sábado, 1 de noviembre de 2014
jueves, 30 de octubre de 2014
DIVERSO.ES, de Adolfo Cueto
Cuando se
trata de entrar en harina poética, algunos autores miran instintivamente al
cielo, acaso con nostalgia olímpica por aquellas alturas en las que los vates
vivieron instalados hasta que la historia los apeó de su celeste pedestal.
Otros, más cautelosos, prefieren mirar al suelo. Sin duda, Adolfo Cueto (1969)
pertenece a esta segunda categoría. Por eso, su último libro defiende una
poética sísmica “a ras / muy de tierra”, que aspira a remover conciencias y a
conmover espíritus. Después de Palabras
subterráneas (2010) y Dragados y Construcciones
(2011), Diverso.es (2014, Premio
“Ciudad de Burgos”) nos invita a adentrarnos en la vorágine de una realidad punto es en la que la contemplación
exterior se acompasa con la respiración íntima del sujeto. Como todo work in progress que se precie, el nuevo
libro del autor se presenta bajo el envoltorio de un viaje circular, a la vez
odisea colectiva y epopeya privada.
Uno de los rasgos sustantivos de la
obra de Cueto es la continuidad entre mirada y escritura, de tal manera que el
poeta parece registrar los acontecimientos al mismo tiempo que estos suceden.
Esa simultaneidad perceptual genera una pauta de lectura que nos sumerge en el
vértigo de la sociedad contemporánea. El ritmo germinativo de los versos, en
los que abundan los escorzos y encabalgamientos abruptos, puede adoptar el
aliento musical de una sinfonía o transmitir su mensaje con la contundencia de
una ametralladora: “Noche de azul / inverso, carreteras cortadas / nuevamente,
lo mismo / que esta página en blanco se hace tuya, / mía, nuestra; esta página
rota”. En efecto, Diverso.es empieza
con un pie en el acelerador y los ojos clavados en el parabrisas. Desde ese
momento asistimos a una road movie
alrededor de un “mundo / fracturado”, que en ocasiones exhibe sus cicatrices
con obscenidad (las ruinas capitalistas de una “Fábrica abandonada”) y en otros
casos manifiesta una belleza inadvertida. Si Rafael Morales entonó un hondo y
doloroso cántico al cubo de la basura, Cueto también logra redimir los paisajes
industriales y posapocalípticos que atraviesa mediante un lirismo compasivo.
Esta radical impureza cristaliza en “Mar
de cemento”, un retablo en seis partes que funciona como un himno a la
deshumanizada megalópolis moderna y como un entrañado homenaje a la ciudad de
Madrid. Aunque el turbión visionario remite al aquelarre madrileño de Fernando
Beltrán, y aunque algún jirón expresionista nos recuerda que Dámaso Alonso
contabilizó más de un millón de cadáveres vestidos de paisano, Cueto consigue
modular esas resonancias con voz propia y alzar un monumento a la
transitoriedad: “mar / de cristales furtivos, qué rápido, qué / velozmente van
los días, pasan coches: van pasando / la noche altiva y el taxi”. Junto con esa
veta urbana, en Diverso.es hay
espacio suficiente para la reflexión cívica (“Japón, 11-M”, “Fosa”) y para la
combustión amorosa. Gracias a una singular resemantización de los objetos
cotidianos, un extintor bien puede servir como emblema del fuego erótico. Del
mismo modo, el gozoso misterio del cuerpo se convierte en un “rizoma / de amor”,
donde no faltan ni la intemperie (“Sin techo”) ni la fragilidad (“Palacio de
cristal”).
En suma, la reivindicación de una
escritura mestiza, fabricada con materiales perecederos, anima un proyecto
cargado de soterrada ironía y energía crítica. Tras el envío final, estamos deseando
que Adolfo Cueto vuelva a hacer las maletas y a transitar por las autopistas
―reales y virtuales― de un universo globalizado.
lunes, 20 de octubre de 2014
Os ángulos da brasa / Los ángulos de la brasa, de Manuel Álvarez Torneiro
Manuel
Álvarez Torneiro (La Coruña, 1932) obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Os ángulos da brasa, que ahora se
presenta en edición bilingüe. Se trata de un libro de empaque cosmogónico,
donde conviven el trazo preciso y el vuelo visionario. Dividido en tres
secciones, el autor transita en ellas por los núcleos de la identidad: el paso
del tiempo, los sentimientos privados y la memoria colectiva. Con todo, las
mayores aportaciones de Los ángulos de la
brasa se concentran en su meollo expresivo. No en vano, la principal
apuesta del volumen reside en un discurso en constante ebullición, llevado por
las iteraciones anafóricas, los burbujeos imaginativos y la incandescencia de
un lenguaje que pone una vela a Horacio y otra a Blas de Otero: “El realismo es
una noche / conversando con Rulfo. / Y el entierro de un perro cayendo la
tarde, / la tala de un magnolio que sabía de Heráclito / y la vuelta de Ezra
Pound / a caballo de un tiempo de miseria”. Asimismo, en la redoma lírica se
mezclan los ingredientes de una educación cultural, desde la mujer con alcuza
de Dámaso Alonso hasta los disparates celestes de Marc Chagall, desde el gozoso
allegro de Vivaldi hasta los “heraldos
enlutados” de César Vallejo. Entre la celebración de la belleza y el arrastre
elegiaco, la trama de los días se va tejiendo con los hilos de la cotidianidad (“Era
jueves, lluvioso, / puntualmente invierno, / y sin mayor noticia”) y con la
aguja del realismo mágico (“Hay que dejar a Aníbal con sus elefantes / en algún
limbo fantástico”). La intemperie existencial, el “cuerpo a cuerpo” del amor y
la reivindicación de la utopía entroncan con el compromiso cívico de algunos niños de la guerra, pero sin renunciar a
la heterodoxia de otros compañeros de viaje ―como el pintor Urbano Lugrís o el
poeta Antón Avilés de Taramancos―. La ajustada traducción de Teresa Seara nos
permite acceder a los versos fieramente humanos de un libro original y lúcido,
que demuestra que la auténtica poesía está hecha de la misma materia que los
sueños.
Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 18 de octubre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
lunes, 1 de septiembre de 2014
sábado, 16 de agosto de 2014
Fracasar mejor y Ahí es nada, de Jorge Riechmann
El
subtítulo de Fracasar mejor (“Fragmentos,
interrogantes, notas, protopoemas y reflexiones”) ilustra el carácter
heterogéneo de este volumen y la vocación heterodoxa de su autor. Jorge
Riechmann (1962) reúne aquí varias consideraciones sobre una sociedad
fracturada, que necesita cuidados paliativos y terapias de choque. El pellizco
mental del aforismo coexiste con la razón dialéctica del silogismo, al tiempo
que los intertextos ajenos se engarzan naturalmente en la propia cadena
discursiva. En estas páginas, Riechmann reivindica la escritura como un servicio
público donde cabe todo, desde la lírica volandera del haiku hasta la mundanal
prosa de los porcentajes bursátiles. La denuncia de una realidad sucedánea se
confabula con un afán indagatorio que desconfía de los credos maniqueos, modera
las euforias relativistas y se vacuna contra los sarpullidos apocalípticos. Frente
a un sistema biocida y una cultura
autoinmune, este libro postula un humanismo trágico, capaz de reinterpretar el
mitologema de Prometeo y de dignificar el fenomenal batacazo de Ícaro: “No se
trata de ascender sino de aprender a caer, caer con arte y esmero. En suma,
fracasar mejor”. A lo largo de este compendio de filosofía sostenible destacan
las anotaciones que aluden a los brotes verdes de una naturaleza tan maltratada
por la especulación urbanística como por las gabelas del turismo ecológico. Asimismo,
el autor se arriesga a dar una nueva vuelta de tuerca a viejos dilemas, como
los sempiternos debates sobre la función del artista o la utilidad de la
poesía: “Entonces ¿la poesía no sirve para nada? Amiga flautista, amigo cantor:
tú sabrás”. Sin temor a alzar la voz ni a constatar lo obvio, Riechmann dirige
sus palabras recias a los oídos sordos de una tecnocracia que ha decidido
transgredir “los límites biofísicos del planeta”, hipotecar la convivencia y
poner el futuro entre signos de interrogación. Más cerca del pesimismo de la
inteligencia que del optimismo de la voluntad, Fracasar mejor nos recuerda que la lírica representa lo contrario
del marketing, o que “la socialidad es a Facebook lo que la felicidad a la
Coca-Cola”.
Por su parte, Ahí es nada recopila materiales procedentes de diversos diarios de
trabajo, desde Una morada en el aire
(2003) hasta el inédito La pluma del
arrendajo, además de paratextos que han acompañando a algunos de los
poemarios del autor. El hilo conductor del ensayo es la formulación de una
“poética del ahí”, entendida como un
modo de estar en el mundo y de fortalecer los vínculos solidarios entre los
inquilinos de nuestro planeta. El adverbio ahí
no solo sintetiza los valores de una ética portátil, sino que señala un lugar
de encuentro entre el yo y los otros, entre el compromiso con lo inmediato y la
“fabulosa intensidad de la vida común”. La fusión de poesía y verdad, la
defensa de la belleza cotidiana o la tensión entre el desaliento y la esperanza
son otras de las acepciones que concurren en ese ahí admonitorio: “Tarea del intelectual: no mirar hacia otro lado. O sea, mirar ahí”. La última parte del libro está protagonizada por otro
adverbio: no. La fuerza
revolucionaria de “la sílaba del no”
―según expresión de Juan Carlos Rodríguez― condensa la insubordinación ante el
orden establecido y el conocimiento de los propios límites: “Sé que soy de los
que buscan, no de los que logran”. En el impulso de esa búsqueda, Jorge
Riechmann está construyendo uno de los proyectos más sólidos y coherentes de la
actual poesía española.
Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 16 de agosto de 2014
sábado, 26 de julio de 2014
Diciembre y nos besamos, de Paula Bozalongo
El primer libro de Paula Bozalongo (Granada, 1991), por el que ha
obtenido el Premio “Hiperión”, no teme abrirle al lector las compuertas de la
intimidad. A la vez diario cómplice y cancionero de ausencias, Diciembre y nos besamos despliega un
horizonte vital cuya geometría oscila entre la línea recta y el círculo
vicioso. Uno de los hallazgos de esta propuesta reside en su habilidad para
sortear el abismo de la emoción explícita mediante una serie de alegorías
visuales que remiten a la arquitectura (la casa deshabitada como imagen del
abandono), la geología (la metamorfosis del sujeto en cueva humana) o la
escultura (la frialdad de Bernini como encarnación de la distancia). De hecho, la
‘Canción de despedida’ que cierra el volumen ―y que funciona a modo de
nerudiana canción desesperada― propone una recreación retrospectiva de la
propia historia amorosa como si fuese un tratado de urbanismo: “Dibujó alguien
un plano / y construyó una vida / dentro de una ciudad de servilletas”. Junto a
la evocación de la intemperie doméstica, hallamos varios puntos de fuga en
aquellas composiciones que transitan por las cicatrices de la vieja Europa
(‘Sarajevo’, ‘Berlín’) o que se acompasan a los sonidos del Nuevo Mundo (“En
Central Park la música se parece al silencio”). Cierto es que a veces se echa
en falta una mayor concreción en el desarrollo argumental y en la selección
léxica de los poemas, por lo que vendría aquí al pelo el consejo de un sabio
Pere Gimferrer a un joven Leopoldo María Panero: “en poesía manzana es siempre preferible a soledad”. Con todo, Paula Bozalongo ha
irrumpido en el panorama literario con un libro sugerente y contundente, de
impecable factura técnica y de atmósfera elegiaca. Cabe esperar que los títulos
posteriores de la autora conviertan en grávidas evidencias los prometedores
indicios que contienen estos versos
Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 26 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
domingo, 13 de julio de 2014
sábado, 5 de julio de 2014
La isla que prefieren los pájaros, de Vanesa Pérez-Sauquillo
En las últimas
entregas de Vanesa Pérez-Sauquillo se advierte una fusión de las distintas
vetas que coexisten en su obra poética: el calado simbolista y la trama
narrativa, el verbo sentencioso y la plasticidad visual, la corteza anecdótica
y el meollo trascendente. Si Climax Road
reinventaba la iconografía norteamericana de la generación beat, La isla que prefieren los pájaros nos
traslada a la abrupta geografía irlandesa como decorado de un viaje que ―como
todos los viajes que valen la pena― supone también una aventura cosmovisionaria.
Aunque este es un libro de atmósfera envolvente, los logros de Pérez-Sauquillo
no se limitan a la pincelada efímera ni a la decoración de exteriores. Hay en
estas páginas una suerte de filosofía moral que se va desplegando a través de
secuencias cortas que funcionan como fábulas sin corolario o como máximas
mínimas. La exaltación de la naturaleza viva frente a la lengua muerta del
consumo, la denuncia de los árboles accesorios que nos impiden ver el bosque
sustantivo, o la crítica del horror vacui
en el que hemos convertido la convivencia (“Huecos por los que el hombre //
también // asfixia al hombre”) cristalizan en un réquiem por los excesos de la
civilización y en un elogio de la intemperie. Más allá del ecologismo
bienintencionado, la autora reivindica un lenguaje capaz de transformar la
languidez del vistazo en la fuerza de la mirada: “El paisaje / nos sale de los
ojos”. La inteligente deslexicalización de frases hechas, la rotundidad
apodíctica de los versos y la versatilidad en el manejo de las formas breves
(para muestra, un haiku: “Piedra limpia de barro. / Desde la rama / el muro es
un camino”) dan prueba de la riqueza de un volumen donde las metáforas aéreas
alternan con los grávidos hallazgos. Si John Donne escribió que ningún ser
humano es una isla, y Simon y Garfunkel no dudaron en enmendarle la plana, Pérez-Sauquillo
opta por el sabio término medio: “Seremos isla, algunos días, / pero la isla
que prefieren los pájaros”. No se pierdan este libro de una intensa y rara
belleza, que dice cosas profundas con apariencia de levedad.
Una versión abreviada de esta reseña ha aparecido en el suplemento "Babelia" del diario El País,
el 5 de julio de 2014
el 5 de julio de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






