jueves, 23 de junio de 2011

Shylock y compañía

Estos días los vemos hacer juramentos hipocráticos e hipocríticos, abrazar a diestra y siniestra, sufrir diciendo que sufren, pactar con el endiablado enemigo, echarse encima jarros de agua fría, poner paños calientes, emocionarse mucho o solo un poco, llorar, hipar, enredarse con la correa del perro, mordisquear pepinos vacunados, estallar en risas enlatadas, cometer anacolutos, proferir deber de con valor de obligación, aterrizar en el parlamento, levitar con sus propios chistes, sonrojarse con las vergüenzas ajenas, ponerse medallas, quitarse mérito, desfilar con pases de chaqueta, mirar al tendido, pronunciar citas de cantantes de éxito, indignarse a menudo, clamar por la revolución proletaria y por el advenimiento del neocapitalismo, refundarse, refundarnos. Parecen dispuestos a emular el famoso parlamento de Shylock en El mercader de Venecia: “Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos?”. Al otro lado de la pantalla, los televidentes asistimos al drama como a un mitin, sin pizca de anagnórisis ni rastro de catarsis. Qué tragedia.  


viernes, 17 de junio de 2011

Musa con ropa de calle

Con Ropa de calle (Madrid, Cátedra, 2011) reaparece la poesía de García Montero en la antología que ha preparado José Luis Morante. En su “Introducción”, que aúna “el recuento biográfico y la reflexión crítica”, Morante nos habla de un poeta con la estatura de un clásico y la voz de un contemporáneo. En 1994, García Montero afirmaba su “deseo de escribir una poesía cercana a la vida, una musa con vaqueros”. Años después, cuando algunas hachas de guerra han caído rendidas en pie de paz y las viejas querellas se han sustituido por nuevas trifulcas, volvemos a leer los versos de García Montero como una confidencia que nos acompaña en medio del tráfico diario. Puede que las contingencias de la moda y los cambios de temporada poética nos obliguen a renovar el fondo de armario. Y es saludable que así sea. Pero quien hojee las páginas de la poesía reciente descubrirá que el territorio vaquero sigue siendo un espacio de comunicación social.

miércoles, 15 de junio de 2011

Parques temáticos

A los políticos les pasa con los parques temáticos lo mismo que a los poetas con las revistas de poesía. Saben que el capricho les va a salir caro, pero son incapaces de oponer resistencia. Los parques temáticos les pirran, les chiflan, les nublan el seso, en definitiva. Si no proliferan aún más es por su carácter intrínsecamente deficitario. Sin embargo, esta mañana, oyendo la radio, he escuchado la respuesta definitiva a tanto ruego a san Patrocinio. En una localidad andaluza, de cuyo nombre no puedo acordarme, han decidido tunear el pueblo. Esto es, una empresa relacionada con algo de los pitufos —esta parte no la he entendido bien, había interferencias— ha propuesto al consistorio y a sus habitantes pintar el pueblo de azul. Y los moradores se han puesto manos a la brocha y al titanlux. Las casitas encaladas parecen ahora uno de esos polos de hielo con los que estafan a los niños, pero no importa demasiado. La cosa no pasaría de una pintoresca prueba posmoderna de que Spain is different si no diera perversas ideas a las mentes siempre en stand by de los entes públicos. Y es que, si uno puede montar un parque temático sin necesidad de invertir en un parque temático, todo son ventajas. Da miedo pensarlo, pero los puertos pesqueros van camino de reconvertirse en la atracción “Caza del atún en 3D” y los magros espacios universitarios cederán al espectáculo colectivo “Pánico en el campus”. Todo un panorama aterrador. Y eso que uno lleva una revista de poesía.


lunes, 13 de junio de 2011

Rastros: Jordi Doce

Sigo la estela de Perros en la playa, de Jordi Doce. He aquí el libro de un rastreador que se entrega a la paradójica tarea de difuminar la huella de sus propios pasos. En su escritura hallamos fragmentos de un diario autobiográfico sin anécdota superficial, apuntes de poética sin concesiones a las vidas de poetas, y aforismos morales sin moraleja ni moralina. La playa de Doce no nos ahoga con falsa retórica ni nos deja flotando en la liviandad. Es la obra de un escritor de fondo que se enfrenta a la página en blanco con la misma actitud —desafiante y respetuosa— con la que el nadador se asoma al mar abierto. Sus Perros en la playa no se emperran a toda costa en meterse en aguas revueltas, pero saben que la densidad del pensamiento contemporáneo a menudo exige ir a contracorriente. Por eso vale la pena sumergirse (a braza o a crawl)) en su lectura. Les dejo con unas cuantas olas literarias y con otra recomendación: el blog de Jordi Doce (http://jordidoce.blogspot.com/), que comparte título con el del libro que acabamos de olfatear:



Una forma de clasificar a los escritores: los que piensan que la palabra es un arco, y los que piensan que es la flecha; lo malo de los primeros es que a menudo hacen de flecha; lo malo de los segundos es que suelen confundirnos con una diana.
*
La página escrita y su tercera dimensión, el lector.
*
Escribe, aunque solo sea para que otros no lo hagan por ti.
*
En el poema va la penitencia.

viernes, 10 de junio de 2011

Reciente y molón

Álvaro Tato lo dijo a propósito de otra cosa, pero es una acertada síntesis del ambiente cordial que se respira en Tipos infames (http://www.tiposinfames.com/), un lugar iluminado por tragaluces, buenos vinos y mejor compañía. Anteayer pude comprobarlo en carne propia. Y como del in vino veritas al memento mori hay un puente movedizo y secreto, he estado releyendo “Ghat”, incluido en el último caleidoscopio poético de Álvaro Tato: Gira (Madrid, Hiperión, 2011, Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana”). Al hilo de sus versos, he recordado la densidad casi sólida del Ganges, ese río anti-heraclitiano en el que nadie puede bañarse dos veces, porque una sola es suficiente para escuchar al oído las trompetas del Apocalipsis. Si Manrique sabía que nuestras vidas terminaban zozobrando en algún mar tempestuoso, Álavo Tato intuye que vamos a dar a cierto afluente del Ganges. Y yo lo suscribo.



Ghat

Parece que estás quieto
pero pasas rodando.

Parece que vas lejos
pero aquí estás.

Parece que hay un rumbo,
que alguien te guía
y que acarreas algo.

Mira este río.

lunes, 6 de junio de 2011

Entre tipos infames…

anda el juego. Este miércoles, 8 de junio, presento Página en construcción en la madrileña “Tipos infames” (C/ San Joaquín, 3) a las 20.00 h. Álvaro Tato ejercerá de maestro de ceremonias. Y yo pondré mi infamia. Allí os quiero ver.

viernes, 3 de junio de 2011

Loca academia de la historia

Cuando Fukuyama nos avisó, hace más de veinte años, de que la Historia se había acabado (así, en un titular, como le piden a los tertulianos televisivos), solo le hicieron caso algunos sociólogos despistados y algunos teóricos de la posmodernidad que deseaban asistir en directo a la retransmisión de un Apocalipsis anunciado. Eso era lo que yo pensaba hasta hace unos días. Sin embargo, nunca se me habría ocurrido que las tesis de Fukuyama fueran suscritas por un órgano tan venerable como la Real Academia de la Histeria. Su mastodóntico “quién es quién”, disponible en fascículos y forrado en piel de mamut, ha vuelto a poner en pie de guerra a Fukuyama y a su corifeo finalista y neocón. Sí, no cabe duda de que para algunos la Historia se terminó antes del happy end de la guerra fría: más o menos, en el tránsito de las luminarias grecolatinas al oscurantismo medieval. Por eso, ante personajes de rabiosa actualidad, como Negrín, Franco o Azaña, los académicos han optado por encogerse de hombros y pasar palabra. Ya se sabe que lo que no pertenece al género de la Historia, entra en el capitel de las columnas de opinión. Y, por lo que respecta a las opiniones, estoy convencido de que todos tenemos alguna, aunque solo unos cuantos puedan pagársela con dinero público. Desde esta humilde página solo lanzo una súplica: por favor, no revisen ustedes nada. Las correcciones las carga el diablo, y, al final, nos va a salir cara la broma. Propongo una operación mucho más barata: hagamos una pira y recitemos los mejores fragmentos de Fukuyama.


miércoles, 1 de junio de 2011

¿Qué es lo que comen las brujas?

“Leche, galletas… y a ti”. Lo dice Nacho Vegas en La zona sucia. Y no seré yo quien lo desmienta.   


lunes, 30 de mayo de 2011

París a través de Woody Allen

Desde que recuerdo tener algo similar a una “memoria cinéfila”, Woody Allen me ha parecido una isla. No uno de esos islotes con palmera que aparecen en los chistes de náufragos, sino un auténtico archipiélago creativo, que poseía la facultad de levantar un océano entre la sala de cine y el orden del mundo. En algunas de sus películas, no podemos dejar de seguir el ritmo con el pie ni de recorrer la secuencia con las pupilas. Debo reconocer, sin embargo, que últimamente su isla se estaba empezando a llenar de turistas: si su paseo por Barcelona consiguió irritarme, sus vacaciones en Londres tampoco llegaron a seducirme demasiado, aunque de todo haya en la cuna de Shakespeare. Así que fui a ver Medianoche en París con cierto recelo. Y, no obstante, salí reconciliado (de nuevo) con el director y enamorado (otra vez) de la Ciudad de las Luces. Aunque no estoy dispuesto a ejercer de aguafiestas argumental, es cierto que Woody Allen no asumía riesgos metaficcionales parecidos desde los tiempos de Zelig o de La rosa púrpura del Cairo. Y aquí vuelve a demostrarnos que la fantasía no está exenta de realismo, y que la realidad sería terriblemente sosa sin el condimento de la imaginación. Hace unos meses achacaba al síndrome Dickens mi desapego hacia el cine de Eastwood. En Medianoche en París, he descubierto que Mark Twain tiene la culpa de mi afinidad con esos personajes desgarbados que pululan por el celuloide woodyallenesco, y que a veces se parecen al Owen Wilson de Los Tenenbaum. Sí, París bien vale una entrada. Especialmente, para la sesión golfa.

viernes, 27 de mayo de 2011

A ritmo de aforismo: Erika Martínez

Siempre pensé que los temperamentos silogísticos éramos poco permeables a la efímera poesía del aforismo, ese verso retorcido y un tanto suspicaz que reparte verdades como flashes, que cristaliza imágenes como mosquitos en ámbar o que nos instila el veneno de la duda en dosis homeopáticas. Eso creía yo. Ahora, después de volver al redil del atómico microgénero, reconozco mi error y canto la palinodia con voz de tenor y do de pecho. La excusatio non petita viene a cuento de Lenguaraz (Valencia, Pre-Textos, 2011), de Erika Martínez, un libro francamente deslenguado —pese a su título— que acierta a pronunciar las palabras que siempre se nos quedan en la punta de la lengua. Puesto que analizar un libro de aforismos es tan ocioso y redundante como explicarle a un esquimal la técnica (literaria) del iceberg, me limitaré a reproducir cuatro pensamientos concentrados y concéntricos. El resto lo tienen en la librería de la esquina. No sé a qué esperan.


Atravesar un desierto es un ejercicio espiritual, subir una cumbre un ejercicio pasional, perderse en un bosque un ejercicio de introspección.
*
Con el paso de los años, el calcetín izquierdo y el derecho dejan de parecerse.
*
Los poetas dan mucha importancia a la poesía, los médicos a la medicina, los aforistas a su nariz.
*
Todo aforismo exige su refutación.

martes, 24 de mayo de 2011

Palmas y palmitos

¿Más de lo mismo? Triste aforismo. Almodóvar ha vuelto (otra vez) de Cannes sin palma que valga y Lars von Trier ha sido declarado persona non grata por una incontinencia verbal que casi eclipsa la presunta incontinencia fisiológica de DSK. Ah, se me olvidaba, también ha habido elecciones municipales y autonómicas, con hecatombes en la mano izquierda y euforias en el ala derecha. No sé si el 15-M habrá insuflado una nueva esperanza en los ciudadanos, pero me temo que no nos van a faltar razones para seguir indignándonos. Sin embargo, aunque la política siempre se lleva la palma y el palmito, no conviene dejarse arrastrar por el desaliento. Quién sabe. A lo mejor El árbol de la vida es tan buena como dicen. Y Von Trier se queda mudo. Y a Almodóvar le dan el oscar a la mejor película extranjera.

sábado, 21 de mayo de 2011

Reflexión (in)condicional

1. SI las novelas de Belén Gopegui acabaran bien.
2. SI los gigantes del mercado se volvieran molinillos de viento.
3. SI el corredor de bolsa sudara tinta hipotecaria en la maratón popular.
4. SI la banca no se vistiera con trajes de seda.
5. SI los votocámaras no nos impusieran gafas en 3-D para ver películas de zombies con cadáveres exquisitos.
6. SI el cielo sobre Berlín no amenazara (siempre) tormenta.
7. SI los zánganos —y alguna que otra abeja reina— no se hicieran los amos del panal.
8. SI le dieran la vuelta al ruedo y nos tocara Sol.
9. SI los jefes de todo esto se mojaran la conciencia en vez de lavarse las manos.
10. SI  la democracia virtual fuera real…

ENTONCES no sería necesario que miles de personas nos tendieran sus manos en la Puerta del Sol.

[Luis Bagué y Susana Rodríguez Rosique]


viernes, 20 de mayo de 2011

Sol y sombra

Sol pone la luz. La Junta Electoral la sombra. De este claroscuro no nos salva nadie. Cada cual debe elegir si toma prestada la linterna de Diógenes o si espera a que se funda la bombilla. Así que apaga y vámonos (al sol, claro).

miércoles, 18 de mayo de 2011

Así empezó Página en construcción

World in progress

Nueva Delhi

Two long electrical wires stretch out
On them sit birds, dark and black
So still in concentration
As if someone has
Just placed Hindi alphabets there
Gulzar

Perdimos otra vez el equipaje.

Las maletas aprenden
a viajar sin nosotros, a buscarnos
nombres y domicilios.

El paisaje no envidia la verticalidad
ni justifica el vuelo,
la ráfaga incesante
de nubes de mosquitos
cuya danza se enciende
con los cambios de luz.
                                      La simetría
distribuye el desorden
proporcional de calles y mercados,
bicicletas y templos y jardines
y un largo polisíndeton que en vano
trata de coordinar
la insubordinación de la mirada.

El espacio horizontal se extiende,
crece,
se dilata en la anchura del tiempo
donde la lentitud
avanza a 20 megas por segundo
entre los cables del tendido eléctrico,
las latas oxidadas y los puestos
que ofertan
el monzón de la vida en las ventanas.

Las líneas no se cruzan. Nada
es perpendicular. El cielo finge
que este suelo ya no le pertenece
—página en construcción, disculpen
las molestias—.



Esta tarde, a las 19.00, en la FNAC de Alicante

lunes, 16 de mayo de 2011

Cuando fuimos los mejores

El sábado pasado fuimos de concierto. La excusa —titulada con cierta petulancia rock and roll radio festival— era la reunión de cuatro grupos que en el pasado fueron coronados de laureles en el panteón de nombres ilustres, y que ahora comparten porcentaje de taquilla y corona de flores en el mausoleo de antiguas glorias. Los viejos rockeros nunca mueren, pero envejecen como todo el mundo: hay quien lleva con dignidad sus canas, y quien vive instalado en un pretérito perfecto que nunca existió más que en la conjugación de la memoria. Podría decir que asistí a regañadientes. Sin embargo, aunque sea poco proclive al espectáculo de la nostalgia, me sinceraré por una vez: no me resistía a comprobar en directo cómo seguía sonando alguna banda que puso ídem sonora a nuestras vidas. Así que allí estaba, rodeado de familiares amigos y oteando el panorama desde la barrera, como un crítico musical con malas pulgas. En resumen, hubo dos buenas noticias y dos malas. Las malas fueron que siempre llueve cuando no hay escuela —aunque escampara al poco rato, al igual que los inflamables Burning—, y que a Siniestro total le quedan las letras, pero no la palabra. Las buenas, que el rock se ha convertido en un lenguaje familiar y que algunos grupos tienen la lucidez de saber que no son lo que fueron. Por lo que respecta a lo primero, bastaba con asomarse a la horquilla generacional del público, tan flexible como la de las antologías poéticas: una vez despojados de prejuicios, los allegados al arrabal de senectud y los ejemplares humanos en su tierna infancia se sumaron con llantos y berridos a la barahúnda guitarrera. Y si La frontera demostró que el talante rockero no es incompatible con la seriedad funcionarial, Loquillo supo quitarse el traje de José María Sanz para adoptar el disfraz del Loco. Y sí, volvió a subirse al Cadillac, aunque no alcanzara el estribo del camión. En fin, tras tanto andar rockandrollenado, me despido con un estribillo karaoke que ha adquirido la rotundidad de un epifonema quevedesco: “Porque yo tengo una banda de rock and roll, / huo uh oh, / porque TÚ tienes tu banda de rock and roll”.   




viernes, 13 de mayo de 2011

Ophelia o las dimensiones del teatro

Ophelia resucita (con ph neutro) en formato de revista electrónica. En el número 10 se incluye un apartado que, bajo el título de “Teatro invisible”, reúne una colección de poemas dedicados a las siempre complejas (y algo peligrosas) relaciones entre la página y la escena. Pasen y lean en http://www.ophelia.es/revistas/teatro_y_poesia/articulario/



jueves, 12 de mayo de 2011

Posibles incidentes

Tras la matemática victoria del Barça en la Liga (la aritmética del fútbol tiene esos algoritmos), un periodista hablaba del despliegue policial organizado para evitar “posibles incidentes” durante las celebraciones. Horas antes, la tierra temblaba en Lorca, con las trágicas consecuencias que todos conocemos. Lo cierto es que últimamente nadamos en un mar de eventuales catástrofes: los bancos que anuncian ruina como aves de mal agüero, las cuartelarias trifulcas supremas y constitucionales, los hombres-pancarta que proclaman razones que ni Descartes alcanzaría a comprender, las consignas políticas que subrayan la vacuidad de su retórica con una machacona revisión de los grandes éxitos de Los Panchos… Sí, vivimos rodeados de tantos posibles incidentes que los auténticos desastres siempre nos cogen desprevenidos, por sorpresa, mientras intentábamos evitar males mayores.

lunes, 9 de mayo de 2011

La mar de cemento

Volvemos de Cádiz por la costa. Después de fatigar el cuentakilómetros, el paisaje cambia abruptamente para abrirse a un horizonte futurista: bungalós edificados sobre la falda menguante de algún claro creciente, chalés chabolistas con desgastado lustre de los años noventa y hoteles-patera con sauna y spa al pie de alguna fuente (de ingresos) natural. Un paisaje familiar, en definitiva. El estallido de la pompa y circunstancia inmobiliaria debió de ser una sorpresa para quienes habitaran en la parte sostenible de la meseta, pero para nosotros, los costeños, resultaba tan infalible como la conclusión de un silogismo: las burbujas demasiado grandes terminan por explotarnos en las narices. Si no, pregúntenselo a cualquier niño. Y en esas andaba cuando leo en el periódico la entrevista a una política que asegura no tener empacho ni rubor en declarar sus astronáuticos ingresos. Supongo que será una consecuencia de la falacia de la sinceridad tan valorada en ciertos reality shows —“voy de cara, tía, pero no hay quien te aguante”—. Sin embargo, decir las cosas (cualquier cosa) sin que a uno se le caigan los anillos no me parece un síntoma de honradez, sino una prueba de arrogancia. Javier Marías suele recordarnos por escrito que el pudor nos obliga a callar lo que no es conveniente decir, porque sabemos que va a ofender a los demás, porque resulta inapropiado o incluso porque corre el riesgo de ser malinterpretado. A menos que no nos preocupe ni siquiera salvar las apariencias. Como los edificios que invaden la costa, el armazón de nuestra sociedad puede acabar siendo de cemento armado.



martes, 3 de mayo de 2011

El 2 de mayo

Mientras el Viejo Continente santifica las fiestas y beatifica a sus apóstoles, el Nuevo Mundo demuestra que ni olvida ni perdona. ¿Muerto el líder se acabó la rabia? Tras la fenomenal barahúnda de tertulianos vespertinos y noctívagos, ayer se reemitía un sensacional y nada sensacionalista reportaje sobre Afganistán, realizado en 2002. No sé si sería culpa de nuestra parcialísima televisión pública. Lo cierto es que las desalentadoras imágenes de reinos de taifas surgiendo en medio del vacío elevaban al cuadrado la imposibilidad de comprender, parapetados tras nuestras hipermodernas gafas de sol, la realidad de un mundo que Dios parecía haber dejado de la mano de Dios después del estallido del big bang.

lunes, 2 de mayo de 2011

Sábato en el laberinto

Ernesto Sábato pertenecía la rara estirpe de los escritores-minotauros, encerrados en el laberinto de su escritura a la espera de un lector-Ariadna capaz de desenredar el ovillo de la curiosidad. Entré en El túnel en la adolescencia, una etapa adecuada para divisar mejor que nadie la ventana escondida en el cuadro de Juan Pablo Castel y para compadecerse de las neurosis amatorias del pintor. Supongo que ahora la novela habrá perdido parte del encanto que poseen esos tres grandes incomprendidos: los escritores primerizos, los amantes impenitentes y todos los adolescentes sobre la faz de la tierra. Sin embargo, al reproducirla en la moviola de la memoria, me sigue produciendo una extraña sensación de desasosiego, como El extranjero o Tiempo de silencio, novelas que leí hace más de tres lustros y que recuerdo con mayor nitidez que casi todas las imprecisas lecturas recientes. Habría olvidado que Sábato seguía viviendo, aunque fuese en la intimidad doméstica de su laberinto, si no hubiera visitado Argentina (mejor dicho, lo que Argentina deja verse en unas pocas semanas) el pasado verano. Allí conocí a otro Sábato: el que señala con el mismo dedo que pone en la llaga, el que dice “yo acuso” y el que dialoga con los fascinantes y terribles cuadros de Antonio Berni, un pintor que también descubrí en aquel viaje y del que prometo hablar otro día.

jueves, 28 de abril de 2011

Un paseo por Las Ollerías

Entre las grafías que contiene todo libro, prefiero tres: las geografías íntimas, las biografías en voz baja y las cartografías familiares. Pérez Azaústre las convoca en Las Ollerías. El autor se adentra en los umbrales de la memoria, ese territorio resbaladizo por antonomasia, quizá porque está hecho de la misma materia que los sueños, y, como ellos, sufre espejismos inflamables y padece deformaciones congénitas. Sin embargo, el lector no encontrará en Las Ollerías un planto por lo que pudo haber sido (y a menudo fue), ni un lamento por las posibilidades que se cierran cada vez que abrimos una puerta. Las evocaciones de “Los nadadores” conviven con los vislumbres de un paraíso que siempre estuvo al otro lado, las reflexiones poéticas a propósito de una prosaica contractura y las visiones que se derraman en unos versos que van a dar al mar de la elegía. Pero decía antes que Las Ollerías no solo es una home movie con el retrovisor puesto en el arcén del pasado. Y no lo es porque el lenguaje de Pérez Azaústre no se aviene con la gastada retórica de unas palabras de familia en las que no siempre logramos reconocernos. En sus páginas hallamos un caleidoscopio de imágenes, un laberinto de asociaciones germinativas y un verbo que ensaya sin descanso la conjugación de fabular. Sabemos que hasta Homero duerme de vez en cuando, pero el vigía que habita en Las Ollerías no está dispuesto a dejarse vencer por la modorra. “Tras la casa vacía, en su rapto de peces, / quizá me reconozcas bajo el vientre de escamas / porque he salido a flote y soy la eternidad”. Así termina la letra de Las Ollerías, aunque su espíritu y su música nos seguirán acompañando durante mucho tiempo.


martes, 26 de abril de 2011

El hombre que soñó con Chagall

Ha muerto el poeta chileno Gonzalo Rojas. Y leo, en la semblanza que le dedica Juan Carlos Mestre, una frase que contiene toda la verdad de los epitafios y todo el azogue de los versos: “Así era su vida cotidiana, una conversación entre los muertos de Comala y las chicas que aún sueñan con John Lennon”. En su poema “Tela de Chagall”, Gonzalo Rojas escribía sobre las novias de los cuadros de Chagall, que sueñan con elevarse hacia las constelaciones como si fueran personajes de García Márquez. En la nocturnidad de ese cielo profano es probable que alguna vez les guiñe un ojo un astro llamado Gonzalo Rojas.

sábado, 23 de abril de 2011

Día del book

Como todas las realidades en supuesto peligro de extinción, el libro también tiene consagrado su día en el santoral profano (y santjordiano en Cataluña). Sin embargo, me barrunto que el curioso objeto seguirá disfrutando durante algún tiempo de una envidiable mala salud de hierro. Puede que el pixelado e-book —ese nuevo invento de la era posgutenberg— acabe por sustituir a la página impresa, para desgracia de los miopes impenitentes como un servidor. O puede que no. En cualquier caso, entregarse a profecías agoreras por un simple cambio de soporte tiene algo de la melancólica tristeza del monje cisterciense frente al luciferino oficio de la imprenta. Así que, ya saben: sobre todo en estas fechas, santifiquen las fiestas. Y, por si hay algún libroescéptico en la sala, a continuación tienen disponible, a un solo clic, un ilustrativo vídeo.  


jueves, 21 de abril de 2011

Pasos

Anoche pasé —sin apenas transición— del fervor católico de la Semana Santa al fervor catódico de la Copa del Rey. Y esta mañana me he despertado dispuesto a cantarle las cuarenta (principales) a la España “devota de Frascuelo y de María”. Pero de repente, frente a la pantalla del ordenador, he pensado que todo consiste en rebajar el fervor con unas gotas de agnosticismo. A debida distancia, las procesiones de estas fechas son un espectáculo razonablemente ameno y posmoderno, en el que conviven las tallas de madera hiperrealistas, las mangas y capirotes de diverso cromatismo, las desconsoladas manolas entradas en carnes y los niños que juegan a apedrear, a caramelazo limpio, al amedrentado público y a las impertérritas farolas. Lo mismo ocurre con el panteón de santos laicos que se pasea por los verdes prados de la TDT. Si uno no es un forofo acérrimo de tirios y troyanos, lo mismo puede disfrutar con los regates inverosímiles de Messi —ese demiurgo bajito al que no le quitan la pelota ni por descuido— y con los acelerones de Cristiano Ronaldo —ese tren de alta velocidad que no se despeina ni rematando de cabeza—. Será que me estoy volviendo sentimental. O que estoy a un paso de la devoción.  

lunes, 18 de abril de 2011

Problema ferroviario

Si un tren con inmigrantes tunecinos sale de Génova a las 14:17, ¿cuándo llega a Francia? ¿Llega? ¿Quién ha montado a los tunecinos en el tren?

viernes, 15 de abril de 2011

Una foto en construcción

Una cubierta siempre tiene una historia oculta, una vida secreta o, al menos, una madeja de la que tirar. La cubierta de Página en construcción se localiza en Colonia del Sacramento (Uruguay), algo semejante a un paraíso a tiro de piedra del obelisco por antonomasia. A Colonia del Sacramento acuden en la tercera edad los bonaerenses que pueden permitirse el lujo de una jubilosa jubilación, y en la ultravida —por riguroso orden jerárquico, empezando por Corrientes— todos los demás habitantes de la bulliciosa cosmópolis. Como decía, Colonia del Sacramento es lo más parecido a un paraíso austral, con locales de parrilla, lugareños estoicos y turistas sentenciados a los rigores peripatéticos y a las expansiones verbales del city tour. La foto no le hace justicia: en Colonia del Sacramento hay más que muros y grafitis, aunque también hay muros y grafitis. Colonia del Sacramento es una ciudad de cuento de hadas sin final feliz, una Brujas reflejada en las aguas turbias del hemisferio sur, un pulmón artificial diseñado para una clase media en peligro de extinción. Por eso —y porque sale en una novela de Martín Kohan— me gusta Colonia del Sacramento. Aunque, llegado al arrabal de senectud, sueño con retirarme (por supuesto, sin pensión completa) a un lugar al lado de Benidorm al que hace tiempo que le tengo echado el ojo…

martes, 12 de abril de 2011

Dos hombres sin piedad (Baltasar Garzón vs. Sidney Lumet)

Es casi una exigencia del guion. Cuando a un periodista, columnista, dentista o radioaficionado se le ocurre defender al juez Garzón, comienza indefectiblemente su excurso alegando que nada más lejos de su intención que cuestionar a los jueces y a la judicatura. Y, si a algún imprudente se le escapa una (velada) osadía suprema, se le tilda de quintacolumnista, anticonstitucional y potencialmente jacobino antes de despacharlo con cajas destempladas. No deja de sorprenderme la timorata unanimidad hasta en los tertulianos más curtidos. Imagino que no se podrá considerar una obligación, pero supongo que debería constituir un derecho hablar de los jueces, e incluso cuestionar a veces sus decisiones, Y precisamente en esas estaba cuando leí un panegírico del recientemente desaparecido Sidney Lumet y recordé Doce hombres sin piedad, o cómo se pueden desmontar los prejuicios a los que se enfrentan los miembros de un jurado popular a base de darle vueltas de tuerca a lo que aparentemente no tiene vuelta de hoja. Ya no se hacen películas conversadas como la de Lumet, quizá porque la palabra ha perdido la ídem. Tampoco quedan apenas testimonios de su generación, aquellos hijos de la televisión que no revolucionaron el lenguaje audiovisual, pero que supieron mostrar los dobleces y las costuras de la realidad. En la época de los hijos de Internet, en la que proliferan los polemistas, no estaría mal que empezáramos por probarnos el disfraz de ciudadano. Aunque nos toque pagar el pato y hasta el traje.


sábado, 9 de abril de 2011

La baraja de José Antonio Gabriel y Galán

Acaba de publicarse, en una cuidadísima edición de la Editora Regional de Extremadura, la poesía completa de José Antonio Gabriel y Galán. Se titula Último naipe, y ha sido un placer ejercer de croupier literario del volumen. En sus páginas se incluyen los tres libros impresos en vida del autor, que no merecen la mala suerte de pasar inadvertidos. La apasionada impugnación cartesiana de Descartes mentía, el abordaje ideológico de Un país como éste no es el mío y la inmersión en el trasmundo visionario de Razón del sueño configuran las facetas de una obra redactada al margen de escuelas y tendencias. Pero no nos engañemos. Gabriel y Galán no fue un lobo estepario seducido por la solitaria vocación del náufrago, sino un escritor total que trató de reflejar su impronta en los diversos géneros por los que transitó con ejemplar desenvoltura: unas cuantas novelas de recuento generacional, un puñado de versos memorables y un diario que se enfrenta a la enfermedad y a la muerte sin miedo ni esperanza. Último naipe se completa con una amplia selección de textos inéditos y con unas palabras introductorias a cargo de Antonio Gamoneda. Las cartas ya están sobre la mesa. Hagan sus apuestas.



Último naipe

Hay veces en que un naipe descubierto al desgaire
conduce a la melancolía.
En la última carta siempre asoma la nada,
se percibe su larva,
se arrastra entre caballos macilentos,
gime al amanecer,
se recogen las pérdidas, el humo,
y un aroma de muerte pasea entre las mesas.

miércoles, 6 de abril de 2011

Fotos y fotomatonas

Ya lo decía Walter Benjamin: la fotografía ha perdido el aura, ese discreto encanto de la lejanía que tuvo en sus comienzos. Tal vez por profesar fidelidad a Benjamin y por fastidiar al aprovechado de Daguerre, no soy proclive a hacer fotos ni en los viajes, ni en las celebraciones, ni en los momentos de sedentarismo doméstico. Podría parapetarme tras alguna pedantería biensonante. Afirmar, por ejemplo, que prefiero guardar los paisajes en la retina de la memoria o recordar como por anamnesis platónica los lugares en los que una vez estuve. Pero mentiría como un bellaco. No me gusta hacer fotografías por simple pereza. Detenerme a fotografiar algo me provoca ese aburrimiento mortal que solo pueden causar los actos cotidianos y semirreflejos, como reponer el azúcar en el azucarero, aliñar la ensalada, atarse los zapatos o hacer la cama. Solo hay algo que me aburre más que hacer fotos: ver las que otros han hecho. Y no digamos si se trata de un publirreportaje al más puro estilo National Geographic, o de esa curiosa costumbre que se ha impuesto en las bodas, donde uno ve crecer literalmente a los novios ante sus ojos y ante la tarta flambeada de tres pisos. Sobre esta última práctica tengo la teoría de que se trata de una estrategia netamente Bonnie & Clyde para liquidar de emoción a alguna tía lejana y repartir la herencia entre los demás familiares. Además, reconozco que no me manejo demasiado bien con los encuadres: la fotografía requiere una paciencia (que no circulen peatones, que no se vean las matrículas de los automóviles, que nadie respire fuerte) que me resulta francamente antinatural. Soy, por decirlo de un modo eufemístico, un Ed Wood de la fotografía. Pese a ello, la cubierta de Página en construcción tiene una foto y una microhistoria. Otro día se la contaré. Pero les adelanto que yo tampoco estaba en el fotomatón.

sábado, 2 de abril de 2011

Rescátame (Deluxe)

Un día de estos nos van a rescatar a todos. Ya saben cómo andan las cosas: los bancos rescatan a las cajas, los rescatadores oficiales liberan a los países, y los bancos y las cajas rescatan a los países previamente liberados y amenazan con rescatar a los por liberar. Un embrollo. Mientras esperamos a que alguien nos rescate del árbol al que parece ser que hemos trepado —aunque nadie sabe por qué hemos escalado hasta la última rama—, me pregunto cómo será la vida en un país rescatado. Perdón: no me refiero a la vida, sino a las vidas. Imagino que las piedras del Partenón, las pintas del Temple Bar y las tabernas del Bairro Alto seguirán siendo museos más o menos atractivos para los turistas low cost de un orbe en rebajas. Pero, cuando auguran un rescate en el telediario, pienso en el guía del Partenón, en el camarero detrás de la barra del Temple Bar y en el cocinero que prepara un bacalao tres delicias (o cuatro quesos) en una taberna del Bairro Alto. Por más que se empeñen los políticos, la salud de los bancos no es la de los ciudadanos, aunque a algunos les cueste una enfermedad pagar la hipoteca. Sí, ya sé: Julio Iglesias decía que “la vida sigue igual”. Y Darwin concedía a la especie humana un nivel de resistencia medio-alto a la selección natural. Pero me cuesta pensar que eso que los recepcionistas (de la Estética) llamaban “horizonte de expectativas” sea el mismo antes del rescate que después de la reconquista. Me da la sensación de que sobrevivir tras el rescate será como intentar detener un tsunami con un paraguas. Por lo pronto, cómprense un paraguas (o, al menos, un impermeable con doble capa).


lunes, 28 de marzo de 2011

Mi Página en construcción (aquí y ahora)

Acaba de publicarse Página en construcción (Madrid, Visor, 2011). Debido a que Luis Bagué (en adelante, el autor) está de baja indefinida, hemos invitado a la presentación del libro a los dos personajes que aparecen convocados en sus páginas finales.
Ulises: Buenos días.
Casandra: “Buenos” será un decir.
Ulises: Ave de mal agüero… A lo que íbamos. El autor contactó conmigo en verano de 2008, después de viajar a la India. Me dijo que admiraba mis aventuras, mi carácter, la franqueza de mi mirada… en fin, los cumplidos habituales que suelo escuchar cuando salgo a la calle.
Casandra: Aquí se masca la tragedia.
Ulises: Si no me falla la memoria, me comentó que en aquel viaje no había sufrido ninguna revelación espiritual, sino más bien una revolución visual: había contemplado el estallido material de un mundo en ebullición. También hablaba de que, en nuestra sociedad, habituada a las hipótesis finalistas —ya saben, esto se acaba; el capitalismo ya no es lo que era; el escritor no estaba muerto, sino de parranda—, no solemos darnos cuenta de que, en otros lugares, todo está empezando…
Casandra: Y empieza mal. Muy mal. Con el pie izquierdo. No es por ser agorera, pero yo lo veo  negro. A mí el autor me comentó algo distinto a lo que ha dicho el… ejem… compañero. Ni viaje a la India, ni Ganesh que lo fundó. A mí me dijo que iba a escribir sobre las maneras de contar nuestra realidad. Un relato irónico y contradictorio. Que no iba a renunciar a cierta distancia relativista. Que iba a escribir subido al andamio de una duda metódica y retórica. A mí los relativismos no me gustan nada, dicho sea de paso. Le propuse que incluyera dos o tres explosiones sentimentales, con pólvora y kriptonita. Pero no me hizo caso. Nadie me hace caso.
Ulises: Perdona, Casandra, pero Nadie soy yo. ¿Por qué no empezamos, otra vez, por el principio?
Casandra: Yo prefiero el punto final.
El autor (entrando por el margen izquierdo): Disculpen. Yo venía aquí a hablar de mi libro…


miércoles, 23 de marzo de 2011

El arte lo llevamos dentro

No, no es la definición por antonomasia del cante jondo. Es el eslogan que acabo de ver impreso en una furgoneta. Si uno buscaba una explicación o, al menos, un subtítulo, el vehículo proporcionaba la información necesaria: “restauración de obras de arte sacro”. Y, como toda écfrasis necesita una imagen que ilustrar, allí aparecía un Sagrado Corazón en pantocrátor. El letrero me ha hecho reflexionar sobre dos cuestiones, una de índole iconográfica y otra meramente contenidista. Primero he pensado que la furgoneta en cuestión era una instalación artística camuflada, pues carrocería, chapado, contrachapado y hasta parabrisas funcionaban como un mural discursivo saturado de datos intertextuales, pretextuales y paratextuales. En fin, un graffiti con cuatro ruedas y tracción motora. Pero después me he quedado con la letra de la copla: “El arte lo llevamos dentro”. Es decir, en el interior de una metáfora de recipiente (el alma o el vehículo, es lo de menos), retenido contra su voluntad y dispuesto a salir a borbotones por la gatera de la inspiración. Es curioso que esa interpretación del discurso artístico siga funcionando en buena medida, casi como un correlato del picassiano “yo no busco: encuentro” (un lema que, dicho sea de paso, ha llegado a significar casi lo contrario de lo que quería decir Picasso). No es por contradecir al arte sacro ni a la furgoneta con tuneado futurista, pero siempre he pensado, modestamente, que “el arte lo llevamos fuera”. Admitiré que el germen cartesiano cumple una función autocrítica, pero hace tiempo que la duda retórica me interesa más que la duda metódica. El arte suele estar en el afuera, esperando a que alguien se dé cuenta de que eso (cualquier cosa: objeto, niño o animal) también es materia de arte. Si alguna vez me compro una furgoneta y decido recorrer el mundo propagando la buena nueva, ya tengo pensado el eslogan: “El arte no es in, sino out”. Pero, hasta que llegue el momento, dudo.


Yinka Shonibare MBE (Reindo Unido, 1962). The Sleep of Reason Produces Monsters (America), 2008.

lunes, 21 de marzo de 2011

La guerra junto al cliché

Les propongo un ejercicio Mairena. Traduzcan a lenguaje poético (si se atreven) las siguientes expresiones: “zona de exclusión aérea”, “embargo naval”, “operación Amanecer de la Odisea”, “misiles inteligentes” y “escudos humanos”. Si van a por la matrícula de deshonra, analicen sincréticamente el contenido de alguna de las diversas noticias sobre la compraventa de armamento pesado y municiones ligeras entre el gobierno de Libia y las demás democracias occidentales. Por más que la retórica belicista se vista de eufemismos, el resultado es peligrosamente belicoso.

sábado, 19 de marzo de 2011

El género paterno-filial

Ignoremos la broma macabra consistente en identificar la festividad de San José con el día del padre. Y vayamos a la evidencia: existe un auténtico subgénero literario que aborda las conflictivas relaciones entre padres e hijos. Si fuéramos un formalista ruso —lo que ya es formalizar—, estableceríamos una tipología genética basada en las siguientes modalidades:
1) La elegía lacrimosa. Es el género preferido por los poetas, que siempre parecen  hijos únicos (el mundo ha sido diseñado para ellos) o huérfanos empedernidos (un verdadero poeta se ha hecho a imagen y semejanza de sí mismo). Sin embargo, como sucede con Santa Bárbara cuando truena, los poetas siempre tienen unas palabras a posteriori para sus padres. Ya lo dijo Jorge Manrique, “avivando el seso”, y así hasta ahora.
2) La hagiografía aparente. Es un género ensayístico típicamente post mortem,  fabricado por hijos que han crecido bajo la alargada sombra de sus progenitores. Sus autores conceden una importancia oracular a las últimas palabras del padre, que suelen oscilar entre el epifonema quevedesco y el chiste obsceno. Aunque el género se pretende capaz de erizar el vello del alma, contiene una dosis de cáustica ironía que solo detectan los lectores muy suspicaces.
3) La biografía rencorosa. Es un género propio de descendientes de padres famosos. Sin duda, a los padres famosos conviene matarlos en vida. Por ejemplo, Martin Amis, en su rencorosa y magnífica Experiencia, demuestra que Amis, lo que se dice Amis, es él: si acaso, el bueno de Kingsley fue su profeta. Si la primera opción resulta inviable, siempre se puede recurrir a rematar al padre. Pero, ojo, esa posibilidad solo está disponible si el padre es un tipo un tanto torvo (véase Donoso) o francamente antipático (véase Salinger). En los demás casos, el tiro de gracia se considera de mal gusto.
Si no conectan con ninguno de los géneros anteriores, les recomiendo Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, una fe de vida que no parece guiada por el ajuste de cuentas, sino por una auténtica voluntad de comprensión. Y, en todo caso, si están pensando en buscarle un trabajo a su vástago, recuerden que los hijos escritores son como los hijos únicos: un atraso. Palabra de hijo único.

jueves, 17 de marzo de 2011

Amor y pedagogía

A comienzos del siglo XXI, la generación del medio siglo (XX) se ha convertido en un grupo de supervivientes. La última en abandonar el aula “hacia otra luz más pura” ha sido Josefina Aldecoa. De su biografía y de su obra aprendemos una doble lección: una declaración de amor a la literatura y una sostenida vocación por la enseñanza, dos devociones colectivas que poco tienen que ver con las obligaciones particulares de nuestra época. No, no teman, no les voy a hablar ahora de esos planes cuya curiosa tendencia hacia la reducción al absurdo solo es comparable a la descripción metódica con la que se analizan sus vías purgativas. Lo que es, más o menos, como empezar a contar un chiste por el final, o como intentar que Kant se parta de risa con las obras de Beckett. Pero, como he dicho, de eso hablaremos otro día.

martes, 15 de marzo de 2011

Fukushima, mon amour

Tenemos la memoria de un gallo atómico: si decidimos cantar victoria por la renovación de las energías no renovables, un nuevo reactor se incendia en Fukushima. Las asociaciones de amigos del blanco nuclear afirman que un poco de cesio en la atmósfera no es nada, que si hay humo será porque alguien anda fumando donde no debe y que nunca nos hemos sentido tan seguros manejando (sin guantes) la radioactividad. Puede que sí. Y tal vez Chernóbil sea un espectro que deberíamos enterrar para siempre. Pero cualquier espectador sabe que hay fantasmas tan impertinentes como el padre de Hamlet. Por eso, cuando un nuevo reactor se detiene en Fukushima, solo podemos mirar al cielo esperando el milagro que nos salve de tener que contemplar otra columna de humo.






sábado, 12 de marzo de 2011

Luis García Montero o el invierno de nuestro desconcierto

Abro la puerta —la portada— de Un invierno propio (Madrid, Visor, 2011). Y descubro que se ha instalado en la ciudad “el invierno de nuestro descontento” que amenazaba con volvérsele verano a Ricardo III. Sin embargo, supongo que García Montero no aprobaría el descontento pesimista de los reyes shakesperianos. Su poesía siempre ha estado más cerca del desconcierto cotidiano, de ese optimismo melancólico del que el autor hablaba en Inquietudes bárbaras. Por eso, Un invierno propio es un libro de dudas y de hallazgos, un concienzudo viaje al corazón del claroscuro. En sus páginas, el lector encontrará copas medio vacías y vasos medio llenos, recibos domiciliados con cargo a la cuenta corriente de los días, un compromiso con todos los tiempos verbales que se conjugan en presente, y la certeza de que el amor es la única patria firme que conocen los náufragos. Sí, Un invierno propio es también un libro de aforismos y de sentencias, de mínimas máximas que nos permiten sobrevivir en una época en la que las consignas han suplantado a las ideologías. “El invierno es el tiempo de la meditación” es el verso que Jovellanos le tomaba prestado a Meléndez Valdés hacia el final de Habitaciones separadas. Después de atravesar el nuevo libro de García Montero, caigo en la cuenta de que pararse a pensar es ya un pensamiento subversivo. Recorran los silogismos líricos de García Montero. Y atrévanse a vivir su propio invierno propio.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Khadija y el sexo

Leo la entrevista a la propietaria de Khadija Fashion Shop, la única sex shop de Bahréin, y uno de los pocos exponentes de su género mercantil en el (no tan próximo) Oriente Próximo. A lo largo de la charla con la periodista, Khadija repasa su biografía pública y privada, sus inicios en el emporio de las prendas sexis y sus embrollos aduaneros con los productos exóticos que importa. También ofrece un somero catálogo de las cremas y potingues más vendidos: parece que el top 1 lo ostenta un producto de uso tópico y de propiedades explícitas llamado Anal Easy. No sé si la revolución sexual llegará al revuelto Golfo Pérsico a mano armada de la rebelión de las masas o a pie de página del inexorable paso del tiempo. Pero, mientras Occidente sigue debatiendo sobre la conveniencia de democratizar a los demócratas o de integrar a los integristas, la foto de Khadija nos ofrece una lección de convivencia: el velo que cubre su cabeza aparece troquelado en 3D sobre un anaquel en el que se ordena un surtido de coloridos lubricantes, objetos de látex envasados al vacío y lencería que apenas merece el calificativo de minúscula. Es verdad el tópico que afirma que a menudo los tópicos tienen razón: algunas imágenes valen más que mil tertulias televisivas.




lunes, 7 de marzo de 2011

Ficción / No ficción (2)

Hay películas con un agujero negro en su interior. Algunos directores, como David Lynch, diseñan con escuadra y cartabón las grietas visuales que contienen sus experimentos. Otros, como Shyamalan, prefieren jugar a hacer trampas con los finales, porque Shyamalan (como Borges) sabe que ningún misterio es digno de su resolución. Lo curioso es que es que también haya agujeros negros en el celuloide de alma contemplativa y vocación realista, como el que maneja Abbas Kiarostami. Su Copia certificada supone un ejemplo modélico del funcionamiento de esos huecos de sentido, que exigen que el espectador se pare a reflexionar sobre los ambiguos papeles asignados a sus protagonistas. Sin embargo, el mejor trampantojo de Kiarostami quizá sea Close up, que dinamita con pico y barrena cualquier apriorismo sobre los límites entre ficción y documental. Partiendo de un material “inspirado en hechos reales”, la película funde planos diversos y confunde a quienes esperan la linealidad omnisciente de la crónica de sucesos. Close up es un caleidoscopio que alterna elaborados flash backs con precarias imágenes en tiempo real, recreaciones de escenas domésticas con secuencias propias del género judicial, reflexiones a pie de cámara con momentos de cine dentro del cine. Y depara un maravilloso instante de anagnórisis: aquel en el que el bienintencionado impostor que se ha hecho pasar por el cineasta Mohsen Makhmalbaf (re)conoce a su admirado director. Si pulsan en el vídeo, empezarán a ver la película por el final, pero —por una vez— el orden importa bastante poco en el rompecabezas rayuelesco de un realizador tildado de socialrealista, y, para más inri, iraní.


sábado, 5 de marzo de 2011

Sábado de Carnaval

En Carnaval, suelo disfrazarme de aguafiestas. Pero la máscara de Ensor era mucho más trágica. Él sabía que aquellos carnavales anacrónicos suponían el triunfo obsceno de don Carnal antes de ser barrido por la escoba mojigata de doña Cuaresma. Hoy estas fiestas son una excusa para que los venecianos luzcan sus caretas picudas, los brasileños ahoguen sus penas en bossa nova y el resto del mundo intente, en un alarde de originalidad crepuscular digno de John Galliano, encontrar un disfraz a la medida de sus expectativas. Por inconfesables que sean.

viernes, 4 de marzo de 2011

Ramón (López Velarde), no marques las horas

Bajo el título de El minutero y otras crónicas (Madrid, Huerga y Fierro), se reúne una selección de las prosas de Ramón López Velarde que hemos preparado Joaquín Juan Penalva y un servidor. Mientras me paseaba por la provincia mental de López Velarde y por las avenidas de esas cosmópolis finiseculares (del XIX), recordaba los versos de Baudelaire: “Une oasis d’horreur dans un désert d’ennui!”. López Velarde, que también prefirió el horror al aburrimiento, sabía que en el pecado siempre está la penitencia. Por tanto, sucumbió a las tentaciones (del alma y de la carne) con singular devoción. Tal vez ese fuese el motivo por el que Juan Villoro estaba dispuesto a canonizarlo literalmente en El testigo (2004), que reivindicaba la única religión que profesó López Velarde: la sensualidad del cuerpo y de la mirada. Como para muestra no hay nada mejor que un botón, aquí tienen un fragmento de la prosa táctil de López Velarde en la estampa titulada “La sala”. Con ella les dejo por hoy:


El cielo raso, desprendido de una esquina, está pintado con un germen de azul. Lleva, diríamos, un azul sospecha. Este cielo raso fue uno de mis primeros auxiliares (no quiero escribir cómplices) en el hábito de destilar la imaginación. ¿Cómo? Fácilmente. Sobre el cielo raso han dibujado las goteras figuras inverosímiles: una mujer (soltera, probablemente), cuyo talle se estrecha como lápiz o aguja; una mariposa con piernas de caballo; un militar con espalda reducida a su menor expresión y con botas cuyos tacones se prolongaban metro y medio. Yo, que no traducía aún la Epístola a los Pisones, saboreaba el perfil negruzco de tales caricaturas. Poco, en verdad, se necesita para provocar al poeta en el niño: que llueva copiosamente una noche; que se hagan dos, tres, cuatro goteras; que haya cielo raso para que las goteras dibujen; y que un muchacho boca arriba, desde el sofá o desde la alfombra, mire los dibujos... ¿Habrá un silencio más interesante y una soledad más intensa que el silencio y la soledad en que nace el primer pensamiento propio?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Waving his flag (Jasper Johns)

Leo, en una entrevista a Jasper Johns: “Una noche de 1954 tuve un sueño muy intenso en el que me veía pintando una gran bandera americana. A la mañana siguiente, encontré materiales con los que trabajar y comencé a trasladar la imagen al lienzo o más bien, si la memoria no me traiciona, a una sábana”. Así empezó una de las series plásticas más famosas y mejor cotizadas del último medio siglo. Resulta curioso: mientras que el artista de otras épocas fabricaba símbolos pacientemente, subido al andamio de la tradición (y con grave riesgo de derrumbe), los iconos contemporáneos parecen surgir por generación espontánea, como efecto colateral de la mudanza de la realidad al espacio pictórico. Algo tan inexorable y con tan poco criterio estético como el paso del tiempo acaba por decidir que los variados rostros warholianos de Marilyn Monroe, las piscinas infinitas de David Hockney o las banderas soñadas por Jasper Johns vayan a formar parte de nuestro patrimonio cultural y sentimental. No crean que me parece mal: me limito a constatar el cambio de un modelo de belleza. Eso sí, me barrunto que el gesto onírico de Jasper Johns habría tenido bastante poca fortuna por estos lares. Cualquier español sabe que la función de una bandera es la de ondear en un campo de fútbol. Fuera de allí, solo sirve para jurarle fidelidad o para quemarla. Y me temo que, una vez besado o convertido en cenizas, el icono pierde bastante valor simbólico y monetario.