jueves, 25 de octubre de 2012

El artista y sus modelos

“No fue sujeto hermoso; la hermosura / libre de humanidad fue lo que viste / y asombrado de luces te cegaste”. Con estas palabras reprendía el poeta barroco Luis de Ulloa y Pereira “al pintor que no sacó parecido el retrato de Celia”. El intento de calcar la perfección no es una simple cuestión de pulso, sino un complejo asunto de pasiones humanas. A confirmar esta hipótesis se consagra El artista y la modelo, de Fernando Trueba. El cineasta diseña la escenografía de un retrato: el que el anciano escultor interpretado por Jean Rochefort intenta realizar a partir de la joven encarnada por Aida Folch. La relación dialéctica entre el artista y la modelo se troquela aquí sobre el telón de fondo de la historia colectiva. Con todo, la atmósfera del taller protagoniza las mejores secuencias del filme. En esa localización —similar a la caverna de Vallauris donde Picasso manufacturaba extraños objetos poco después de las fechas en que se ambienta la narración— asistimos al milagro del arte y al ensamblaje del ensayo. A diferencia de Picasso, el escultor filmado por Trueba no se tropieza con la inspiración: busca la idea que le permita transformar sus bocetos en materia palpitante. Si cabe hacerle un reproche al guion de Jean-Claude Carrière es que descienda a mostrarnos la obra acabada. A mi juicio, habría sido preferible dejar a la imaginación del espectador el retrato que subyace tras la trama de este atractivo tapiz al celuloide.
          Mientras veía la película de Trueba, me vino a la memoria La obra maestra desconocida, la novela corta que Balzac publicó en 1831. En aquel relato, François Porbus y el joven pintor Nicolas Poussin visitan al maestro Frenhofer, que ha dedicado su vida a perfeccionar el retrato de una hermosa cortesana, titulado La belle noiseuse. Según Frenhofer, su obra maestra exige constantes retoques, por lo que se niega a exhibirla ante el público. Cuando Poussin y Porbus logran convencer a Frenhofer de que les muestre su trabajo, el resultado es decepcionante: una amalgama de colores densos bajo los que apenas se distingue el contorno de una figura humana. No obstante, en un vértice de la tela se aprecia el rastro de una verdad poética que ha escapado a la pulsión desfiguradora: “Al acercarse percibieron, en una esquina del lienzo, el extremo de un pie desnudo que salía de ese caos de colores, de tonalidades, de matices indecisos, de aquella especie de bruma sin forma; un pie delicioso, ¡un pie vivo!”. El pie es el heroico superviviente de un cuadro a la fuga, el fragmento que condensa la belleza ideal de su modelo. La belle noiseuse descrita por Balzac también tuvo una adaptación cinematográfica libre en La bella mentirosa, dirigida por Jacques Rivette en 1991. Frenhofer es aquí Michel Piccoli, y su modelo la actriz Emmanuelle Béart. En la película, el cuerpo desnudo funciona como una naturaleza muerta que el pintor trasplanta a sus papeles con precisión quirúrgica. Frente a la mirada compasiva de Trueba, la perspectiva forense de Rivette ejemplifica la violencia conceptual que enfrenta al creador con su criatura. Cuando Frenhofer le pregunta qué le parece su retrato, la bella mentirosa responde: “Una cosa fría y seca”. Y esta vez dice la verdad.
            En la última vuelta del camino, el pintor y la modelo ya no trasladan sus batallas de amor al campo del lienzo. El Ticiano crepuscular que Cernuda convirtió en personaje y álter ego (“Ninfa y pastor, por Ticiano”, en Desolación de la Quimera) ilustra el recorrido desde el deslumbramiento erótico hasta la cristalización de la melancolía: “Acaso cerca de dejar la vida, / De nada arrepentido y siempre enamorado, / Y con pasión que no desmienta a la primera, / Quisieras, como aquel pintor viejo, / Una vez más representar la forma humana, / Hablando silencioso con ciencia ya admirable. // El cuadro aquel aún miras, / Ya no en su realidad, en la memoria”. 

(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 25 de octubre de 2012)

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