Es una vieja y
conocida historia. En La traición de las
imágenes, Magritte pintó una pipa cuasi humeante y estampó la leyenda “Ceci
n’est pas une pipe” (Esto no es una pipa).
Ese alevoso trampantojo, que trajo de cabeza a André Blavier y a Michel
Foucault, parece un puzle de diez piezas comparado con las intrincadas
disquisiciones sobre el ser y la nada a las que acostumbran los políticos y
expolíticos más mediáticos de nuestra nación: que si una foto es una foto es
una foto, que si esta letra no es la mía, que si nadie me lo dijo, porque, de
habérmelo dicho… Ante tan clamorosa exégesis, les propongo el siguiente
ejercicio plástico: recorten de cualquier periódico la foto de su imputado
favorito, enmárquenla convenientemente y rotulen sobre la imagen “Esto no es lo
que parece”. Magritte estaría encantado con la idea. Ya lo dijo el poeta
Charles Tomlinson: “Esto no es una pipa, sino una explosión de los labios”. Y
es que por la boca muere el pez gordo, aunque no diga ni pío.
jueves, 4 de abril de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
Tres puntos cardinales
NORTE. Hiberna, hibernorum
(Elche, Frutos del Tiempo, 2013). En su segunda salida en solitario, Joaquín
Juan Penalva (1976) se aproxima a la intemperie vital de un sujeto cualquiera
en un lugar común. Los versos de este libro ejemplifican la pervivencia de una
poesía intrahistórica, replegada en los cuarteles de invierno de la cotidianidad.
A lo largo de Hiberna, hibernorum
hallamos una serie de inventarios provisionales que muestran el haz y el envés
de un mundo reconocible: derrotas infinitas y victorias pírricas, paisajes
domésticos y cartografías imaginarias, ocupaciones verosímiles y trabajos
improbables, proyectos cumplidos y sueños por cumplir. Estos apuntes en
construcción generan un diario fragmentario, una autobiografía personal y
estética que profundiza en la mitogénesis de
La tristeza de los sabios (2007), aunque ahora transcrita con la letra
pequeña de la intimidad. En estas páginas, Joaquín Juan asciende por el árbol
genealógico de la etimología (“Rivalis, rivale”), organiza homenajes literarios
(a Karmelo C. Iribarren en “KCI’s Way”), y viaja con nosotros a los muelles de
Nueva York (“Pier 17”) y a una Varsovia poblada de espectros (el díptico “17 de
enero de 1945” y “26 de febrero de 2010”). He aquí la odisea de un escritor que
vive en los pronombres ―en régimen de alojamiento compartido― y que reclama la
complicidad del lector in fabula que
da título a uno de los poemas: “No es nada del otro / mundo, / ya lo sé, / es
tan solo un paraíso / modesto, / pero me basta”.
OESTE. Oeste (Valencia, Pre-Textos, 2013). El Oeste magnético en el que se enmarca la última entrega de Pureza Canelo (1946) constituye un espacio real y mitificado: la tierra de Extremadura y el punto cardinal del verbo. El lenguaje medular de la autora, desprovisto de adherencias retóricas y sentimentales, sirve de soporte a un particular western en el que la reflexión sobre la escritura alterna con el asombro de la revelación. Como también se observa en otros títulos recientes, ubicados en una geografía similar ―El desierto verde, de Eduardo Moga, o Plasencias, de Álvaro Valverde―, las pinceladas paisajísticas no son incompatibles con la apertura hacia una meditación auroral. Pureza Canelo avanza por un lugar que solo perdura en la tensión y en el desgarro, en la dialéctica en vilo que sostiene la densidad del poema en prosa. El pensamiento y el mundo aparecen convocados gracias a una textualidad coral y telúrica, levantada en el cauce movedizo de la memoria y guiada por la sacralización de las fuerzas elementales. Así ocurre en las líneas finales de “Bar”, una visita al saloon que ofrece una lograda síntesis de la poética a la que aspira este magnífico libro: “Poesía de arpillera. Poesía frontal. Oeste puro”.
SUR. Café Hafa (Murcia, Tres
Fronteras, 2012). El Sur protagoniza el nuevo poemario de Verónica Aranda
(1982), autora nómada que ha convertido el desarraigo físico en sus raíces
metafísicas. En Café Hafa encontramos
el elogio del tiempo detenido junto con la alabanza del bullicio. Puertos,
medinas, trenes y azoteas conforman el decorado de una poesía especiada y
sensorial, donde la imagen de la plenitud coexiste con la huella de lo
transitorio. Por eso no es de extrañar que las sombras de Paul Bowles, Mohamed
Choukri, los beatniks o la Juanita Narboni de Ángel Vázquez recorran unos
versos suspendidos sobre el abismo de la luz. Entre la cicatriz de las pasiones
clandestinas y el mapamundi de la melancolía, me quedo con los “cines de los
años 30” que proyectan su sesión continua en la sección “Cinema Rif”: “Cines
antiguos de sesión continua. / Pasar allí la tarde sin ninguna atadura. / Esto
era ser libres en ciudades con mar, / dentro de un viejo cine / con tres pases
de Bollywood, goteras, / butacas desgastadas / como el olor del celuloide /
algo rayado por los viajes”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de marzo de 2013)
lunes, 25 de marzo de 2013
Ni caso a Nicosia
La situación chipriota me recuerda a ese anuncio publicitario en el que un gobernante
tirando a lewiscarrolliano proclama ante sus ciudadanos que desde ese momento
solo podrán escuchar una única canción y conducir un único modelo de coche.
Entre los asistentes al mitin, un tipo levanta el dedo y pregunta “¿Y eso por
qué?”. Más allá de la discutible utilización de la libertad como herramienta al
servicio del consumo, tengo la impresión de que Chipre ha formulado la misma
pregunta; esa interrogación que ningún otro país se ha atrevido a plantear: “¿Y
eso por qué?”. Como el mercado tiene razones que la razón no comprende, es
lógico que tal reacción inquisitiva haya levantado ampollas y provocado
perplejidades. Al fin y al cabo, nos estamos acostumbrando a que las palabras
del Banco Central sean órdenes para la Periferia Tributaria. Acabo de leer que el
órdago chipriota ha terminado en la crónica de un rescate anunciado. Sin embargo,
resulta sorprendente que la vieja duda metódica siga generando incomodidad
retórica entre nuestros posmodernos tecnócratas. Para no finalizar esta entrada
con el término “tecnócratas”, transcribiré tres de los “momentos” que el poeta
Costas Montis (Famagusta, 1914-Nicosia, 2004) escribió mucho antes de que (o tempora, o mores) ninguno de nosotros hubiéramos oído hablar de troikas, quitas o deudas
soberanas:
Un
paso más y dará comienzo el ser humano.
Tengan
sus cámaras preparadas.
Les
hemos exigido a los verbos que empiecen con la primera persona.
Les
hemos exigido a las gramáticas que empiecen con los pronombres personales.
La
primera vocal de mi corazón fue tuya,
viernes, 22 de marzo de 2013
Quemar ídolos
En una de las secuelas más desinhibidas del cine de acción fin de siècle (Misión imposible 2), al hongkonés John Woo se le cruzaron los cables
en el episodio hispánico del filme. Así, imaginó un aberrante delirio
sanferminero donde varios mexicanos chaparritos quemaban con ferviente regocijo
vírgenes y otros santos; sin duda, todo se debía a una confusión entre dos
festejos tan tradicionales y arraigados como las Fallas y la Semana Santa. Como
no hay venganza más cruda que la del tiempo ―dice el tango―, la otra cara del
cortocircuito se produjo hace unos días en Valencia, donde un artista fallero
tuvo una idea digna de John Woo: juntar al panteón indio en un monumento y prenderle
fuego el día de la quema. Tras las protestas de varias asociaciones, y ante el
temor a que algo más que cartón acabara oliendo a chamusquina, las autoridades
optaron por una decisión salomónica: indultar a Shiva y despojar de sus
atributos sagrados a Ganesh, con la finalidad de que ardiera un elefante en vez
de un dios. No sé si los pacientes hindúes estarán conformes con la
desacralización de sus símbolos o con el valor purificador del fuego. Sin
embargo, he aquí la prueba de algo que mi abuela predijo con irremediable
fatalismo: lo malo del cine es que enseña al que no sabe.
lunes, 18 de marzo de 2013
Para qué poetas en tiempos de crisis
Después de leer el reportaje “Una crisis de novela”, escrito
por Javier Rodríguez Marcos y publicado ayer en el diario El País, siento una insana envidia por los parientes narrativos del
homo liricus. Me temo que si la poesía
aspira a ser algo más que un “lujo cultural” patrocinado por instituciones
libres de impuestos en tiempos de libre especulación inmobiliaria, el vate
oracular no tendrá más remedio que aprender a poetizar cuestiones más bien
prosaicas. Sin embargo, al poeta contemporáneo (y al crítico que todo poeta
contemporáneo carga a sus espaldas) la actualidad le provoca una mezcla de
desazón estética y de urticaria emotiva. Creo que dos razones sustentan esa agorafobia.
Por un lado, la sacralización de las esencias ―poco importa que tales esencias
sean metafísicas, culturales o sentimentales― ha cristalizado en un lenguaje
que, como promueven algunos métodos de idiomas, se las apaña con mil palabras
para registrar sus tempestades anímicas y sus tormentas de verano. Por otro
lado, el compromiso remite aún a los modos impuros de un caballo verde saldado
como picadillo de hamburguesa alucinógena. No obstante, el temor cerval al
prosaísmo y el miedo africano a la demagogia no pueden servir de eternas excusas,
sobre todo cuando los autores actuales disponen de suficientes armas y bagajes
―en forma de ironías disolventes e insolentes, correlaciones peligrosas y
juegos de identidad― como para suscitar veinte preguntas retóricas y alguna que
otra respuesta desesperada. Ya sabemos que perder las formas no implica ganar
el fondo, y que pronunciar poesía y sociedad en la misma frase es tan
peligroso como mezclar Coca Cola y Baileys. Pero no es menos cierto que nuestra
posmodernidad líquida y licuante se ha especializado en hacer de la necesidad
virtud. Ignoro en qué espacio habrá de fraguarse esa nueva dialéctica colectiva,
pero lo común no me parece un mal
lugar: libros recientes como Mercado
Común, de Mercedes Cebrián; El común
de los mortales, de Jorge Riechmann, y Zonas
comunes, de Almudena Guzmán, han conseguido dar otro sentido al sentido
común. En definitiva, estoy deseando leer un soneto dedicado a Lehman Brothers
y una lamento elegiaco por la costa valenciana. Por ejemplo.
martes, 12 de marzo de 2013
Poesía Española Under 35
En Duende. Suplemento virtual de Quaderni Ibero Americani (núm. 4, 2013):
http://quaderniberoamericani.org/doc/04_NOTIZIARIO_QIA.pdf
http://quaderniberoamericani.org/doc/04_NOTIZIARIO_QIA.pdf
lunes, 11 de marzo de 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
lunes, 4 de marzo de 2013
Historia se escribe sin hache
La posibilidad de reescribir la historia es una tentación irresistible
para cualquier creador alistado en las filas de una posmodernidad líquida y
licuante. Varios estrenos cinematográficos recientes han vuelto a llamar la
atención sobre la Cara B de la historia oficial. En efecto, diversas películas oscarizables
se adentran en los entresijos de esa época antediluviana que en Estados Unidos
comienza a mediados del siglo XIX. Si Lincoln
supone la respuesta del Spielberg dialógico al Spielberg monológico, La noche más oscura es la síntesis irreflexiva
de lo que el resto del mundo percibió como un enorme signo de interrogación. Y Argo demuestra que el juego de
Hollywood mueve las fichas del tablero geopolítico desde unos setenta con
estética de pantalón de campana. Sin embargo, la polémica ha llegado con el
pistolero desencadenado de Tarantino
y con la réplica airada de un Spike Lee que puso el grito en el cielo por
convertir la opresión esclavista en el decorado de un spaghetti western. Aunque el filme de Tarantino se adscribe con
dificultad al género consagrado por Sergio Leone, hay que reconocerle el mérito
de haber promovido una pregunta en medio de tanto celuloide afirmativo: ¿Está
legitimado el arte para ironizar sobre el dolor colectivo? La operación se
vuelve más compleja si le añadimos la incógnita que planteaba Malditos bastardos: ¿Puede el cine matar
a Hitler dentro del cine? En El 18
Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx se atrevió a anticipar una solución
salomónica: “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la
segunda como farsa”. Y, en Delitos y
faltas, Woody Allen le dio forma matemática a la ecuación: “La comedia es
igual a tragedia más tiempo”.
En este ámbito, la literatura le lleva algo de ventaja al cine, aunque ya se sabe que las competiciones entre distintas artes suelen consistir en variaciones sobre la aporía de Aquiles y la tortuga. Lo cierto es que las reescrituras de Tarantino se insertan con naturalidad en las letras contemporáneas. Quienes se tomaron como una ofensa la distancia casi brechtiana de Malditos bastardos probablemente ignorasen la existencia del relato La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, escrito en 1960 por alguien tan poco sospechoso de frivolidad como Max Aub. En el cuento, el dictador muere asesinado a manos de un camarero mexicano harto de escuchar en su café las discusiones bizantinas de los exiliados españoles. La fabulosa historia maxaubiana, claro está, sentó como un tiro entre el círculo de exiliados en el Distrito Federal. Si bien la política-ficción ha sido caldo de cultivo para operaciones oportunistas, no hay que olvidar que el género de la distopía comparte un impulso similar. En su universo narrativo, Rafael Reig ha construido una Gran Vía navegable en un Madrid que habla inglés en versión original sin subtítulos. Y hasta Carlos Fuentes situó su novela La Silla del Águila en un hipotético año 2020 en el que Fidel Castro seguía ejerciendo el poder en Cuba, Condoleezza Rice era la presidenta de los Estados Unidos y César Aira había obtenido el primer Nobel de Literatura para Argentina.
Con todo, el deseo de reescribir el pasado convive con una ambición quizá más compleja: la de reconstruirlo sin soslayar sus contradicciones. Eso es lo que logró Marco Bellocchio en Vincere y lo que consigue Pablo Larraín en No, dos ejemplos de que las imágenes de archivo no siempre funcionan como notas al pie de otro relato, sino que pueden formar parte de la misma trama discursiva. Hace unas semanas hablaba en estas páginas del Zurita de Zurita. Pues bien, las poderosas secuencias de No le dan un nuevo sentido a la letanía con la que el poeta chileno expresaba su insubordinación lógica y ontológica: “MI DIOS NO LLEGA / MI DIOS NO VIENE / MI DIOS NO VUELVE / MI DIOS NO ESTUVO / MI DIOS NO QUISO / MI DIOS NO DIJO / MI DIOS NO LLORA / MI DIOS NO SANGRA / MI DIOS NO SIENTE / MI DIOS NO AMA / MI DIOS NO AMANECE / MI DIOS NO VE / MI DIOS NO MIRA / MI DIOS NO OYE / MI DIOS NO ES”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de febrero de 2013)
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