Por una vez, todos estamos de acuerdo: queremos carbón. Lo
reclaman quienes forman parte de una marea negra con alma blanca (aunque algunos
griten “arma” en vez de leer “alma”). Se lo “piden” los políticos para administrárselo, en dosis homeopáticas, a la afición en general. Y
el resto del mundo se lo entregaría encantado, en dosis letales, a los políticos.
Los Reyes Magos, como de costumbre, se encogen de hombros.
martes, 17 de julio de 2012
sábado, 14 de julio de 2012
lunes, 2 de julio de 2012
El vestuario
Después de que nuestra selección se coronase tricampeona con
una goleada a Italia (hace años, este habría sido el inicio de un relato de
ciencia ficción), el más elocuente fue Piqué: en el vestuario, dijo, cada uno
iba a su bola. Podría haber añadido un expletivo en su respuesta, pero se
abstuvo juiciosamente. La definición resultaba inmejorable: allí, Casillas le
daba tientos a una botella de cava, el señor del Bosque estrechaba manos con
vehemencia y recibía parabienes como quien no quiere la cosa, Reina brincaba
como si las mismas alas de Nike propulsasen su vuelo, y a Iniesta no había
quien no le diera un cariñoso calbote o le tirara cariñosamente de los mofletes.
En cuanto a las autoridades, el presidente miraba al príncipe, y este al presidente.
Cuando se aburrían, iban a darle la mano al señor del Bosque, o a propinarle un
cariñoso capón a Iniesta, o a saltar con Reina, o a brindar con un sorbito de
champán. En tal escenario, ni Plácido Domingo cantaba La Traviata, aunque de
vez en cuando mirase el reloj como quien pierde el vuelo a Zúrich. Por un
momento, animado por el ardor guerrero de la victoria, pensé que los vestuarios
de nuestra selección eran una metáfora del país. Luego, menos eufórico, caí en
la cuenta de que nos quedábamos sin expiación colectiva hasta 2014. Como están
las cosas, Dios sepa quién viva.
viernes, 29 de junio de 2012
Memento hominem
La nueva entrega
de Antonio Gracia se presenta bajo el explícito rótulo de La muerte universal, y el no menos explícito subtítulo de Cosmoagonías. En efecto, el libro define
un territorio poético traspasado de angustia existencial, pero que cristaliza
en versos de tersa serenidad y de alta temperatura emotiva. La primera sección
del volumen, “El universo”, propone una remozada teoría del big bang donde los laberintos estelares,
las epifanías cuánticas y las galaxias ignotas metaforizan las inquietudes
ontológicas del ser humano. La invención de dioses y quimeras, la indomeñable “fuerza
del desaliento” y las preguntas a la esfinge de la naturaleza representan los
intentos del hombre por suturar sus abismos interiores. Sin embargo, se trata
de esfuerzos condenados de antemano al fracaso, aventuras ascensionales
calcinadas por el deslumbramiento o voces que se disuelven en el eco del vacío.
Esa liturgia astral, cuya vastedad expansiva remite al Canto cósmico de Ernesto Cardenal, se resume en “La muerte
universal”, emblema de una lucha que tiene tanto de selección natural como de
implacable resignación ante la evidencia de la caducidad: “Y antes de abandonarme
al gran osario, / anoté, persiguiendo algún consuelo: / también / todo dolor
desaparecerá”.
Ese aquelarre de las fuerzas
elementales se remansa en la entraña de la intimidad en el segundo apartado,
“El microcosmos”. A lo largo de veintidós poemas sin título, el autor relata la
epopeya de un individuo asomado al brocal de su finitud. La presencia obsesiva
de la muerte no solo transforma la vida en una perpetua danza funeraria, y al
sujeto en “presentes sucesiones de difunto”, sino que contempla el mundo como
un pudridero del que solo nos libra por momentos la oración de la carne. El
lenguaje expresionista, los vislumbres visionarios y la iconografía táctil
convocan la imagen de las postrimerías codificada en las pinturas barrocas de
Valdés Leal: “Mira cómo el gran templo de tu vida, / resuelto ya en ceniza y
podredumbre, / separa sangre y carne, hueso y alma”. La oscura noticia que
alienta en estos versos conduce a una sola posibilidad: certificar el acta de
defunción de cuanto nos rodea, levantar “el cadáver / de la existencia”.
La tercera sección, “Autopsia”,
consta de un único poema que es al tiempo lección de anatomía, hoguera de
vanidades y plegaria fraternal. El “hombre triste”, deus occasionatus o demiurgo voluntarista, opone su afán de trascendencia
a la pulsión destructiva que corrompe el sueño de la inmortalidad. La precaria
oscilación entre acabamiento y permanencia protagoniza la última parte del
libro, titulada “Las ruinas de la luz”. Antonio Gracia aspira a pactar aquí una
tregua con el dolor. El arte y la escritura son las armas con las que el poeta
se enfrenta a un destino inexorable, urdido con una caligrafía enigmática (“El
cíclope amanuense”) o impreso en la piel del desengaño (“Las ruinas de la
luz”). El homo scriptor toma la pluma
para evocar paraísos perdidos, redactar poéticas maceradas en lo inefable o dar
testimonio de epitafios sinópticos: “La pluma solo escribe ya epitafios. / La
arrebatada música de Scriabin / y el cielo acongojado de Van Gogh / acompañan
mi noche silenciosa”. Mientras el universo fluye hacia un apocalipsis anunciado,
la poesía de Antonio Gracia sigue cumpliendo una función lenitiva: guiarnos en
la travesía hasta “el resplandor fugaz de un infinito / o el regreso final
hacia la nada”.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 28 de junio de 2012)
lunes, 25 de junio de 2012
Saca la mano y grita gol
Mi demonio individualista me susurra que los hombres “tomados
de uno en uno / son como polvo no son nada”. Y mi lucifer solidario sostiene
que seguimos viviendo “en un viejo país
ineficiente, / algo así como España” entre dos crisis globales. Pero ni las
palabras de Goytisolo ni las moralidades de Gil de Biedma contaban con ese angelus novus que se cierne sobre la
maltrecha Europa en general, y sobre la rescatada España en particular: por
supuesto, me refiero a la Eurocopa. Con qué fervor, digno de Evasión o victoria, vivimos las
evoluciones de nuestra invicta selección, guiada por un instinto de triunfo que
ha hecho de las glorias pírricas y de las derrotas cantadas cosa del pasado. Nunca
he sido aficionado al fútbol ni he sentido como propios los colores de ningún
equipo, salvo por el muy saludable ejercicio de llevar la contraria. Sin
embargo, desde hace un tiempo, disfruto como un enano con nuestra exhibición de
esplendor en la hierba. Y, lo confieso, en mi muñeca izquierda baila una
pulsera con icono. Un Torquemada (¿Mourinho?) me acusaría de acogerme a la
peligrosa fe del converso. Un psicoanalista (¿Valdano?, ¿Guardiola?, ¿El señor
del Bosque?) me diagnosticaría algún complejo de etimología griega. Y no sé si
la barra brava blaugrana me recetaría pastillas contra el sarpullido nacional.
Pero yo bien sé que no se trata de nada de eso. Las dos velocidades europeas no
se juegan en el centro del campo, sino en el graderío. No vale más partido
rescatado que alineación por rescatar. Y sigo prefiriendo el pasaporte al DNI. Sin
embargo, cuando nuestra armada cuasi invencible salta al terreno de juego, como
impelido por un resorte, tengo la necesidad de gritar “No hay dos sin tres”.
jueves, 21 de junio de 2012
sábado, 16 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
Teoría narrativa
Lo vi ayer por la noche en 24. Hablaba con cierto desparpajo
y gesticulaba con desenvoltura, como quien acostumbra a perorar bajo los focos
de la actualidad. Por un momento temí que fuera a centrarse en los desastres de
la economía nacional, pero me tranquilizó saber que andaba bastante pez sobre
el asunto, más o menos como el común de los mortales. En realidad, había ido al
plató a desplegar su teoría literaria, a juzgar por las veces que pronunciaba
la palabra “narrativa”, con la delectación del que saborea un fruto extraño. He
de reconocer que, si bien la teoría no era demasiado original, no carecía de
coherencia. Creí entender que la tesis tenía su origen en las funciones que
Propp estableció para el cuento folclórico ruso, pero convenientemente
nacionalizadas. En su opinión, toda estrategia narrativa exigía un protagonista
colectivo (llamémoslo, por ahora, país) y un conflicto (llamémoslo placer
hipotecario, estigma crediticio o boquete soberano). A partir de ahí, cada
protagonista y cada conflicto se las arreglaban como buenamente podían, dependiendo
de dos variables secundarias: la genialidad del autor y la imprevisibilidad
argumental. En una de las opciones, el protagonista (colectivo) se ahogaba en
un implacable goteo de pagarés impagados. En otra vertiente, más optimista, se
endeudaba hasta el colodrillo, pero sobrevivía gracias a la magnanimidad de las
protagonistas (comunitarias) que pululaban por la trama: la alegre Marsellesa,
la caprichosa Helena, la pérfida Albión y la bárbara Germania. Finalmente, el
narratólogo proponía culminar el relato con la escenificación del rapto de
Europa. Cuando pulsé el mando a distancia, lejos de la presión de la
actualidad, me sentí íntimamente renovado. Ya dicen que alimentar el espíritu
no tiene precio.
sábado, 2 de junio de 2012
viernes, 1 de junio de 2012
On the road
Con Climax Road, Vanesa Pérez-Sauquillo
regresa a un territorio que conoce bien: el del libro unitario y polifónico,
filtrado por una densa bruma simbolista, pronunciado por un caleidoscopio de
voces y surcado por sorprendentes bucles irónicos, narrativos o descriptivos.
De este modo, la autora vuelve a recorrer una senda que ya transitó en Invención de gato, una de sus entregas
más insólitas y originales.
Climax Road aporta nuevas
coordenadas al universo de Pérez-Sauquillo. El libro se abre con un
poema-prólogo que muestra la levedad de lo real mediante el símbolo equitativo de
la balanza. Tras esa presentación, el primer apartado (“Farmington”) introduce al
lector en una cartografía deliberadamente ambigua. Aunque el citado topónimo
puede hacer alusión a varios espacios existentes, el Farmington literario es un
lugar edénico y mitificado, a medio camino entre el Brigadoon cinematográfico y las fugas bucólicas que jalonaban el
periplo urbano de Poeta en Nueva York (“Tu
infancia en Menton” o los poemas del campo de Newburg). No en vano, la
iconografía lorquiana reaparece aquí con una intensidad imaginativa modulada
por la voz singular de la escritora.
La segunda sección, “Niño de hierba”, está protagonizada por una criatura
frágil y misteriosa: el “joven de dulce tallo” que actúa como metáfora
germinativa, alegoría de la primavera o imagen primigenia del ser humano antes
de su extrañamiento de la naturaleza. En este horizonte eglógico, el “niño de
hierba” se erige en el numen protector que aspira a invertir un ciclo
discursivo caracterizado por la alternancia entre creación y destrucción: “Te
llamo y una tiza define los contornos, / constelación que viene a mí / que me
deshago / como un banco de peces / a tu encuentro”.
En la tercera parte, “Siete caravanas de insomnio”, la autora propone un tour por los siete pecados capitales, a
lomos de los cuatro caballos del Apocalipsis. El paisaje humanizado acoge ahora
a un paisanaje diverso, movido por los engranajes del deseo y por el motor de
la culpa. Los personajes que colonizan la geografía poética son individuos
desamparados que desean pactar con la vida y que cabalgan hacia la muerte. De
hecho, los nombres de esos personajes remiten a la epopeya beat que Jack Kerouac cantó en las páginas de En la carretera, y que Allen Ginsberg transformó en el lirisimo,
trémulo y expresionista, de Aullido.
Así, en estos versos confluyen la ávida sensualidad de Crazy Jane, la indómita
lujuria de Kurt, la irascible soledad de Liz, la soberbia belleza de Valerie,
la insípida gula de Tom, la pereza endémica de Ed y el envidioso fingimiento de
Maddie. A través de esas identidades fragmentarias, Vanesa Pérez-Sauquillo
condensa las transacciones afectivas y las pasiones mecánicas que gobiernan la
sociedad contemporánea.
La posibilidad de una lectura crítica de Climax Road se evidencia en la última sección: “La encrucijada”. La
huella de la inmigración y la tragedia del desarraigo se escenifican en el
nomadismo de los vendedores ambulantes expulsados de Farmington. La luminosa
fábula del libro se tiñe entonces de imágenes sombrías, carromatos oscuros y
refugios vacíos. Las avenidas de Climax Road se convierten en un bosque “al
rojo vivo”, atravesado por los raíles que guían los derroteros del presente.
Como si se tratara de una apretada écfrasis de la Casa junto a las vías del tren diseñada por Edward Hopper, la escritora
construye una arquitectura efímera, rendida al discreto encanto de las ruinas.
Las resonancias proféticas del texto conducen a la definitiva separación de
Farmington. En este éxodo, el despojamiento se contempla como la única respuesta
moral, “bajo mi caravana de pies fríos / y alegría de verano”.
En suma, Climax Road constituye un apasionante viaje a la semilla, relatado
con envidiable pulso verbal por Pérez-Sauquillo. Los espectros que pueblan
Farmington, como los dormidos
habitantes de Comala o los epitafios parlantes de Spoon River, sueñan con un
paraíso a medio hacer. Médium o transcriptora de sus inquietudes,
Pérez-Sauquillo sabe que “el interior es ya mundo exterior”. Atrévanse a dar
una vuelta por Climax Road.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 31 de mayo de 2012)
miércoles, 30 de mayo de 2012
Mañana (31 de mayo) en Alimentado Lluvias 2.0
En la Casa Bardín, sede del IAC Gil-Albert (c/ San Fernando, 44), a las 20.15. Allí nos vemos.
lunes, 28 de mayo de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
Carlos Fuentes en la zona sagrada
Como cualquier teórico de la recepción sabe —y así lo intuía
ya Heráclito en medio de su río dinámico—, nadie lee dos veces la misma novela.
También ha escrito Hanif Kureishi que no hay mayor crueldad que releer a Kerouac
en general, y En la carretera en
particular, cuando uno ha dejado de identificar el prurito de libertad con el
acné juvenil. Esa es una de las razones por las que no suelo recorrer las
páginas que transité en mi adolescencia. Sin embargo, una de mis impresiones
más vivas como pretérito lector omnímodo, sin orden ni concierto, tiene que ver
con Zona sagrada. Apenas recuerdo más
que el fervor entre edípico y hamletiano del protagonista por su madre, que se
le parecía mucho a la María bonita del cine mexicano. De aquel deslumbramiento
inicial saqué dos conclusiones precipitadas: que mi cinefilia militante no era
incompatible con el placer del texto y que había vida inteligente después de
Borges. Fuentes manejaba con envidiable soltura las estrategias del montaje
discursivo: sus narraciones son ricas en flash
backs, fundidos encadenados, contrapicados y travellings laterales. También
sabía cristalizar en los objetos las violentas pasiones de sus personajes, como
si todos ellos guardaran un Rosebud en
la recámara de la conciencia. Leí más tarde algunas novelas de Carlos Fuentes,
mejor construidas y más ambiciosas que Zona
sagrada, pero nunca dejé de admirar al autor que transformó a María Félix
en perdurable icono literario.
martes, 15 de mayo de 2012
Aniversarios, indignaciones y otras figuras
Cuando se cumple un año del 15-M —aquel estímulo voluntario que
los economistas redundantes y los ingleses rimbombantes llamaron Spanish revolution—, es el momento de reflexionar
sobre tres argumentos que ahora vuelven a repetirse, bajo el signo de la
interrogación retórica, con la nostalgia que entrañan todas las conmemoraciones:
1) ¿Sigue teniendo vigencia la indignación? El 15-M fue una
respuesta (im)pertinente a una realidad pertinaz. Un año después, solo parecen
gobernarnos dos principios: la sempiterna ley de Murphy y la teoría del caos.
No solo la tostada siempre se nos cae al suelo por el mismo lado, sino que
hemos afinado en desatinos estructurales: si un banquero madrileño o santanderino
descubre que tiene un roto en el pantalón, un profesor interino de Alpedrete pasa
a engrosar la cola del paro. En fin, como las alas de la dichosa mariposa
pequinesa, pero en plan apocalíptico.
2) ¿Salen en televisión todos los indignados? Hasta ahora,
la formación retórica de los dirigentes llegaba hasta el nivel COU, lo cual les
permitía familiarizarse con un precioso tropo: la metonimia. Es decir, un político
sabía que una parte siempre es la parte de un todo. Por ejemplo, una porción de
pizza cuatro quesos es parte de una pizza cuatro quesos. Sin embargo, desde
hace algún tiempo, impera una lógica indivisa e indivisible que solo cree en la
rotundidad de los números redondos (mejor si son primos). Según esta tesis, si
todos los indignados de este país caben en la Plaza del Sol, será porque no hay
tantos. El olvido de la metonimia conduce a asumir que los millones de parados
que no residen en la Plaza del Sol están, por norma general, satisfechos. Curiosamente,
esta misma teoría no funciona con las muy metonímicas estadísticas de intención
de voto, pero esa es otra historia.
3) ¿Por qué no elaboran de una vez un programa electoral los
indignados? He aquí la pregunta del millón, que tiende a formularse de manera
directa o ladina, hiriente o insidiosa. Sin embargo, la respuesta me parece
bien fácil. No es la labor de quienes protestan buscar las soluciones de sus
problemas, sino exigirles a las instituciones que hagan su trabajo. Al fin y al
cabo, vivimos en democracia, ¿no?
domingo, 6 de mayo de 2012
Página en construcción en La Estafeta del Viento
Responsable: Jesús Jiménez Domínguez.
http://www.laestafetadelviento.es/resenas/contar-la-realidad
http://www.laestafetadelviento.es/resenas/contar-la-realidad
jueves, 3 de mayo de 2012
sábado, 28 de abril de 2012
Mefafísico estáis
El último libro de Alberto Santamaría
(Torrelavega, 1976) toma prestado su título del cuadro homónimo de Giorgio de
Chirico, fechado en 1916. En el lienzo se puede contemplar un taller pictórico
y, en primer plano, un surtido de galletas enmarcado y dispuesto con cierto
parecido antropomórfico. Una operación desfiguradora similar a la postulada por
De Chirico nos propone Alberto Santamaría en este otro Interior metafísico con galletas, publicado cuidadosamente por El
Gaviero. En las páginas del cuaderno asistimos al laboratorio de una escritura
singular y al efecto de extrañamiento que despliega una ironía subversiva. El
conflicto entre la realidad y el lenguaje —cuestión habitual en la obra de
Santamaría— se tensa aquí en una dialéctica irresuelta. Solo el azar y la
voluntad cristalizan en la intuición lírica o en el método adivinatorio que
permite explicar «nuestro modo de (des)ordenar el mundo», según afirma Rosa
Benéitez en la sugerente introducción del libro.
La sección
inicial, «El crucero del metafísico», está integrada por cuatro poemas extensos
que registran los espacios en los que se desarrolla el ejercicio de
reflexividad que denominamos meditación.
«La llamada del metafísico» reconstruye el decorado preciso para el
advenimiento de la idea. Se trata de un territorio abstracto y cotidiano al
mismo tiempo, troquelado sobre un fondo doméstico y proyectado hacia un cielo
«color mostaza». En «Un paisaje interior (Alucinación metafísica en La
Rochelle)», la escenografía portuaria de una ciudad francesa proporciona el
anclaje referencial de un canto dedicado a la hipnótica belleza de los
desperdicios y a la caducidad de toda contemplación. En el siguiente texto,
«Farfullando con un subastador con problemas de vejiga (Las cosas del
lenguaje)», Santamaría se adentra en los desconciertos de lo visible y en las
zonas de indeterminación que separan el dinamismo y la inmovilidad, el silencio
y el verbo, la existencia y el vacío. El recorrido meditativo se tiñe de una
tonalidad épica en la última pieza del apartado. «El verano del metafísico (O
el segundo viaje de Crispín précepteur, 1679)» puede leerse como un peculiar
ensayo sobre lo sublime —o, mejor dicho, lo contrasublime— en el que los
objetos toman la voz y piden la palabra. Los últimos versos de la composición
(«—Por algo llevas la misma peluca / que las cosas») recogen el desafío de dos
poemas de Pequeños círculos (2009):
«La peluca de las cosas (lo ignorado)» y «La peluca de las cosas II (After
Nietzsche)», respectivamente. En este caso, el diálogo metaliterario aporta
nuevas pistas, pues el personaje de Crispín, que protagoniza la comedia de La
Thuillerie que da título al texto de Santamaría, también aparece en «The
comedian as the letter C», de Wallace Stevens.
La segunda
sección, «Himnos (tres poemas)», consagra otras tantas odas a personalidades y
lugares que forman parte de la constelación mítico-cultural del autor. En
«Himno a Àngels Barceló», la conocida presentadora televisiva activa un
panóptico discursivo que mezcla las noticias del día con una particular
topografía del deseo. A su vez, «Vaga escena interminable: adoración de
Benidorm», ofrece un denso aquelarre vacacional o una microteoría del caos en
la que convergen sujetos y objetos, voces y ecos, paisajes desolados y
paisanajes comunes. Por último, «Calor, destreza y filo cortante: breve excursus
familiar» utiliza una secuencia de la novela Submundo, de Don DeLillo, para convocar un autorretrato fragmentario
en el que, nuevamente, los accidentes cotidianos son las únicas certezas
filosóficas en las que puede refugiarse la
persona enunciativa.
En
definitiva, Interior metafísico con
galletas no solo confirma a Alberto Santamaría como uno de los grandes
ironistas contemporáneos, sino que certifica una de las trayectorias poéticas
más coherentes en un panorama que ya no merece el condescendiente adjetivo de joven. Su nuevo libro supone una gozosa
oportunidad de sumergirnos en un universo deslumbrante. No me cabe duda de que
Giorgio de Chirico lo habría propuesto como lectura obligatoria.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 26 de abril de 2012)
martes, 17 de abril de 2012
Eufemismos
Lo malo de las expresiones vacías es que a veces se llenan de significado. Y, cuando lo hacen, no suelen andarse por las ramas ni con diminutivos. Entonces, el término que detestábamos, porque remitía a una realidad tan hueca como un supermercado a medianoche, recupera su desafiante y aterradora literalidad. Cuando oíamos estado de bienestar pensábamos en una reparadora siesta a la que solo se sustraían los moradores de esas latitudes en las que los monarcas occidentales van de safari como si todo el monte fuera Mogambo. Leíamos prima de riesgo y nuestra mente dibujaba la estampa de una pariente lejana del capital, algo así como la versión hi tech de la galdosiana Pipaón de la Barca. Incluso la poco eufemística expropiación convocaba imágenes de poblados chabolistas con mucho barro y escasa prospección petrolífera. Ahora sabemos que estado de bienestar eran más camas de hospital, que prima de riesgo equivale a miles de parados por hora y que expropiación es lo que hacen las potencias emergentes con sus socios cuando no les da por barrenar su propia libertad de prensa. A partir de ahora prometo manejar con mucha prudencia y menos desprecio las expresiones vacías. Ya he empezado a repetir como un mantra la oración que el siglo me enseñó: “danos a día de hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestros eufemismos como nosotros no perdonamos a los que nos difaman y líbranos de la crisis global”. Supongo que luego viene amén.
lunes, 9 de abril de 2012
Penitentes
Los cuatro jinetes del Banco Central Europeo y los pisoteados helenos de a pie lo saben: la penitencia cabalga a lomos del pecado. Reconozco que la Semana pasada nunca ha sido santa de mi devoción. Si acaso, de niño, la expectativa de los caramelos que por estas tierras reparten los penitentes me pellizcaba de misticismo las falanges de los dedos. Pero luego, nada. Qué le vamos a hacer: uno siempre ha tenido preferencia por lo salado y por el machadiano Cristo que anduvo en la mar. El jueves pasado, sin embargo, cambié de opinión durante unos minutos. Subiendo hacia la Seu de Palma de Mallorca, asistí a un escueto ensayo de la Pasión. Quizá fuera culpa del Cristo imberbe que daba tumbos con una camiseta de Metallica bailándole en la cintura, delante de un circuito cerrado de turistas. O tal vez de los centuriones de paisano que escoltaban la escalera con un escudo historiado que parecía el de Aquiles. Puede que fuera la corona de espinas o el sonido de un golpe seco en las cruces que llevaban a hombros los dos ladrones (el bueno y el malo). O los rostros desencajados de dos chicas jóvenes (María y Magdalena) que calcaban fielmente el discurso del método de Paula Strasberg. Y no descarto la voz en off en una lengua que a menudo se me olvida. El caso es que en esos minutos de arte y ensayo descubrí que los gestos improvisados y las ropas comunes contenían una dignidad que no exigía mangas ni capirotes. Casi me convierto al quietismo, como Miguel de Molinos. Me rescataron del ensimismamiento Pep y Maria, que me recordaron que lucía un sol brillante y que yo también era un turista accidental.
martes, 3 de abril de 2012
Luz, más luz
Con Farol de Saturno (2011), Antonio Martínez Sarrión añade otro episodio a una de las biografías literarias más coherentes de las últimas décadas. Siete años después de Poeta en diwan, el autor entrega un libro caracterizado por ese raro don que otorga la madurez: la absoluta libertad expresiva e intelectual. Martínez Sarrión no teme decir y desdecirse, pensar y repensar, edificar un poema y dinamitarlo con la barrena del humor, inocular una ironía homeopática que emerge de repente para mostrar el trampantojo constructivo. En Farol de Saturno, la luz no procede del vacilante candil de los melancólicos, ni de la lámpara maravillosa de los cínicos, sino del precario foco de la lucidez, ya sea la bombilla del Guernica o el deslumbramiento con el que Goethe quiso pagarle su viaje a Caronte. El libro se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera, «Hábitos de los discípulos de Buda», recoge una serie de preceptos morales o de proverbios apócrifos que el desarrollo de los textos se encarga de ilustrar o de desmentir. La segunda parte se detiene en la evocación de objetos, experiencias y paisajes cotidianos que el escritor asocia con un arte pobre, cuya voluntad icónica remite a las viejas botas de Van Gogh que Heidegger y Derrida embetunaron con el lustre de la teoría.
Los poemas de la primera sección se sirven del citado artificio retórico para ofrecer un diagnóstico desolador de la sociedad contemporánea. Las costumbres de los seguidores de ese Buda burlón que imagina el autor vulneran los ritos de un mundo atroz («No quitan la vida»), los orgullos y prejuicios gregarios («No se jactan», «No van en grupos de más de seis personas») y las liturgias del consumo («Se sienten deprimidos por el chismorreo…»). A medio camino entre la concisión epigramática y la severa indignación de la sátira, las composiciones aplican el acero del verso a quienes dependen de una tecnología adictiva, son incapaces de cuestionarse sus propias convicciones o reúnen maneras palaciegas y temperamentos lacayunos. La última constatación —«Ellos se adivinan entre sí mediante una cálida indiferencia…»— permite acceder, además, a un devocionario privado o a un santoral profano: «Soy feliz / deletreando sin más: Manrique, Garcilaso, / Juan de Yepes, Fray Luis, Lope de Vega, / Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, / Rubén, Bécquer, Machado, Juan Ramón, / César Vallejo, Federico, Claudio».
El segundo apartado incluye estampas ascéticas, bodegones furtivos y naturalezas crepusculares. La vocación pictórica resulta aquí evidente. Si el naturalismo de «Perro tumbado al sol» recuerda la densidad de los óleos de Goya, el trazo evanescente de «Pequeña alquería» se levanta sobre las estructuras geométricas de Joan Miró. Esa atención a lo desatendido se aprecia en un conjunto de «fábulas para animales» («Rata», «Escarabajo», «Lombrices para pescar») que enriquecen la curiosidad zoológica con cierto ecologismo compasivo. Así, en «Lombrices para pescar», la memoria de un hilarante episodio de pesca infantil se mezcla con el descubrimiento de la contemplación y, al cabo, con el respeto hacia los hondos misterios de la vida. En estas viñetas breves se condensa el fulgor de un universo en peligro de extinción, barrido por el vértigo del progreso o erosionado por el signo material de los tiempos. Ejemplo de ello es el rotundo «Final» del libro, que proclama una felicidad a bajo coste: «Viento de otoño. Nubes ya invernales. / Postrer milagro que el último grillo / logra con su cri-cri, sin más propósito / ni más postulación de un “yo” ridículo. / De tal modo celebra lo que fue / su conexión al Todo, / que se verificó con el mínimo coste».
En definitiva, Farol de Saturno reivindica el gozoso escepticismo con el que Diógenes paseaba su linterna por las entrañas de lo visible. Ya sabemos que Saturno era capaz de zamparse a sus hijos sin pestañear. Sin embargo, Martínez Sarrión ha querido añadir, a esa voracidad tenebrosa, un punto de luz que nos guíe en nuestra travesía. Su nuevo libro confirma la generosa altura de un poeta-faro.
(Publicado en el suplemento “Arte y Letras” del diario Información, el 29 de marzo de 2012)
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