece nada menos que el meollo de la
existencia, ese núcleo universal que los humanistas llamaron alma, y que resulta común a amigos y
enemigos, combatientes y pacifistas, tipos contemplativos e individuos de
acción, palestinos e israelíes.
Impermeable
a los credos maniqueos, la obra de Darwix se caracteriza por su inquietud ética
y su raigambre cívica. El intento de recomponer una identidad fracturada
constituye el eje de unos versos a veces enjutos, y otras veces dilatados hasta
el espesor del poema en prosa. Así, si el autor suscribe el “yo es otro” de
Rimbaud, no lo hace para mirarse embebecidamente en el espejo de la alteridad ni
para salir al teatro del mundo con la máscara tragicómica del comediante. Al
contrario, la otredad es aquí una declaración de principios éticos y de fines
estéticos, una forma de perplejidad con la que afrontar las nimiedades de la
vida o las cicatrices del mapa geopolítico: “Yo no soy yo en Iraq. Tú no eres
tú”. Con todo, los títulos que apuntan a ese “yo otro” (“Qué soy sino él”,
“Alguien que se persigue a sí mismo”, “Si yo fuera otro”, “Mi poeta/mi otro”)
se troquelan sobre la experiencia de quien no renuncia jamás a un vitalismo
contagioso. Incluso en aquellos vislumbres prospectivos, en los que el sujeto
ha de vérselas con su propia muerte ―que se le aparece personificada, entre la
iconografía de Jorge Manrique y la de Ingmar Bergman―, la respuesta del
escritor consigue desarmar los argumentos de la mismísima Parca: “Si me
dijeran: Esta tarde será tu última tarde, / ¿qué vas a hacer el tiempo que te
queda? / ―Miraré el reloj, / me beberé un zumo, / morderé una manzana / […]
Miraré de nuevo el reloj: / Me da tiempo a afeitarme / […] Luego, / me iré
andando / al cementerio”. Esa lucidez irónica se convierte en el arma secreta
de Darwix.
Otro
aspecto recurrente es la identidad política, que se presenta bajo el disfraz de
una amenaza o de una violencia fratricida. El autor elabora la crónica de un
estado de excepción y reivindica un nuevo trazado de fronteras físicas y
mentales. De este modo, las elegías por el destino del Líbano (“Más que
empatía”, “En Beirut”) y de Iraq (“Larga es la noche de Iraq”) alternan con el
correlato histórico (“Nerón”) y con las sátiras que denuncian el espejismo de
una falsa democracia (“Urnas”, cuyo comienzo conecta con “Elegido por
aclamación”, de Ángel González). En este contexto destacan “Casa asesinada”,
inventario de los objetos domésticos que mueren junto a sus dueños, y “Si es
que queremos”, un himno comunitario que sustituye las proclamas colectivas por
el elogio de la convivencia: “Seremos un pueblo cuando el palestino se acuerde
de su bandera solo en los estadios, en los concursos de belleza y el día de la
Nakba. Nada más”. Un impulso similar recorre los versos viajeros en los que
Darwix da una vuelta por mundo para darle la vuelta a algunos prejuicios y
reafirmarse en ciertas creencias. En estos poemas cosmopolitas, cada lugar está
asociado con el recuerdo de un autor querido o admirado: Derek Walcott (“En
Córdoba”), Mark Strand (“En Madrid”), Naguib Mahfuz (“En una barca en el
Nilo”), Salim Barakat (“En Skogås”), o Peter Brook (“Boulevard Saint-Germain”).
Sin embargo, lejos del homenaje cortés que solemos atribuir a la lírica de
circunstancias, estas composiciones funcionan como una amarga meditación acerca
de una patria perdida y de un exilio reencontrado: “Es libre quien puede elegir
su exilio / de algún modo…”.
Finalmente,
cabe resaltar la plasmación de la propia identidad literaria. Aunque renuente a
las afirmaciones programáticas y a las sinuosidades intelectuales, Mahmud
Darwix recoge un apretado prontuario de ideas estéticas. El libro transita
desde la cadencia estacional del poema en prosa (“Un verano otoñal sobre las
colinas, como un poema en prosa”) hasta la semiótica del paisaje: “Las
chumberas que flanquean las entradas de los pueblos han sido siempre las
guardianas de los signos”. La concepción de la metáfora como refugio ante la
intemperie se alía con la defensa de la elocuencia que subyace en el silencio. La
tensión dialéctica entre “la riqueza de la metáfora” y “la pobreza del habla”
abre un horizonte de posibilidades expresivas donde convergen el placer de la
sinestesia, la astucia de la alegoría y el pecado del simbolismo. Pero la
retórica que más le interesa al autor es la que se desprende de la claridad de
las cosas, de una sencillez que quisiera imitar la naturalidad del cielo
despejado y del adjetivo denotativo. A medio camino entre la impureza y la
esencialidad, Darwix define el proceso creativo como la manifestación de una
carencia, arrastrada por la vorágine de la tragedia o sublimada mediante un
peculiar sentido del humor: “Camino entre Homero, al-Mutanabbi, Shakespeare… y
me tropiezo como un camarero novato en una recepción real”. Quizá la mejor
muestra de esa felicidad fugitiva se localice en el texto que da título al
conjunto, en el que el poeta aspira a capturar la “ligereza de lo eterno en lo
cotidiano”.
En
definitiva, La huella de la mariposa culmina
uno de los proyectos artísticos e ideológicos más apasionantes de los últimos
tiempos. La luminosa traducción de Luz Gómez consigue que nos olvidemos de que
las palabras de Mahmud Darwix fueron escritas originalmente en otro idioma. Ya
se sabe que la gran poesía habla siempre en esperanto.
(Publicado en Turia, núms. 109-110, pp. 464-466)