sábado, 6 de diciembre de 2014

Alberto Santamaría lee PASEO DE LA IDENTIDAD

Hay unas palabras de Wallace Stevens que siempre regresan, de un modo u otro, cuando hablo de poesía, pero que no por ello dejan de fascinarme. Son estas: “El poeta romántico hoy día es alguien que vive en una torre de marfil”, pero esa torre de marfil tiene “singulares vistas a vertederos públicos y a los letreros de las salsas Snider, del jabón Ivory y de los coches Chevrolet; es un ermitaño que vive solo, en compañía del sol y de las estrellas, pero que reclama que le sirvan el infecto periódico”. Es esta contradicción, esta tensión de fenómenos, lo que el propio Stevens denominaba presión de la realidad. El poeta se siente presionado entre la trascendencia y la cotidianidad, pero no tiene por qué elegir, tan solo dedicarse a ser un turista, un flâneur o un habitante de ese límite, de esa presión. En fin, aunque el libro de Luis Bagué no puede considerarse un libro stevensoniano en sentido estricto, sí que recoge la idea fundamental: la imposibilidad de hallar un centro, un lugar estable para el yo, para la identidad, y por lo tanto toda identidad es leída como esquiva, imposible de delimitar, imposible de aclimatar ―y esta palabra me parece que encaja perfectamente― a un único lugar, a un único contexto. Esta imposible individualidad está detrás, al menos así creo, del libro de Luis Bagué, Paseo de la identidad. Y dicho esto, no me cabe duda de que la palabra fuerte no es identidad, sino que el peso fundamental del título (y del libro) recae en el concepto de paseo. El paseo se identifica directamente con una necesidad de cambio, de movimiento. De esta forma, según creo, el libro dispone un escenario, un escenario móvil, cambiante, eternamente variable. Este sería un primer acercamiento. Al pasear por el mundo, por la realidad, vamos dejando caer nuestras pequeñas gotas de identidad. El paseo es por lo tanto la forma desde la cual uno se impregna de realidad mientras, al mismo tiempo, se desprende de su propia identidad. He ahí la ruta. La identidad es un proyecto que siempre está en ruinas. La pregunta es: ¿cuáles serán nuestras ruinas? ¿Starbucks? ¿Chinatown? Dicho esto, creo que Paseo de la identidad es un título magnífico, ya que recoge su propia imposibilidad: toda identidad es un paseo y en todo paseo nos deshacemos de nuestra identidad como de un traje viejo.

        Descendiendo. El libro se compone de tres partes: “Mecánica terrestre”, “American landscapes” y “Escala real”. En la primera parte, “Mecánica terrestre”, nos encontramos con una serie de poemas que certifican los dos movimientos que antes mencionamos: el movimiento, el viaje, y, al mismo tiempo, la fractura continuada de la identidad. Pero añade un elemento que estará presente y que no he mencionado antes: la importancia de la mirada. El ver, el acto de contemplar, es quizá la mejor imagen de esa contradicción entre el yo y el lugar. Por eso el poeta se sitúa dentro y fuera del poema al mismo tiempo, y por ello pone sobre la mesa unas excepcionales ekphrasis que recuerdan al mejor William Carlos Williams de los Cuadros de Brueghel, por ejemplo.

       En el primer poema, “Oración en Starbucks”, leemos: “Starbucks es el mundo”. Así comienza el libro, con una definición, con un axioma. No es simplemente un gesto irónico, evidentemente, es más, podríamos verlo como un impulso alegórico con fuerte trasfondo social. Decía Marx aquello de que el consumo es también producción y que, por tanto, todo acto de producción necesita un acto de consumo para existir realmente.

      Ahora bien, en “Teoría del retrato” es donde el poema penetra en los problemas de la identidad. Se trata de un díptico a partir del trabajo de dos artistas. “Suburbia”, el fotolibro de Bill Owens, le sirve a Luis para poner sobre la mesa, sobre el papel, la complejidad misma de la existencia, pero sobre todo su autodestrucción. Escribe: “En un proyecto civilizatorio / nada debe soñar a la intemperie”. La segunda parte del díptico responde a una auténtica lección magistral de ekphrasis. En ella la excusa es Olympia de Robert Bechtle. Leemos: “recuperar / el aura: / la inocencia / de lo que ya no puede repetirse. // Camiseta naranja, shorts / azules, la luz / descolorida tras las gafas / de sol. / Nos brinda el primer sorbo / de una cerveza / Olympia”. No hay rastro de Manet, la Olympia de Manet ha dejado su lugar, su pose, para adquirir otro rostro. Lo que no puede repetirse, ese es el paseo y esa es la identidad. Escribe al final del poema: “No hay más de lo que ves. / Ni rastro / de ironía, ni sombra / de argumento”. Y aquí otra palabra clave: argumento. El argumento, todo argumento, sirve para crear una ficción de orden, la ficción inaugural según la cual la realidad se dispone linealmente, con una clara relación causa-efecto, pero la vida carece de argumento, de hecho vivir es lo opuesto a tener un argumento. O por ejemplo, la obra de Antonio Berni en el poema “Narrativas argentinas”, un magnífico tríptico. Una de sus pinturas, de 1981, da pie al poema “Aerolíneas argentinas”, donde se ve o se lee un cuerpo yaciendo en la playa y donde es posible leer de fondo una lectura de la represión argentina. Allí, Bagué pasea, pasea por esta y otras obras. Escribe: “Los desaparecidos / se limitan a desparecer / en playas siderales / bajo la alfombra de los continentes”.

       La segunda parte, “American landscapes”, se compone de fragmentos, en muchos casos de tintes aforísticos, donde trata de penetrar en el paisaje americano, en concreto en tres paisajes, por los cuales pasea: Palo Alto, Chinatown, Yosemite. Con cierta ascendencia whitmaniana leemos en el último poema: “Su espíritu es el cambio. No caducan / las hojas, sino las generaciones / de las hojas. Mudar es su costumbre”. Y eso, exactamente, es lo que hacemos nosotros en cada uno de nuestros paseos de identidad: mudar, mutar, transitar.

      La tercera sección, “Escala real”, vuelve a escenificar el problema entre la mirada y lo mirable a través del arte. En concreto arranca con “Tríptico Lumière”, un magnífico poema que recorre los problemas entre el medio técnico y lo presentado. Los obreros que salen de una fábrica, “Pulso play. Enumero: / tabaco en picadura y rostros a troquel, / cadena de montaje / de actores indistintos”. Y más adelante: “Faldas almidonadas y faldas de algodón / en un duelo dialéctico”. Y al final del tríptico: “¿Qué diferencia ves / entre la filmación y lo filmado?”. O, ¿cuál es el límite entre el lenguaje y la realidad? En esta sección, como decía, el arte tiene su presencia importante. En el tríptico “Mapa de carreteras” tenemos claramente la escenificación de ese viaje sentimental del que hablaba antes, pero donde igualmente aparecen Hopper y las autopistas. Escribe: “Las autopistas siembran tempestades en los parques eólicos”, y al final: “Con sus aspas promueven / el milagro de un cielo renovable”. También hallamos la maravillosa lectura de la obra de Courbet El origen del mundo, que concluye con esta maravilla: “Mi forma de perder tiempo mirándote, / el aspecto verbal de tu desnudo”. Y es que la forma de manejar el lenguaje por parte de Bagué se relaciona a la perfección con su interés por la imagen. Se trata de un lenguaje que dialoga perfectamente con la imagen, en un flujo constante. De este modo, aunque muchos poemas tengan como referencia o punto de partida una imagen, una obra, una película, el lenguaje poético no es plenamente deudor de esa imagen. Lo que extrae Bagué es, precisamente, ese aspecto verbal de la imagen. Algo, por lo demás, altamente complicado, y donde el ritmo es clave. Y hacia el final del libro leemos: “Las palabras que nos salvan la vida / son las mismas que pueden condenarnos a muerte”.

      En definitiva, y para concluir, este Paseo de la identidad esconde, como ven, una amplia masa de lecturas, irradiando sentido, como los grandes libros, en muchos y muy diversos sentidos. Un libro cuyos niveles de lectura permiten que podamos enfrentarnos a él desde lugares diferentes. Un paseo, eso sí, que trata de decirnos que no somos los mismos a cada paso.

 (Publicado en Turia, núm. 112, pp. 479-482)

lunes, 1 de diciembre de 2014

31 poemas, de David Mayor



El nuevo libro de David Mayor (Zaragoza, 1972) exhibe la rara virtud de la modestia en un gremio poco proclive a las lecciones de humildad. El título denotativo del volumen, la breve extensión de las composiciones y las características del sujeto que las protagoniza suscriben una poesía en voz baja, ajena a las cabriolas retóricas y a las expansiones subjetivas. Sin embargo, no conviene despachar 31 poemas como un aplicado libro menor, pues esta es una de esas felices excepciones en las que un autor ofrece mucho más de lo que promete.

            De las tres partes en las que se divide el conjunto (“A pasos de distancia”, “El libro de los viajes” y “Domicilio”), la primera y la tercera incluyen sendos poemas que funcionan como prólogo y epílogo, respectivamente. Asimismo, la cita inicial de Rafael Cadenas resulta sintomática de un proyecto de escritura que se concibe como un arte de la mirada y una indagación en los detalles insospechados de la cotidianidad: “Soy prosa, vivo en la prosa, hablo prosa. La poesía está allí, no en otra parte”, afirma Cadenas. Si en su primer libro David Mayor admitía buscar la felicidad En otra parte, aquí pacta una tregua transitoria con sus coordenadas existenciales. En este lado de la vida se sitúa una “Advertencia” preliminar que tiene más de declaración de intenciones que de aviso para navegantes: “Mi trabajo es la aproximación, / subrayar con tinta muy licuada / la vida que cambia de acera, / habla lo justo y mira a los ojos / sin parecer un hombre asustado”.

            Los textos de la sección central proponen un recorrido alrededor de la órbita del sentido. El yo que se esconde en el hueco de los pronombres y que se define como un corredor de fondo ―igual que el personaje de la película de Tony Richardson― dota de espesor humano a una veta epigramática que aúna la sentencia moral, la mirada crítica y un leve poso de ironía. Elusivos y alusivos al mismo tiempo, los versos de David Mayor albergan el sombrero de Gene Hackman en French Connection (“Pork pie hat”), las canciones de Blondie, las pesadillas de Poe y los malabarismos futbolísticos de Frank Ribery: “El mundo se ha vuelto tan explícito / que apenas hay regate para salvarse”. Cerca de la densidad semiológica del pop art, pero sin su acumulación simultaneísta ni su tendencia al pastiche, el autor entona un réquiem por los vestigios de un mundo perdido en el que aún era posible salir con “La hija del capitán”, conocer a “La mujer del año” o convertirse en corsario a las órdenes del Capitán Kidd. Así se advierte en “Feria del libro”, a la vez elogio de la lectura y elegía por el fin de la literatura: “Te preguntas qué ocurrirá / cuando acaben los libros. / El día, la fecha, el lugar. // E imaginas un galgo detenido / en un descampado, / a un mortal en la guerra de Troya, / a un quijote / en busca de trabajo”. A medio camino entre el placer de las palabras y el misterio de los objetos, los títulos de estos 31 poemas funcionan como los enigmáticos rótulos de Magritte, ya que no se limitan a introducir un tema, sino que a menudo polemizan con el contenido. Las fricciones entre texto y contexto se aprecian en “La Mostra de Venecia”, que contrasta los fastos de un gran festival cinematográfico con el ritual del cine de los viernes; en “París-Dakar”, que transforma el deporte de alto riesgo en áspera metáfora de la existencia; o en “Pesca con mosca”, que le permite al sujeto enunciar una peculiar teoría de la relatividad (“Hay tres puntos de vista: / el tuyo, el mío y la verdad”). En otras ocasiones, el nomadismo virtual de David Mayor conduce a la puerta de la calle. Ejemplo de ello son “Prenzlauer Berg”, postal berlinesa de un “esplendor venido a menos”, y “Salir de casa”, autorretrato quimérico de quien quizá “se equivocó de siglo, de oficio, de país”. El volumen se cierra con “Vida secreta”, un cuadro hopperiano dedicado a la memoria del padre del escritor: “Hay un hombre con sombrero / al otro lado del cristal, el semáforo / en ámbar”.

            En definitiva, los aciertos de 31 poemas no solo residen en su complicidad retrospectiva, en su crónica de la insatisfacción contemporánea o en las mezclas que convergen en su redoma cultural. Además, cabe destacar la exigente apuesta por un discurso donde la ética y la estética se complementan a la perfección. Al fin y al cabo, solo quien ha aprendido a despojarse de lo accesorio es capaz de capturar la palpitación cordial de las cosas que importan: “la vida fiel a la vida, / el silencio nítido / de lo que pasa inadvertido”.

Publicado en la revista Paraíso, núm. 10, 2014, pp. 187-189

jueves, 27 de noviembre de 2014

Víctor Botas, veinte años después


José Luis García Martín afirmaba, en el prólogo a la Poesía completa (La Isla de Siltolá, 2012) de Víctor Botas, que este había sido un poeta con buena suerte, al menos por lo que concierne a su suerte literaria. Y no le faltaba razón. El pasado 23 de octubre se cumplieron veinte años de la muerte del autor de Historia antigua, un intervalo que permite valorar con suficiente distancia la pervivencia de un escritor sin condenarlo aún a las polvorientas hornacinas del canon. La conclusión es que Botas ha empezado a adquirir la doble aureola de “clásico contemporáneo”, un estatus paradójico que al cabo exigirá que se desprenda de una de esas dos condiciones: o bien para ser reconocido como un clásico sin aditivos ni conservantes, o bien para encabezar el pelotón de los gregarios. Aunque sus veredictos no siempre sean acertados ni unánimes, el tiempo y la fortuna se pronunciarán al respecto. 

Desde su primer libro, Las cosas que me acechan (1979), Víctor Botas se sumó a la renovación de las pirotecnias novísimas, pero se resistió a disolver su personalidad en la efervescencia de las corrientes que surgieron al filo de los ochenta. Por sus versos transita un personaje cotidiano que reflexiona sobre los tópicos eternos con saludable escepticismo y gozosa ironía ―una mezcla que el autor definió como “sonriente coña beatífica” en “Asturcón”, uno de sus poemas memorables―. No obstante, la singularidad de su discurso no se explica sin el recurrente arsenal de la tradición grecolatina. En sus mejores entregas ―Historia antigua (1987) y Retórica (1992)―, Botas abrió de par en par las puertas del museo arqueológico, se perdió entre los laberintos de la mitología y salió al rato disfrazado de romano. Su vivo diálogo con los clásicos y su paseo por las ruinas de Grecia y Roma lo convirtieron en un culturalista a contrapelo, para quien Venus, Apolo o Teseo no eran más que ilustres secundarios, susceptibles de recibir sus dardos envenenados. Si las sátiras y epigramas de Botas desvelan la cara oculta del pasado, sus obsesiones presentes cristalizan en un cancionero neurótico y sentimental que requiere que los lectores se erijan en cómplices de sus peripecias. Ni siquiera cuando ejerció de traductor vengativo (Segunda mano, 1982), o cuando se plegó a las convenciones de la escatología (Aguas mayores y menores, 1984), renunció a un lenguaje poético que tensa sus posibilidades expresivas sin llegar a fracturarse.

Entre las conmemoraciones de este aniversario botesco cabe destacar la exposición Víctor Botas veinte años después, de la que es comisario José Havel. Las primeras ediciones, los manuscritos inéditos, las cartas autógrafas y las fotografías familiares o gremiales no solo dan testimonio de una sostenida vocación lírica, sino del caldo de cultivo en el que fermentó la obra de Botas. Los cuadernillos de la tertulia Oliver, sin ir más lejos, constituyen una apasionante invitación para indagar en la vorágine cultural de los años ochenta y noventa. No menos interés reviste la publicación de Carta a un amigo y otros poemas (Impronta, 2014), que demuestra que Víctor Botas también tuvo una prehistoria literaria, a pesar de sus denodados esfuerzos por negarla (no así por ocultarla a la posteridad, pues ordenó escrupulosamente sus textos). Esta colección de inéditos, fechados entre 1976 y 1978, descubre a un poeta incipiente, pero que anticipa algunas vetas del filón que explotaría después. Sin duda merece la pena entrar en la cocina creativa de Botas. Además, el seleccionador ha tenido el buen juicio de no mezclar las recetas experimentales con el menú degustación. Para aquellos que aún no hayan hincado el diente a los versos de Botas va dirigida esta advertencia: es probable que sus palabras sobrevivan al tiempo “que en Babilonia destruyó las rosas, / que terminó con Júpiter y a polvo / redujo los imperios y las caras / (que todo se lo lleva por delante / como un rinoceronte enloquecido)”. 














Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 27 de noviembre de 2014

jueves, 30 de octubre de 2014

DIVERSO.ES, de Adolfo Cueto



Cuando se trata de entrar en harina poética, algunos autores miran instintivamente al cielo, acaso con nostalgia olímpica por aquellas alturas en las que los vates vivieron instalados hasta que la historia los apeó de su celeste pedestal. Otros, más cautelosos, prefieren mirar al suelo. Sin duda, Adolfo Cueto (1969) pertenece a esta segunda categoría. Por eso, su último libro defiende una poética sísmica “a ras / muy de tierra”, que aspira a remover conciencias y a conmover espíritus. Después de Palabras subterráneas (2010) y Dragados y Construcciones (2011), Diverso.es (2014, Premio “Ciudad de Burgos”) nos invita a adentrarnos en la vorágine de una realidad punto es en la que la contemplación exterior se acompasa con la respiración íntima del sujeto. Como todo work in progress que se precie, el nuevo libro del autor se presenta bajo el envoltorio de un viaje circular, a la vez odisea colectiva y epopeya privada.

            Uno de los rasgos sustantivos de la obra de Cueto es la continuidad entre mirada y escritura, de tal manera que el poeta parece registrar los acontecimientos al mismo tiempo que estos suceden. Esa simultaneidad perceptual genera una pauta de lectura que nos sumerge en el vértigo de la sociedad contemporánea. El ritmo germinativo de los versos, en los que abundan los escorzos y encabalgamientos abruptos, puede adoptar el aliento musical de una sinfonía o transmitir su mensaje con la contundencia de una ametralladora: “Noche de azul / inverso, carreteras cortadas / nuevamente, lo mismo / que esta página en blanco se hace tuya, / mía, nuestra; esta página rota”. En efecto, Diverso.es empieza con un pie en el acelerador y los ojos clavados en el parabrisas. Desde ese momento asistimos a una road movie alrededor de un “mundo / fracturado”, que en ocasiones exhibe sus cicatrices con obscenidad (las ruinas capitalistas de una “Fábrica abandonada”) y en otros casos manifiesta una belleza inadvertida. Si Rafael Morales entonó un hondo y doloroso cántico al cubo de la basura, Cueto también logra redimir los paisajes industriales y posapocalípticos que atraviesa mediante un lirismo compasivo.

            Esta radical impureza cristaliza en “Mar de cemento”, un retablo en seis partes que funciona como un himno a la deshumanizada megalópolis moderna y como un entrañado homenaje a la ciudad de Madrid. Aunque el turbión visionario remite al aquelarre madrileño de Fernando Beltrán, y aunque algún jirón expresionista nos recuerda que Dámaso Alonso contabilizó más de un millón de cadáveres vestidos de paisano, Cueto consigue modular esas resonancias con voz propia y alzar un monumento a la transitoriedad: “mar / de cristales furtivos, qué rápido, qué / velozmente van los días, pasan coches: van pasando / la noche altiva y el taxi”. Junto con esa veta urbana, en Diverso.es hay espacio suficiente para la reflexión cívica (“Japón, 11-M”, “Fosa”) y para la combustión amorosa. Gracias a una singular resemantización de los objetos cotidianos, un extintor bien puede servir como emblema del fuego erótico. Del mismo modo, el gozoso misterio del cuerpo se convierte en un “rizoma / de amor”, donde no faltan ni la intemperie (“Sin techo”) ni la fragilidad (“Palacio de cristal”).

            En suma, la reivindicación de una escritura mestiza, fabricada con materiales perecederos, anima un proyecto cargado de soterrada ironía y energía crítica. Tras el envío final, estamos deseando que Adolfo Cueto vuelva a hacer las maletas y a transitar por las autopistas ―reales y virtuales― de un universo globalizado. 


Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 31 de octubre de 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Os ángulos da brasa / Los ángulos de la brasa, de Manuel Álvarez Torneiro



Manuel Álvarez Torneiro (La Coruña, 1932) obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Os ángulos da brasa, que ahora se presenta en edición bilingüe. Se trata de un libro de empaque cosmogónico, donde conviven el trazo preciso y el vuelo visionario. Dividido en tres secciones, el autor transita en ellas por los núcleos de la identidad: el paso del tiempo, los sentimientos privados y la memoria colectiva. Con todo, las mayores aportaciones de Los ángulos de la brasa se concentran en su meollo expresivo. No en vano, la principal apuesta del volumen reside en un discurso en constante ebullición, llevado por las iteraciones anafóricas, los burbujeos imaginativos y la incandescencia de un lenguaje que pone una vela a Horacio y otra a Blas de Otero: “El realismo es una noche / conversando con Rulfo. / Y el entierro de un perro cayendo la tarde, / la tala de un magnolio que sabía de Heráclito / y la vuelta de Ezra Pound / a caballo de un tiempo de miseria”. Asimismo, en la redoma lírica se mezclan los ingredientes de una educación cultural, desde la mujer con alcuza de Dámaso Alonso hasta los disparates celestes de Marc Chagall, desde el gozoso allegro de Vivaldi hasta los “heraldos enlutados” de César Vallejo. Entre la celebración de la belleza y el arrastre elegiaco, la trama de los días se va tejiendo con los hilos de la cotidianidad (“Era jueves, lluvioso, / puntualmente invierno, / y sin mayor noticia”) y con la aguja del realismo mágico (“Hay que dejar a Aníbal con sus elefantes / en algún limbo fantástico”). La intemperie existencial, el “cuerpo a cuerpo” del amor y la reivindicación de la utopía entroncan con el compromiso cívico de algunos niños de la guerra, pero sin renunciar a la heterodoxia de otros compañeros de viaje ―como el pintor Urbano Lugrís o el poeta Antón Avilés de Taramancos―. La ajustada traducción de Teresa Seara nos permite acceder a los versos fieramente humanos de un libro original y lúcido, que demuestra que la auténtica poesía está hecha de la misma materia que los sueños.

Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 18 de octubre de 2014