sábado, 11 de enero de 2014

El falso techo, de Erika Martínez



Los versos encendidos de Color carne y los deslenguados aforismos de Lenguaraz han consagrado a Erika Martínez (1979) como una de las voces más firmes de la lírica reciente. En la intersección entre lo histórico y lo doméstico, El falso techo despliega las sucesivas intemperies de una realidad a la que se le han sustraído las perspectivas de futuro (el tejado) y las seguridades del pasado (los cimientos). El itinerario arranca con la imagen plurisignificativa de la casa, a la vez recinto claustral, atávico emblema de lo femenino y espejismo de la protección oficial. La voluntad de contar la historia “desde abajo”, según la teoría de Brecht, desemboca en un relato fragmentario, guiado por las contradicciones entre la quinta marcha del progreso y los residuos de la conciencia colectiva. La escritura de Erika Martínez ―desarraigada en términos de Dámaso Alonso, pero enraizada en la cotidianidad― profesa fe en la incertidumbre, sospecha de los grandes discursos y desconfía de toda razón narrativa: “Sigo las instrucciones de esta lavadora / porque ya no quedan biblias / y he extraviado la ley”. Tras verbalizar la toma de tierra, el “segundo techo” del volumen muestra a un yo en tránsito, que “va de vuelo” por el espacio aéreo del siglo XXI. En estos textos turbulentos, que a veces se expanden hasta el versículo, el sujeto reflexiona con amarga ironía sobre un modelo de producción capaz de transformar los sórdidos escenarios de la explotación en los seductores escaparates del consumo. La asepsia emotiva del viaje se proyecta en un paisaje prosaico y desvitalizado, donde “el campo arado sueña / su código de barras”. Menos compacta en sus temas, la última sección del volumen aborda los códigos simbólicos que gobiernan el discurso privado. La poesía impura de El falso techo reivindica la dimensión política de la identidad y certifica un compromiso sin conservantes, edulcorantes ni afanes redentoristas, que se conforma con invitarnos a pensar y con hacernos sonreír. Nada menos.


Publicado en el suplemento "Babelia" del diario El País, el 11 de enero de 2014

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